Los desafíos del feminismo

Feminismo & patriarcado y capitalismo
Los desafíos del feminismo

 

 

El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein nos plantea una necesaria reflexión sobre la orientación práctica actual del movimiento feminista si su fin quiere ser una verdadera transformación social del sistema social que oprime. Es el gran reto que tiene en la actualidad.

 

Las personas feministas y los movimientos por los derechos de las mujeres obtienen su fuerza y ​​sus argumentos ideológicos de una simple reflexión. En todo el mundo y durante un tiempo histórico muy largo, las mujeres han sido oprimidas de múltiples maneras. Existe ahora una formidable literatura con argumentos irrefutables que explica la opresión a las mujeres y debemos hacer al respecto. Aquí, simplemente, me gustaría explorar cuáles son algunas de las principales cuestiones tácticas que no hemos resuelto, ni el movimiento feminismo (y el feminismo como ideología) ni todos aquellos que luchan contra la crisis estructural del sistema mundo capitalista moderno.

Como todos estamos sumergidos en un torbellino de situaciones constantemente cambiantes (que habitualmente llamamos “caos”) tenemos dos horizontes temporales diferentes sobre los cuales debemos tomar decisiones para construir alianzas. Desde hace poco (unos tres años), es imperativo que defendamos los intentos que empeoran nuestra situación inmediata.

Por ejemplo, hay constantes ataques al derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo o se pretende impedir el acceso de las mujeres a ocupaciones que antes le daban trabajo . Luchar contra estos ataques a conquistas adquiridas no terminará con el patriarcado ni terminará con las desigualdades. Sin embargo es muy importante hacer todo lo posible para minimizar los dolores que produce este rebrote sexista. En esta lucha cualquier alianza que constituyamos será un progreso que no podemos despreciar.

Sin embargo, estas alianzas de “corto plazo”, probablemente no permitirán ganar en la necesaria lucha para sustituir el sistema capitalista por uno relativamente más democrático y relativamente más igualitario. Y aquí debemos ser muy cuidadosos con las alianzas que estamos construyendo, basadas hoy en objetivos comunes. Para ello necesitamos analizar a fondo cuáles deben ser nuestros objetivos y qué podemos hacer ahora, para avanzar en una dirección que incline la balanza a favor de todos aquellos que desean reemplazar el capitalismo, incluyendo por supuesto, a todas las mujeres.

Las feministas y los grupos proderechos de la mujer se han fragmentado ante una serie de preguntas muy importantes: ¿Cuál debe ser la relación de los movimientos feministas con los movimientos fundados ​​en la raza, la clase, la sexualidad y/o las “minorías”? ¿Cuál debería ser el papel de los hombres (si existe uno) para conquistar la igualdad de género completa? ¿Cómo podemos terminar con la histórica subordinación de las mujeres en todas las principales tradiciones religiosas de todo el mundo? Como respondamos a estas preguntas dependerá en gran medida de nuestros principios; si tenemos una teoría del conocimiento (epistemología) guiada por concepciones universales o sí nuestra ideología esta basada en el “particularismo”.

El mero hecho de apoyar los derechos de la diversidad y sus propios particularismos no da una respuesta integral. El producto final de la escuela histórica denominada “particularismo” sólo puede ser llevarnos a una desintegración total de la vida social. Tenemos que combinar de manera inteligente los valores del “particularismo” con un movimiento global que políticamente es de izquierda. Si no lo hacemos, caeremos presos del secuestro de nuestras fuerzas por aquellos que, según Lampedusa, “hablan de cambiar todo para que nada cambie”. Tenemos algunos años para perfeccionar una práctica que resuelva este dilema.

Este es el gran reto para todos nosotros, también para el feminismo. La opresión de las mujeres es probablemente la realidad social más prolongada conocida. Por lo tanto, proporciona una base sólida para la sabiduría política, la reflexión inteligente y el compromiso moral.

