Davos, el gobierno mundial de los negocios

Davos, el gobierno mundial de los negocios

“El mundo está harto de grandes soluciones.

Está cansado de gente que sabe exactamente

lo que hay que hacer. Está aburrido de

gente que anda con el portafolio lleno de soluciones

buscando problemas que encajen en esas soluciones”.

Manfred Max-Neef

Luego de 18 años de ausencia, un presidente norteamericano retornó al Foro Económico Mundial, fundado en 1971 por Klaus M. Schwab (profesor de negocios internacionales en Suiza). Entre otras actividades, el popularmente conocido “Foro de Davos” (por la ciudad que acoge al evento) reúne -en enero de cada año- a líderes empresariales, políticos, representantes máximos de organismos multilaterales, periodistas y a intelectuales seleccionados por sus organizadores, para analizar al mundo. Además de esa élite económico-política, al Foro llegan -cual mendigos- ministros de países proveedores de materias primas “suplicando” por inversiones o presidentes rastreros como el argentino (que, para sentirse más cercano a los capos del mundo, negó los orígenes indígenas y mestizos de su país). Y en este año se destacó un grupo de mujeres que en Davos “juegan al feminismo”, pero “que simbolizan -como anota Paula Ortega, en Diario El Salto- el poder y la ’emancipación’ desde el individualismo y para sus carreras” en organismos multilaterales, como el FMI, u otros organizaciones políticas, económicas o sociales de poder mundial.Con semejantes protagonistas, Davos -lugar donde Thomas Mann escenificó La montaña mágica– cada año atestigua charlas, talleres, discusiones y banquetes donde los poderosos del mundo -y sus súbditos- dizque buscan medidas a los problemas globales que ellos mismos crean… Problemas a los cuales aplican viejas recetas, imposibilitando cualquier auténtica solución. Y luego de una parafernalia inútil, prometen volver el próximo año a seguir pensando y discutiendo sobre esas grandes soluciones que ocultan sus reales intenciones.

Davos -el Foro- no ha perdido relevancia como creen algunos analistas, ni curará los problemas del mundo, como sugieren “ingenuamente” otros. La presencia simultánea de gobernantes de las grandes potencias, así como de gerentes generales de muchísimas transnacionales e inclusive de los “emprendedores sociales” -acolitados siempre por la gran prensa mundial- ratifica la significación de este espacio en el que confluyen los poderosos del mundo. Allí estaba ampliamente representado aquel 1% -33 millones- de personas que en 2017 acapararon el 82% de la riqueza producida en dicho año, mientas la mitad de los habitantes del planeta -3.600 millones- no obtuvo beneficio alguno, según el reciente informe de Oxfam. Y aunque duele aceptarlo, Davos pesa más que muchas cumbres de Naciones Unidas, incluyendo sus asambleas anuales (fiel reflejo de que los intereses del capital mundial pesan más que los intereses de las naciones del mundo).

Para valorar mejor lo que representa este espacio de poderosos cabe escudriñar sus entrañas y conocer sus reales objetivos. Si el Estado es el garante de la propiedad privada y sus negocios en los diversos países, el Foro de Davos -parafraseando a Carlos Marx y Federico Engels- solo es la junta “mayor” en la que se cuidan los negocios comunes de la burguesía global y transnacional, mientras hablan hasta por los codos de un interés general de la humanidad. Interés general que simplemente no existe…

Respecto al Foro de este año, quizá Donald Trump fue quien se llevó todas las luces, interviniendo con la frescura y la solemnidad propias de un vendedor ambulante. En efecto, Trump -quien recién cumplió un año en funciones- presentó al mundo el mensaje de que “ahora es el mejor momento para llevar su dinero, sus empleos y sus negocios a Estados Unidos” y “hacer negocios” en un país que, según él, estaría en franca recuperación (¿o en franca especulación?).

De paso, Trump aclaró algunas de sus posiciones que generaban recelo e incertidumbre en el mundo de los negocios. Por ejemplo, para tranquilizar a la fanaticada globalizadora del capital, planteó que “primero Estados Unidos no significa solo Estados Unidos”, pues “cuando Estados Unidos crece, también lo hace el mundo”. Eso sí reclamó, en paralelo, una aplicación más estricta de las normas comerciales, acusando a países que no mencionó de prácticas “desleales”, incluido el robo de propiedad intelectual y de ofrecer ayuda estatal a sus industrias. “Solo insistiendo en un comercio justo y recíproco podemos crear un sistema que funcione no solo para los Estados Unidos, sino para todos los países”, dijo Trump. “No podemos tener un comercio libre y abierto si algunos países explotan el sistema a expensas de otros. Apoyamos el libre comercio pero debe ser justo y recíproco” concluyó, al tiempo que dejó entreabierta la puerta para posibles acuerdos comerciales multilaterales, que serían negociables si benefician a los Estados Unidos.

Es difícil anticipar el real alcance de estas declaraciones. Pero la experiencia histórica hace intuir que muchas veces estos discursos, en apariencia simplones, ocultan potenciales estrategias y acciones políticas de largo aliento. Un ejemplo “célebre” es el discurso del presidente Harry Truman el 20 de enero de 1949, cuando los Estados Unidos asumieron la tarea de superar el subdesarrollo en el mundo, lo que luego devino en una suerte de mandato global.

Además, semejante lírica trumpista omite el hecho de que nunca hay igualdad entre países y pueblos frente a los tratados comerciales internacionales. En una economía capitalista globalizada -como reconoció Trump- no cabe un comercio mundial libre y abierto. Si bien el comercio es uno de los motores de la civilización capitalista, como afirmó Rosa Luxemburg, éste nunca será justo ni recíproco mientras el capital se imponga en el mundo. No olvidemos que los países “desarrollados” como Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia o China, aseguraron y aseguran su participación en el mercado mundial con múltiples y complejos mecanismos de protección. La historia demuestra hasta la saciedad -como en 1841 anticiparía con absoluta claridad el alemán Friedrich List- que la estrategia de “desarrollo” ha sido la de “patear la escalera” para impedir que los países capitalistas empobrecidos -hasta por el propio comercio mundial- alcancen el pedestal siguiendo la senda de los países capitalistas industrializados.

Lo que sí cabe reconocer es que Trump sabe de lo que habla al invitar a hacer negocios y a fomentarlos. Nadie duda que él sabe de negocios pues domina las técnicas para acumular sea al crear o fusionar empresas, al quebrar empresas o al recuperarlas, sea al no pagar tributos o al explotar a sus trabajadores, al aprovecharse de los apoyos estatales o al escabullirse por las hendijas que dejan las leyes… en fin, sabe de los negocios en el mundo capitalista. Una economía en la que, como escribió carlos Marx en el tercer tomo de El Capital, citando a un banquero: “todo lo que facilita el negocio, facilita la especulación, los dos en muchos casos están tan interrelacionados, que es difícil decir, dónde termina el negocio y empieza la especulación”.

Trump y los poderosos reunidos en Davos ven a la economía no como espacio para satisfacer las necesidades humanas (¿alguna vez lo fue?), aceptando los límites biofísicos de la Naturaleza, sino como un campo en donde los negocios mandan. Eso mismo explicaría también su “ingenua” posición negacionista sobre el cambio climático.

En síntesis, Davos es un espacio poco formalizado y nada democrático -no el único- donde los poderosos del globo controlan la economía y política mundiales, para proteger sus privilegios y asegurar la acumulación de sus capitales, buscando siempre nuevos espacios de enriquecimiento vía nuevas tecnologías, vía formas cada vez más sofisticadas para exprimir a los mercados, o inclusive -de forma perversa- vía la obtención de ganancias hasta en la mitigación, la adaptación o la remediación de los efectos del cambio climático provocado por ese mismo mundo de los negocios capitalistas.