(Traducción, Emilio Pizocaro)


Fuente: http://socialismo21.net/los-desafios-del-feminismo/

EEUU ataca por primera vez y con misiles Tomahawk una base militar del Gobierno sirio

EEUU ataca por primera vez y con misiles Tomahawk una base militar del Gobierno sirio
Naiz
El Ejército de EEUU ha atacado con misiles Tomahawk contra una base militar ubicada en la provincia siria de Homs, en respuesta al ataque químico que la comunidad internacional ha achacado al Gobierno de Bashar al Assad. Es la primera vez que la Casa Blanca ordena una acción militar contra las fuerzas gubernamentales en Siria.
El Ejército de EEUU ha llevado a cabo un ataque con misiles de crucero contra una base militar ubicada en la provincia siria de Homs, según ha confirmado el presidente estadounidense Donald Trump. El ataque ya ha recibido el apoyo de Arabia Saudí o Israel. «Una de nuestras bases aéreas en la región central ha sido objetivo de un ataque con misiles por parte de Estados Unidos, causando bajas», han indicado fuentes sirias a Reuters.

Fuentes militares citadas por la cadena han detallado que en total han sido lanzados al menos 50 misiles Tomahawk desde buques de guerra situados en el mar Mediterráneo contra la base de Ash Shairat. Estas fuentes han indicado que el objetivo eran los aviones que se encontraban estacionados en la base, así como su pista de despegue.

El ataque parece ser la respuesta de EEUU al ataque químico del martes, que la comunidad internacional ha achacado al Gobierno de Bashar al Assad y que se saldó con cerca de un centenar de muertos.

Es la primera vez que la Casa Blanca ordena una acción militar contra las fuerzas gubernamentales en Siria.

Trump confesó el miércoles que este ataque químico había «cambiado» su actitud hacia el conflicto armado en la nación árabe, así como en relación al presidente sirio. El líder norteamericano deslizó la posible adopción de medidas, aunque evitó entrar en detalles: «Ya lo veréis».

Sin embargo, el ministro de Exteriores sirio, Walid al Moalem, insistió ayer en que el Gobierno sirio no llevó a cabo el supuesto ataque químico en Jan Sheijun, y denunció que los grupos terroristas presentes en el país han estado almacenando este tipo de armamento en zonas urbanas.

En una rueda de prensa en Damasco, Al Moalem explicó que el primer bombardeo aéreo que realizó el martes la aviación siria en Jan Sheijun fue sobre un depósito de armas del Frente Fatá al Sham, el antiguo Frente al Nusra, en el que había armas químicas.

Fuente: http://www.naiz.eus/es/actualidad/noticia/20170407/eeuu-ataca-con-misiles-de-crucero-una-base-militar-ubicada-en-el-oeste-de-siria

Asesinan periodistas para disciplinar medios

Asesinan periodistas para disciplinar medios
No son, no  pueden ser, efectos colaterales e indeseados de la guerra contra el narcotráfico. Los periodistas críticos son uno de los objetivos. No el único, porque el blanco principal siguen siendo los de abajo organizados. El asesinato es el modo que tienen los de arriba, esa compleja alianza narco-empresarial-estatal, para desorganizar movimientos y para neutralizar a los periodistas críticos y a los medios (pocos) que los publican. Me resisto a verlo de otro modo, por la propia historia de los medios.

Hasta hace algunas décadas, hasta los años 70 u 80 (fechas algo arbitrarias), quienes ponían orden en las redacciones eran los jefes de sección: política, sociedad, cultura, y así. El consejo de redacción era una suerte de comité central en los diarios y revistas semanales, que eran los medios más difundidos, seguidos y apreciados por quienes deseaban informarse con un mínimo de calidad en cuanto a los análisis y el estilo.

El jefe de cada sección acostumbraba reunirse con el grupo de periodistas que le tocaba dirigir, les proponía temas y escuchaba alguna observación, menor porque el poder funcionaba de arriba abajo. Un viejo periodista tupamaro, que oficiaba luego de la dictadura uruguaya como editor del quincenario Mate Amargo, solía decir –medio en broma medio en serio– que el buen periodista se limitaba a preguntar cuántas líneas debía escribir (hasta entonces no se mentaban caracteres) y, sobre todo, si la nota debía ser a favor o en contra.

Con los años, la crisis de las jerarquías y, sobre todo, del patriarcado, las relaciones en los medios (por lo menos en la prensa que es lo que conozco), sufrieron un fuerte cimbronazo. A propósito, el consejo de redacción de Brecha está hoy integrado sólo por mujeres, la directora y las cuatro jefas de cada sección, son mujeres. Y jóvenes.

Más que cambio, un verdadero tsunami que habría dejado perplejos a los periodistas con los que nos formamos, muchos de ellos provenientes de la mítica Marcha, donde escribieron entre otros Carlos María Gutiérrez (autor de la primera entrevista a Fidel en Sierra Maestra y fundador de Prensa Latina junto a Rodolfo Walsh) y Gregorio Selser, quien también colaboró en La Jornada.