Superar estas confabulaciones mundiales es urgente para las fuerzas populares del mundo. Penosamente esfuerzos como el Foro Social Mundial perdieron fuerza, pues ese Foro fue ocupado por grupos afines a gobiernos progresistas, algunos de cuyos cuyos gobernantes corrieron a Davos a la vez que impulsaban “revoluciones” para modernizar el capitalismo en sus países…

Con más capitalismo no superaremos la civilización de la desigualdad y la destrucción, menos aún desde la lógica estrecha de los negocios. Es hora de respuestas radicales que aniquilen a uno de los más grandes poderes creados por la humanidad y que augura su propia extinción: el capital.



 El autor es economista ecuatoriano. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República del Ecuador.

“Una reorganización del conjunto de modos de producción y de consumo es necesaria, basada en criterios exteriores al mercado capitalista”

“Una reorganización del conjunto de modos de producción y de consumo es necesaria, basada en criterios exteriores al mercado capitalista”
Fundación Miguel Enríquez
El franco-brasileño Michael Lowy es uno de más destacados intelectuales revolucionarios a nivel mundial. Este sociólogo y filósofo marxista es uno de los principales impulsores de la alternativa ecososcialista. En esta entrevista exclusiva para Chile dialoga sobre el marxismo en América Latina, los movimientos sociales, el nuevo internacionalismo y los desafíos del anticapitalismo.Marco Álvarez (MA): Michael, en tu libro El marxismo en América Latina señalas tres periodos en la historia del marxismo en la región: un “periodo revolucionario”, desde los años 20 hasta mediados de los años 30, en el que sobresalen el aporte teórico de Mariátegui y la experiencia de insurrección en El Salvador, en 1932; un “periodo estalinista”, iniciado a mediados de los años 30 hasta 1959, marcado por la hegemonía soviética; y un tercero que denominas «nuevo periodo revolucionario», iniciado con el triunfo de la revolución cubana. Continuando con esa clasificación, ¿cómo denominarías la etapa del marxismo en América Latina de los últimos 25 años y cuáles serían sus principales características?

Michael Löwy (ML): Buena pregunta… Es difícil saber si el periodo revolucionario abierto por la Revolución Cubana sigue hasta hoy, de alguna forma, o si se acabó, luego de 1990 (derrota de los Sandinistas, Acuerdos de Paz en El Salvador). Quizás el futuro nos dará la respuesta. Otra hipótesis es considerar cerrado el capítulo iniciado en 1959 y definir los últimos 25 años como «la batalla anti-neoliberal»: es un periodo en el cual se ensaya, en varios países del continente, salidas del inferno neoliberal. Una hipótesis más optimista sería hablar de un periodo de «socialismo del siglo 21», pero este es, hasta ahora, más bien un horizonte de esperanzas que una realidad social. Lo que caracteriza este periodo es: 1) la gran dispersión de la referencia marxista, que ya no es limitada a las corrientes «clásicas» de la izquierda; 2) la victoria electoral de la izquierda en la mayoría de los países, pero con una diferenciación muy clara entre los gobiernos social-liberales (Brasil, Uruguay, Chile) y los anti-imperialistas (Venezuela, Bolivia, Ecuador), con varias situaciones intermedias.

MA: En el prefacio a la reedición del libro La teoría de la revolución en el joven Marx, te refieres a las «numerosas lagunas, limitaciones e insuficiencias de Marx y la tradición marxista» y sugieres corregirlas «por medio de un comportamiento abierto, una disposición a aprender y a enriquecerse con las crítica y aportes de otros sectores». En ese contexto, ¿cómo se expresaría este comportamiento abierto y cuáles son esos «otros sectores» claves para corregir la teoría marxista y sus aportes?

ML: En primer lugar, creo que nosotros, los marxistas, tenemos que estar dispuestos a aprender con los movimientos sociales: sean los más «clásicos», como el movimiento obrero y el campesino, o los más « heterodoxos » como el feminismo, el indigenismo, las redes de lucha en contra del racismo. Se trata, en estos últimos casos, de problemáticas -las formas no clasistas de opresión- poco desarrolladas en la tradición marxista. Vale la pena también «revisitar» las otras corrientes revolucionarias del socialismo -incluyendo las que Marx y Engels ya habían «refutado»- como los socialistas utópicos, los anarquistas y lo que yo llamaría «socialistas románticos»: William Morris, Georges Sorel, Charles Péguy. Tenemos también que estar abiertos a los aportes del pensamiento social no marxista, de Max Weber a Sigmund Freud, o de Karl Mannheim a Hannah Arendt, lo que no significa, por supuesto, aceptar todos sus planteamientos.

Pero pienso que la principal insuficiencia de la tradición marxista -aun si se encuentran algunos elementos importantes sobre esta temática en la obra de Marx y Engels- es la cuestión ecológica. Una reflexión marxista en el siglo XXI tiene que darle una importancia central a la amenaza que representa, para la humanidad, el proceso de destrucción capitalista acelerada del medioambiente y de los equilibrios ecológicos (cambio climático); esto implica una revisión de la visión tradicional del «desarrollo de las fuerzas productivas» y del mismo socialismo. El concepto de «ecosocialismo» busca traducir esta nueva visión ecológica y anti-productivista de la revolución socialista.

MA: En Chile, desde 2011, nos encontramos con un fuerte protagonismo de los movimientos sociales, como el estudiantil, los regionalistas, etc. ¿Qué valoración haces de estos movimientos sociales y cuál debe ser, a tu juicio, la relación entre estos y las organizaciones anticapitalistas?

El movimiento de la juventud estudiantil en Chile, y la lucha de los Mapuche, son algunos de los movimientos sociales más importantes de América Latina en los últimos años. Creo que los anticapitalistas deben apoyar sin reservas estas movilizaciones, tratando de impulsar su dimensión antisistémica y haciendo propuestas concretas que se enfrenten con la lógica del capitalismo neoliberal.

MA: Dos de los referentes históricos del marxismo que tú has estudiado a cabalidad son Walter Benjamín y Rosa Luxemburgo. ¿Cuáles serían, en la actualidad, los principales aportes al marxismo de estos dos referentes?

ML: Lo que tienen en común los dos es el énfasis en la lucha de clases como eje central del pensamiento y de la acción marxistas. Rosa Luxemburgo representa una de las formas más radicales de la filosofía de la praxis: es en la acción colectiva, en la lucha, que se desarrolla la consciencia de clase, y la autoorganización de los oprimidos. Por esto, la democracia, es decir, la participación efectiva de la clase explotada en las decisiones, es una condición fundamental del proceso de transformación revolucionaria de la sociedad.

Walter Benjamin se propuso entender la historia «a contrapelo» del punto de vista de los oprimidos. Desde esta perspectiva, rechaza la visión burguesa –compartida por buena parte de la izquierda- de la historia como «Progreso». Para él, la revolución no es la conclusión de una larga evolución «progresista», sino la interrupción de la cadena milenar de la dominación.

MA: Tú militaste junto a Daniel Bensaïd durante muchos años. ¿Cuál es, a su parecer, su principal legado teórico?

ML: Son muchos los aportes de Daniel Bensaïd, pero el más importante me parce es su planteo –inspirado por Pascal y por los trabajos del marxista heterodoxo de Lucien Goldmann- de la revolución como «apuesta melancólica». Apuesta, porque no hay ninguna certeza del triunfo del socialismo, de la emancipación de los oprimidos; el revolucionario solo puede apostar en un futuro posible, jugándose su vida y su acción en esta esperanza, corriendo el riesgo de la derrota. Y «melancólica» porque hasta ahora los grandes revolucionarios –Rosa Luxemburgo, León Trotsky, Che Guevara, Miguel Enríquez– fueron derrotados y asesinados.