Hoy las redacciones son bien distintas. Los y las periodistas suelen tomar la iniciativa, proponen temas y definen las formas de abordarlos, encaran investigaciones sin esperar el visto bueno de sus jefes. Se comportan cada vez con mayor autonomía y, aunque pueden ser una minoría, saben lo que quieren y el modo de conseguirlo. Aunque no la conocí personalmente, Miroslava Breach debe haber pertenecido a esta estirpe y abrevado en el mismo pozo.

Lo que pretendo decir es esto: se asesina periodistas en vez de atentar contra medios, como se hacía antes; y ahí están las decenas de periódicos cerrados por las dictaduras o el atentado contra El Espectador en Bogotá por el grupo de Pablo Escobar, en 1989, con más de 70 heridos. Los periodistas críticos –reporteros, fotógrafos, etcétera– son un objetivo en sí mismos, como lo son los dirigentes de movimientos antisistémicos.

En los 20 años que duró la guerra de Vietnam (1955-1975) fueron muertos 79 periodistas (goo.gl/FO3meD), habiendo sido el conflicto armado con mayor cobertura de prensa en la historia y uno de los más letales, con una cifra de muertos que, según las fuentes, superó los 4 millones. La cifra contrasta vivamente con los más de 120 periodistas asesinados en México desde 2000, en una situación completamente diferente a la del sudeste asiático.

El aumento de los crímenes contra periodistas forma parte del control a cielo abierto que realiza el sistema, para lo cual se vale tanto de los aparatos armados del Estado como del narco. El modo de operar ha cambiado de forma radical en el pasado medio siglo.

A partir de Vietnam, donde el periodismo jugó un papel relevante a la hora de informar a la población, comenzaron a cerrarse puertas. Imágenes como la de la niña desnuda huyendo de un bombardeo con napalm o la cinta de un oficial ejecutando de un tiro en la cabeza a un guerrillero desarmado, contribuyeron de modo decisivo para volcar a la opinión pública –en particular a la estadunidense– contra la guerra.

En muchos sentidos el fracaso de Vietnam fue un parteaguas. Ahí nacieron las políticas sociales de la mano de Robert McNamara, quien se había desempeñado como secretario de Defensa durante Vietnam y luego como presidente del Banco Mundial, quien comprendió que las guerras no se ganan con armas. Esas política, devastadoras de la autonomía y autoestima de los de abajo, hasta el día de hoy, son hijas de la derrota militar yanqui.

Esos mismos años sucedieron dos hechos adicionales que vale recordar. Uno, el capitalismo contra-ataca al movimiento obrero con una completa restructuración laboral, de la cual nace la automatización en los países centrales y la maquila en los periféricos.

Dos, la guerra contra las drogas hizo sus primeros ensayos contra el partido Panteras Negras, en Estados Unidos a finales de la década de 1970, asesinando dirigentes y desarrollando el llamado Programa de Contrainteligencia, para aniquilar una organización que había conseguido hondos vínculos comunitarios. De la mano de la FBI se inundaron los barrios negros de drogas, como parte de la lucha contra la insurgencia.

A propósito, es necesario recordar que el periodista californiano Gary Webb fue suicidado en 2004, presuntamente por los servicios de inteligencia estadunidenses, por sus investigaciones que pusieron en evidencia las conexiones de la CIA con la venta masiva de crack en barrios negros para financiar las guerras ilegales del Pentágono.

Es evidente que la alianza narcos-estado-burguesía goza de buena salud, siendo uno de los más sólidos pilares de los regímenes llamados democracias. Pese al horror, no debemos perder el norte: los asesinatos forman parte de una guerra contra los pueblos. No matan por ser periodistas sino por su compromiso con los de abajo.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/03/31/opinion/018a1pol

Terrorismo informativo y manipulación mediática en Ecuador

Terrorismo informativo y manipulación mediática en Ecuador

Atilio A. Boron

 

La relación de fuerzas en el terreno mediático es de 9 a 1 a favor de la derecha, destilando sin pausa un veneno que pretende pasar por noticia o ejercicio periodístico.