MA: También has escrito bastante sobre el Che Guevara. ¿Dónde crees tú que se encuentra la vigencia de su pensamiento?

ML: Por una parte, en su planteo estratégico: «no hay otra revolución que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución». Por otra parte, en su tentativa, durante su estadía en Cuba, de proponer un camino hacia el socialismo alternativo al modelo soviético, con mayor democracia y un contenido ético comunista. Es un error reducir Guevara al «guerrillero heroico»: fue uno de los pensadores marxistas más importantes de América Latina. Su humanismo marxista tiene su máxima expresión en su internacionalismo, en la convicción de que un comunista tiene que sentir como una agresión personal un golpe que atinge a un luchador en cualquier país del mundo.

MA: Siempre has sido internacionalista. ¿Existe un nuevo internacionalismo? ¿De qué formas se expresa hoy este nuevo internacionalismo?

ML: Me parece que el nuevo internacionalismo, tal como se presenta en movimientos como Vía Campesina, o en iniciativas como el altermundialismo, o en los levantes de los «indignados», tiene un contenido anticapitalista y/o antisistémica. Ya no plantea, como en los años 60, la «solidaridad» con las luchas del Sur, sino una alianza entre movimientos del Norte y del Sur en contra de sus enemigos comunes: el neo-liberalismo, el FMI, la Banca Mundial, las multinacionales, el imperialismo. Los herederos de las mejores tradiciones del internacionalismo del pasado –los anarquistas, los marxistas de la IV Internacional, los guevaristas– participan en las movilizaciones del nuevo internacionalismo.

MA: Tú eres uno de los grandes impulsores de la alternativa Ecosocialista, el libro ¿Qué es el Ecosocialismo?, recopila varios artículos tuyos sobre la materia. Al respecto, ¿podrías explicar brevemente qué es el Ecosocialismo y cuáles son sus principales fundamentos teóricos?

ML: El ecosocialismo se reclama de la herencia marxista, de la crítica de la economía política capitalista por Marx y del programa socialista. Al mismo tiempo, se disocia de las vertientes productivistas del marxismo –que han predominado en el curso del siglo XX– y rompe con el modelo soviético (antidemocrático y antiecológico) de pretensa «construcción del socialismo».

Muchos ecologistas critican a Marx por considerarlo un productivista. Tal crítica nos parece equivocada: al hacer la crítica del fetichismo de la mercancía, es justamente Marx quien coloca la crítica más radical a la lógica productivista del capitalismo, la idea de que la producción de más y más mercancías es el objeto fundamental de la economía y de la sociedad.

El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, pero sí reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar de la vida política, estudiar, jugar, amar. Por lo tanto, Marx proporciona las armas para una crítica radical del productivismo y, notablemente, del productivismo capitalista. En el primer volumen del El Capital, Marx explica cómo el capitalismo agota no sólo las fuerzas del trabajador, sino también las propias fuerzas de la tierra, extinguiendo las riquezas naturales. Así, esa perspectiva, esa sensibilidad, está presente en los escritos de Marx, sin embargo, no ha sido suficientemente desarrollada.

Una reorganización del conjunto de modos de producción y de consumo es necesaria, basada en criterios exteriores al mercado capitalista: las necesidades reales de la población y la defensa del equilibrio ecológico. Esto significa una economía de transición al socialismo ecológico, en la cual la propia población –y no las «leyes de mercado» o un Buró Político autoritario– decidan, en un proceso de planificación democrática, las prioridades y las inversiones. Esta transición conduciría no sólo a un nuevo modo de producción y a una sociedad más igualitaria, más solidaria y más democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización ecosocialista más allá del reino del dinero y de la producción al infinito de mercancías inútiles.

MA: ¿Cuáles serían, en tu opinión, las principales tareas de las y los militantes ecosocialistas en los países de América Latina?