En las pocas horas que llevo en este país he podido comprobar los alcances de la “dictadura” de Rafael Correa, esa que denuncian incansablemente la plutocracia bancaria y sus voceros, los despistados líderes de algunos movimientos sociales y una izquierda extraviada que piensa que votando a un banquero ultraneoliberal que refugia sus ganancias en paraísos fiscales podrá dar el anhelado salto hacia la construcción de l socialismo en el Ecuador.

En efecto, en esta peculiar “dictadura”, como gustaba decir a Eduardo Galeano a propósito de las acusaciones en contra de Chávez, el bombardeo de los medios hegemónicos a través de la televisión, la radio y los periódicos en contra del presidente Correa es implacable e incesante. La población está sometida a un ininterrumpido ataque, en donde la manipulación informativa se ejerce sin restricciones. No hay límite ni escrúpulo alguno en las difamaciones e insultos al primer mandatario y, por extensión, a Lenin Moreno y Jorge Glas. La relación de fuerzas en el terreno mediático es de 9 a 1 a favor de la derecha, destilando sin pausa un veneno que pretende pasar por noticia o ejercicio periodístico.

Lo asombroso del caso es que en esta curiosa “dictadura” los medios pueden prostituir al periodismo, abrumar a la opinión pública con falsas informaciones y agraviar al presidente y sus colaboradores sin temer por ningún tipo de represalia. Desesperada, la derecha presiente que aún con esa fenomenal artillería mediática es poco probable que pueda ganar las elecciones del próximo domingo. Apela para ello a cualquier expediente. Las imágenes que acompañan esta nota son aleccionadoras. Están instaladas justo enfrente de las oficinas del Consejo Nacional Electoral, el organismo encargado de administrar los comicios. Como la candidatura del banquero Guillermo Lasso carece de una propuesta creíble a favor de las clases y capas populares ecuatorianas –son muchos los que aquí recuerdan lo ocurrido en la Argentina con las promesas de Mauricio Macri- recurren a la mentira y la difamación. Allí están Piedad Córdoba, Ernesto Samper, Tibisay Lucena y Sandra Oblitas exhibidos cual si fueran unos salvajes terroristas que con su accionar habrían asolado Venezuela y que amenazan con hacer lo mismo en el Ecuador en caso de que Lenin Moreno se alce con la victoria.

Todas estas aberraciones son posibles bajo la “dictadura” del correísmo mientras sus mentores y ejecutores gozan de total libertad y piden ayuda internacional (verbigracia: injerencia norteamericana) para poner fin al “despotismo” que ahoga al Ecuador.

El patrimonio de Lasso en empresas “offshore” es evasión impositiva

Entrevista a Cynthia García, periodista investigativa
El patrimonio de Lasso en empresas “offshore” es evasión impositiva
El Telégrafo
A raíz de las revelaciones hechas por Cynthia García en el diario argentino Página/12, el banco Banisi cambió la proveedora de su portal web, antes manejado en Ecuador.

 

“Las 49 offshores de Lasso no son públicas”, dice Cynthia García, periodista argentina y docente en la Universidad Nacional de la Plata. Es co-conductora del programa “Crónica de América” que se transmite en los canales públicos de Ecuador, Brasil, Bolivia y Argentina, a través de la plataforma digital llamada #LaGarcía. Colabora con el diario Página/12 con trabajos de investigación, como han sido las recientes revelaciones sobre Guillermo Lasso y sus vínculos con empresas offshores.

¿Por qué decidió investigar a Guillermo Lasso?

Todo el entramado y la investigación a nivel local y regional de las empresas offshore surge en 2016 con los ‘Panama Papers’. Desde nuestro trabajo surgió una filtración de datos -no hay posibilidad de acceder a este tipo de información sin fuentes financieras que la filtren-. Tuve acceso a esa información y me puse a investigar.

¿Cuál es el trasfondo de este trabajo periodístico?

Ecuador es muy importante para la región porque se está jugando el futuro de la derecha regional. No estamos investigando que Lasso es banquero o que tiene plata en el exterior. El punto principal es cómo un personaje, al que apoya toda la derecha regional, incluida la mediática, se beneficia de los desastres sociales que genera el neoliberalismo. Esta no es una investigación electoral. Tuvimos la filtración de datos y es nuestra responsabilidad profesional publicar, sin ser inocentes sobre las consecuencias que pueda tener, pero con profesionalismo e integridad. Esto no es opinión; las 49 empresas offshore existen y han sido constituidas a nombre de Lasso, sus familiares y otros allegados. Lasso insiste en que toda su información patrimonial es pública. Las 49 empresas offshore no son públicas. Que él haya establecido fideicomisos en paraísos fiscales de Caimán, Delaware o Panamá no es público. Que Lasso sea la empresa offshore Positano no es público. Nos parece que en base al derecho a la información y a nuestra mirada, tenemos la obligación de informarlo y que no avance la derecha en la región.