ML: Participar en todas las luchas y movilizaciones socioecológicas, de los indígenas y campesinos en contra de la furia destructora del agronegocio y de las multinacionales, de la juventud y la población de la periferia por el transporte público gratuito, etc. En el seno de estas luchas contribuirá la toma de consciencia anticapitalista y presentar, a la vez, propuestas concretas y una perspectiva alternativa radical, el ecosocialismo.

MA: Para finalizar, podrías referirte a la importancia que en la actualidad adquiere la unidad de las y los anticapitalistas.

ML: Me permito citar un hermoso artículo de José Carlos Mariátegui para el Primero de Mayo del 1924: «Una variedad de tendencias y grupos bien definidos y distintos no es un mal; al contrario, es una señal de un periodo avanzado en el proceso revolucionario. Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan cómo actuar en conciliación frente a la realidad concreta del día a día. (…) Que no empleen sus armas (…) para herirse el uno al otro, pero sí para combatir el orden social, sus instituciones y sus crímenes».

Es importante constituir, en un primer momento, un Frente Único de las y los anticapitalistas, en base a tareas concretas de la lucha social y ecológica; y, en un segundo momento, tratar de crear, por la convergencia de múltiples corrientes, una Federación Anticapitalista capaz de actuar con una perspectiva de transformación revolucionaria de la sociedad.

Fuente: http://www.fundacionmiguelenriquez.cl/anticapitalismo-ecosocialismo-y-movimientos-sociales-una-entrevista-con-michael-lowy/

¿Por dónde cortar el nudo gordiano en la negociación ELN-Gobierno de Colombia?

¿Por dónde cortar el nudo gordiano en la negociación ELN-Gobierno de Colombia?

Como muchas personas que hemos aportado, en la medida de nuestras capacidades, un granito de arena a las luchas sociales, por derechos, y transformadoras en Colombia, tengo una inquietud enorme por los preocupantes sucesos que se viven con las negociaciones en Quito entre el ELN y el Gobierno Nacional de Colombia, crisis que se arrastra desde el fin del cese al fuego el día 9 de enero del corriente año. Cese al fuego imperfecto, por cierto, en el cual de parte y parte se cometieron errores y atropellos. Sin embargo, en lugar de buscar las maneras de solucionar estas dificultades y avanzar en un proceso de construcción de confianzas, los puentes se han ido dinamitando, los delegados del gobierno van y vienen de Quito, y el sector del país interesado en la paz y la justicia social queda en vilo. Y las partes vuelven a la guerra –los elenos a atacar la infraestructura petrolera y las tropas del Estado, y el Estado a atacar a los campamentos insurgentes y a desplegar grandes operativos de copamiento en territorios donde hace presencia el ELN-. En eso estamos, y toca ver las maneras de poder cortar este nudo gordiano. Partamos de la base que ni soy ni pretendo ser un elenólogo. Así que no tengo más perspectiva que lo que más o menos entiendo por mi seguimiento al tema del conflicto y mi labor de años en temas vinculados al área de derechos humanos. No tengo una perspectiva privilegiada sobre el tema, ni tengo un conocimiento único de este movimiento insurgente, como se pavonean por ahí algunos doctores, que afortunadamente han decidido darse nuevos aires y salir del país. Que les vaya bonito.

Para entender la actual crisis del proceso de paz con el ELN, hay que entender la situación general de crisis que atraviesa el país. Ya ni siquiera la crisis permanente por la que atraviesa el pueblo, con mil y una dificultades económicas, sino que hablamos de la crisis terminal en la que ha entrado la esperanza de que ahora sí, podían sentarse las bases para la construcción de un país con unos mínimos de democracia y justicia social que permitieran a los movimientos populares ejercer su voz y su acción sin el temor al espectro de la violencia política. Estas esperanzas, tal vez demasiado ingenuas por ciertos sectores, se han visto aplastadas desvergonzadamente por un gobierno que no tiene interés, voluntad, y tal vez ni siquiera capacidad, para hacer cumplir un acuerdo de paz mínimo como el firmado con las FARC-EP. Si el primer acuerdo, el de Cartagena, apenas retomaba un impulso medianamente progresista para el país, un impulso que más se asemejaba a la herencia de López Pumarejo que al temido coco del castrochavismo, el del Teatro Colón no alcanza ni siquiera a eso, esfumándose de él prácticamente todo potencial transformador. Más que reformas, buscaba garantías –junto a que se cumplieran temas que el gobierno está, en teoría, obligado a cumplir porque hacen parte de los derechos constitucionales-. Y aun así, esto era demasiado para una oligarquía intransigente, vengativa, rencorosa y, de hecho, muchísimo más subversiva del orden constitucional que las propias FARC-EP. Garrotean la constitución, se ríen descaradamente del país mientras roban y se intercambian favores como en día de feria, no respetan su palabra empeñada, burlan los acuerdos y exigen, exigen, y exigen a Raimundo y todo el mundo que ellos sí, cumplan con su palabra. Su descaro no tiene límites. Al final, a la FARC-EP lo único que le ha quedado, prácticamente, de esto, es un partido político –y ni siquiera eso les respetan, pues escasamente pasa una semana sin noticias de un nuevo asesinato a algún miembro de este partido-. Eso para no hablar de los movimientos populares. La oligarquía está garroteando al pescado y acabando con el agua.

Los elenos no son ni ciegos ni sordos. Claramente ven lo que está pasando y se pueden hacer legítimas preguntas. ¿Qué voluntad tiene este gobierno de negociar con ellos? ¿Qué garantías hay de que cumpla lo acordado? ¿Qué garantías hay que no se les aplique su dosis de plomo una vez que hayan entregado las armas? Así como los medios de la oligarquía y los elenólogos ponen sus cortinas de humo echando toda la culpa de la actual dificultad en los supuestos sectores del ELN que no quieren la paz, que las dificultades de mantener la cohesión interna, en que el ELN estaría creciendo y perdiendo interés en la paz, etc. deberían ver qué es lo que está ocurriendo con el clima de la paz en el país. Si existe tanta preocupación por sectores del ELN que estarían reticentes a la paz, que desconfiarían, hay solamente una manera en que esos sectores pueden ser persuadidos: con seriedad. Si el gobierno demostrara seriedad en torno al tema de la paz como una oportunidad transformadora para el país, muchas de estas crisis y dificultades se disiparían.

Pero no, es más fácil poner la responsabilidad en manos del ELN, así los micrófonos le caen a uno y puede tener sus cinco minutos de fama como “experto en conflictos” en la tele. Debería abandonarse la tendencia a exigir de manera unilateral a los insurgentes y dejar que el gobierno siga haciendo la vista gorda a los constantes incumplimientos y negando el actual plan de exterminio (o incluso de genocidio) en curso. En el marco del proceso de paz de las FARC-EP también expresé, en más de una ocasión, mi desacuerdo con demandar más y más acciones unilaterales a la insurgencia, sin acompañarlas de exigencias al Estado –en mi opinión el gran responsable de las causas del conflicto social y armado, lo que no deja espacio para simetrías engañosas. El tango se baila entre dos-. De otro modo, lo que tenemos es sencillamente, la búsqueda de la rendición, que es lo que pretende la oligarquía triunfalista que siente que ya derrotó política, militar y moralmente a las FARC-EP. Para ellos el ELN es un problema menor. No han entendido nada de la historia colombiana.