¿Qué hay de ilegal en las operaciones financieras de Lasso?

Efectivamente, Lasso tiene razón al decir que su patrimonio está en el Ecuador porque actualmente los fideicomisos, que están convertidos en empresas offshore, están en el Ecuador. Él ha tenido una costumbre de sacar y traer su patrimonio. Cuando entra ese dinero lo hace como inversión extranjera, pero lo que hace Lasso es no pagar impuestos por esas divisas que sacó previamente del país. Además recién dijo en la Univ. San Francisco que Banisi es su banco. Él no puede tener un banco porque él es el accionista mayoritario de Banco Guayaquil y está prohibido por la ley de 2014 que los propietarios de bancos tengan subsidiarias en paraísos fiscales. Ese patrimonio suyo, a través de offshores, no es inversión extranjera, ahí está la evasión impositiva. Eso genera un menoscabo en la sociedad, la misma a la que él está ofreciendo un cambio.

¿Le ha pedido una entrevista?

Sí. Me gustaría sentarme con él para que dé respuestas a las lagunas de la investigación. Su secretaria Araceli Buendía me respondió: “Voy a intentar. Ya estamos contra el reloj”. Yo necesito, por rigor profesional, conversar con Lasso. Por el acceso a los balances del Banco Guayaquil sé que Lasso maneja $ 4 mil millones, equivalente al 4% del PIB ecuatoriano.

¿Está comprobado que Banisi opera desde el Banco Guayaquil?

Eso es lo que nos dicen nuestras fuentes. Nos indican que los ecuatorianos no toman un avión a Panamá para depositar su dinero, sino que lo hacen a través del Banco Guayaquil. Lo que sí es cierto y está documentado es que el 66% de los depósitos del Banco Banisi son depósitos ecuatorianos. Además la página web de Banisi (www.banisipanama.com) se maneja desde Ecuador. Aunque sé que este 22 de marzo cambiaron la proveedora del sitio y con eso se confirma la investigación. Antes de esa fecha estaba manejada por Telconet, que es una empresa ecuatoriana.

¿Su investigación arrojará más revelaciones esta semana?

Lasso retó a Glas a acercarse a un notario para declarar que no tiene vínculos con los casos de corrupción. Nosotros vamos a revelar que el notario de Guillermo Lasso es un notario offshore que maneja un par de empresas en Panamá.

¿Cuál es su opinión sobre la campaña electoral en Ecuador?

Aquí en Ecuador siento que estoy en el último mes de campaña de Argentina de 2015; con una sociedad polarizada. Nosotros (los argentinos) podemos dar fe de las consecuencias de un proyecto político neoliberal. Hoy hay 80 despidos por día, se cierran fábricas, los docentes protestan. Macri y Lasso son cortados con la misma tijera.

Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/economia/8/las-49-offshores-de-lasso-no-son-publicas

“La reinvención de las izquierdas radica en la forma de construir alternativas partiendo de la base de ayudar a las poblaciones excluidas”

Entrevista al politólogo Boaventura dos Santos sobre su nuevo libro La difícil democracia
“La reinvención de las izquierdas radica en la forma de construir alternativas partiendo de la base de ayudar a las poblaciones excluidas”
O povo
Traducido del portugués para Rebelión por Susana Merino
El politólogo Boaventura dos Santos ha publicado el libro  La difícil democracia, en el que describe la ascensión del conservadurismo en un mundo cada vez más desilusionado con el proyecto social de los gobiernos de izquierda. En este nuevo libro, publicado en Brasil a fines del año pasado Boaventura dos Santos habla de “reinventar las izquierdas”. Con una visión globalista lanza luz sobre los posibles paralelos entre los movimientos Occupy y los desafíos de la Venezuela post Chávez. Transita entre la Revolución cubana y las experiencias de los refugiados en el sur de Europa. Señala la existencia de una democracia desgastada pero que sigue caminando hacia una meta todavía incierta.

La desilusión con las izquierdas ¿es global y generalizada?