El proceso de paz del ELN ya no depende, me atrevería a decir, ni del ELN ni del Gobierno. Depende de las fuerzas sociales que puedan tener un interés de adelantar este proceso. Hay que recordar, que el tema del proceso de paz, ni con los elenos ni con los farianos, fue un asunto de prioridad para una mayoría nacional que ve este conflicto como un problema lejano, que no los afecta mayormente. Esta lejanía y la falta de pedagogía en torno al tema, así como el escaso potencial transformador del acuerdo con las FARC-EP, afectaron al entusiasmo e interés popular con la paz. No hubo fiesta ni nada, con la firma entre esa guerrilla y el gobierno de un acuerdo. Este proceso avanzará en la medida en que la sociedad en su conjunto quiera que avance, no mediante la voluntad pura y dura de las partes que negocian. Sin embargo, la apatía se ha impuesto en la sociedad. ¿Cómo vencer esta apatía hacia la paz y lograr que la sociedad se convierta en una fuerza que impulse un acuerdo y se convierta en garante de la construcción de una paz orgánica, transformadora, que comience la amplia tarea de rehabilitación del país? Las claves a esta respuesta la recibió Santos en su última visita a Irlanda del Norte: con la participación de la sociedad en el proceso. Esta participación amplia no es una mera exigencia del ELN; es lo que dicta el sentido común, máxime cuando hemos visto el impacto que ha tenido la falta de participación de la sociedad en el proceso con las FARC-EP: termina como un proceso del que no se apropian más que sectores minoritarios y que desprecia aquel sector que no quiere que nada cambie en el país de las maravillas.

Es imprescindible que hoy todos los sectores democráticos, populares, progresistas, se apropien de este proceso que no debe verse como un asunto sencillamente de elenos y gobierno. Es necesario avanzar en la exigencia de implementar un diálogo lo más amplio posible del conjunto de la sociedad, que se vayan apropiando los sectores populares del proceso y de sus conclusiones, Esto no puede seguirse dilatando. Acá necesitamos seriedad. Como también en la implementación de medidas de desescalamiento bilaterales. Desescalamiento que va más allá de que no se bombardee a los elenos: pasa porque pare esta infame guerra sucia en contra de las organizaciones populares de Colombia, que el Estado reconozca la existencia del paramilitarismo y actúe en consecuencia, depurando y señalando a sus promotores. El Estado tiene la capacidad de acabar con este fenómeno. Le falta voluntad política, pero podría hacerlo si quisieran los altos funcionarios, comenzando por el Presidente, que no remueve a mandos militares allí donde se les encuentra en la cama con escuadrones de la muerte. También, dados los incumplimientos con el proceso de las FARC-EP, el fortalecimiento de la presencia de garantes internacionales es algo que dicta el sentido común. Estas propuestas sencillas solamente podrán llevarse a cabo si existe presión popular. La oligarquía está demasiado borracha con lo que creen es su triunfo, como para ceder en nada motu propio.

En segundo lugar, además del desescalamiento bilateral, que no unilateral por parte de los elenos, es imprescindible avanzar en la instalación del quinto ciclo de conversaciones, que quedó en veremos después de que los delegados del gobierno se retiraran de Quito, quedando los delegados elenos a la espera que el gobierno vuelva a la Mesa y cumpla lo firmado. Instalado el ciclo, con organizaciones actuantes y testigos internacionales, debe procederse a una evaluación rigurosa de qué pasó en el anterior cese del fuego de 101 días, sus alcances, aciertos y limitaciones. Sólo cuando se haya hecho esto, se podrá proyectar un cese al fuego perfeccionado, que sirva para evitar el desangre y exterminio del movimiento social; para mejorar la situación carcelaria, particularmente en lo relativo a presos políticos y de guerra; para dar chance a que el Estado expulse de su seno a agentes de alto rango que desarrollando la guerra sucia y la herramienta paramilitar; un cese que ayude a la recomposición de comunidades y territorios violentadas.

Todos los sectores populares hoy deberían rodear este diálogo en Quito, independientemente de su cercanía o no con los elenos. Se trata de construir una sociedad cuyo eje sea la vida digna para todos. Y eso requiere de generosidad; si fallamos en esto, los efectos negativos de este momento histórico lo pagarán varias generaciones posteriores.