-El problema de la izquierda en un nivel más general es la falta de alternativa al capitalismo neoliberal que luego de la caída del muro de Berlín se impuso globalmente a través de la desregulación de los mercados financieros, la liberalización del comercio y las privatizaciones. Mientras existan las desigualdades, la discriminación, la exclusión social habrá siempre espacio para las políticas de la izquierda. Mientras exista la posibilidad de que surja una alternativa, aunque fuera muy modesta, esa alternativa puede surgir. Para poner un ejemplo que conozco bien, mi país. Hace ya más de un año que tenemos en Portugal un Gobierno estable, moderado de izquierda, basado en la unidad de las izquierdas, un gobierno del Partido Socialista con el apoyo del Partido Comunista y del Bloque de Izquierda… Formular una alternativa muy moderada fue posible, aunque significativa y creíble, ante las políticas de austeridad que el Gobierno hiperconservador había impuesto entre el 2011 y el 2015.

– ¿La izquierda decepcionada de los EE.UU. es la misma que la de Brasil y Argentina? ¿La frustración tiene los mismos motivos?

-Los motivos de la frustración varían de una región a otra. América Latina tiene la particularidad de haber comenzado el milenio con varios gobiernos de izquierda. Dichos gobiernos no modificaron para nada el modelo de desarrollo y se basaron en que el alto precio de los recursos naturales perduraría mucho tiempo y permitiría que los ricos siguieran siendo ricos y aún más ricos mientras que los pobres dejarían de ser tan pobres. Por lo tanto no hicieron reformas estructurales y gobernaron a la antigua, no solo estableciendo coaliciones con la derecha, sino usando también el mismo tipo de clientelismo político. Pero el modelo era insostenible y se dio vuelta contra la izquierda. Mientras tanto la fuerte reacción, especialmente en Venezuela, Brasil y Argentina fue provocada en buena parte por la clandestina interferencia de la CIA y del imperialismo estadounidense, una interferencia que a los demócratas brasileños les cuesta reconocer. Dentro de algún tiempo los documentos estarán disponibles, pero ya será demasiado tarde.

En los EE.UU. es difícil hablar de izquierda. El Partido Demócrata es un partido de derecha. Existe la izquierda pero enfrenta dificultades para encontrar una fórmula política. Bernie Sanders representó a esa izquierda huérfana, pero el Partido Demócrata acudió a todos los medios, incluyendo los ilegales para impedirle ganar las elecciones primarias. Sanders, para sorpresa del mundo, levantó la bandera del socialismo en el corazón del capitalismo Y la verdad es que los jóvenes y los no tan jóvenes se adhirieron.

– Entre el 2011 y el 2014 se registraron en todo el mundo movimientos que alentaban la expectativa de una renovación democrática. ¿Los movimientos y los partidos que compartían esa ideología podrían haber previsto ese brusco cambio del escenario político?

-Esos movimientos constituyen una gran mezcla y diría que no todos tenían por objeto renovar lademocracia. El golpe ocurrido en Ucrania, orquestado por los EE.UU. y la Unión Europea, no tenía por objeto una renovación cualquiera. Se proponía provocar a Rusia y lo consiguió. En España, pese al movimiento de los indignados y luego de tres elecciones destinadas a resolver el impasse político no fue posible cambiar la política de derecha. Pero el partido Podemos es hoy la tercera fuerza política. Si no siguieran cometiendo más errores de los ya cometidos podría convertirse en uno de los factores renovadores de las izquierdas europeas. Los ciclos históricos de verdadera transformación social son muy largos. Continuamos sufriendo las consecuencias de la caída del Muro de Berlín.

 

El balance de las revoluciones 

En sus trece “Cartas a las izquierdas”, publicadas en el libro La difícil democracia, Boaventura Dos Santos sugiere reflexiones y estrategias que pueden conducir a rescatar la fuerza y la relevancia política de la ideología.

Boaventura dos Santos basa la primera parte de La díficil democracia en la elaboración de balances sobre las experiencias políticas que ayudaron a definir las características de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI y culmina su libro con una serie de cuestiones sobre el futuro de la izquierda.

Son trece cartas escritas entre agosto del 2011 y junio del 2016 que apuestan a la idea de recomenzar. “No cuestiono que no haya un futuro para las izquierdas, pero no lo será como continuación lineal de su pasado” escribe, señalando la urgencia de llegar a una izquierda reflexiva que se aproxime nuevamente a la defensa de los derechos humanos más básicos. En la segunda parte de la entrevista concedida a O Povo señala cómo nuestras herencias políticas ayudan a construir un nuevo pensamiento democrático.

 

– En su libro revive el recorrido de la democracia y la ascensión al poder de la izquierda en el siglo XX. Pasa por la revolución de los claveles, la cubana, la Venezuela chavista, etc. ¿Cuál será el aspecto de la democracia en los próximos 50 años?

-La democracia liberal representativa perdió su lucha contra el capitalismo, si es que alguna vez quiso entablar esa lucha. Pensemos en la socialdemocracia europea después de la Segunda Guerra y la trágica experiencia de Allende en Chile. La democracia del futuro deberá establecer una articulación entre la democracia representativa y la democracia participativa y esa articulación debe formar parte de los partidos como una forma de luchar contra la corrupción, la opacidad y el clientelismo.

– Muchas de esas naciones periféricas enfrentaron, en el siglo pasado, importantes períodos de democracias restrictivas y de dictaduras civiles.¿De qué manera esa configuración ayudó a definir nuestra democracia subsiguiente? ¿Qué es lo que heredamos -de positivo y de negativo– de esa experiencia?

Heredamos una cultura política autoritaria, racista, sexista, homófoba, “glamurizada” por la riqueza y la banalización de la pobreza y de la discriminación (quien es pobre es porque no merece otra cosa; el joven negro es víctima de la brutalidad policial porque es un bandido; la mujer violada es porque provocó la violación debido a su comportamiento poco recatado).

– ¿Cómo ha visto la elección de Donald Trump como presidente de la nación más poderosa del planeta? ¿Cómo se puede seguir pensando en tal escenario en estrategias que terminen con el autoritarismo, con el patrimonialismo y con la falta de reconocimiento de las diferencias?  

-Sólo un país muy corrupto, con un sistema político profundamente antidemocrático podría haber elegido a Trump. Y allí está él. Un Gobierno de billonarios y de exejecutivos de Goldman Sachs (un grupo financiero internacional con sede en Nueva York). Los EE.UU. son un imperio en declive. Si los EE.UU. fuesen una potencia tan poderosa, ¿cómo podría explicarse la paranoia en que la cayó sobre la supuesta interferencia de Rusia en las elecciones? ¿O el miedo de que Corea del Norte arroje misiles que la alcancen?. Son lo más poderoso en el plano militar y algunas de sus multinacionales son de hecho muy poderosas, pero ese es otro cantar.

– Habla de “reinventar las izquierdas” ¿Cual sería el primer paso a dar para esa reinvención?¿ Qué papel juegan las llamadas “minorías sociales” (movimientos negros, indígenas, LGBT) en esa necesaria revolución?

-La reinvención radica en la forma de construir alternativas partiendo de la base de ayudar a las poblaciones excluidas, violentadas, discriminadas. La izquierda debe ser al mismo tiempo anticapitalista, antirracista y antisexista. Pero debe trabajar en las familias, en los barrios, en las comunidades, en las villas miseria. La que hace actualmente este trabajo de base es la derecha evangélica. Hay que ser absolutamente intolerante con la corrupción.

Fuente: http://www.opovo.com.br/jornal/vidaearte/2017/01/boaventura-dos-santos-lanca-a-dificil-democracia.html

Doblando la apuesta en distopía

Realidad y ficción
Doblando la apuesta en distopía

John Feffer

TomDispatch

 

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

Próxima parada: zona de deconstrucción

Introducción de Tom Engelhardt

“Hace más de 25 años, mientras estaba sentado en el techo de nuestra casa observando los muebles del vecino llevados por el agua calle abajo, pensé que ya nada podía ir peor. Todas mis cosas estaban bajo el agua, la capital de mi país estaba en ruinas. Esto era exactamente la venganza de la Madre Tierra dirigida a sus habitantes más arrogantes. No obstante, tal como vimos después, las cosas llegaron a ser mucho peores.” 

Estoy seguro, como todos los demás, de que usted tampoco ha olvidado ese desastroso acontecimiento, ese momento –en 2022– cuando el huracán Donald destrozó la ciudad de Washington dejándola en ruinas, y la capital de nuestra nación fue trasladada a Kansas. Al mismo tiempo que nadie podía haber previsto semejante acontecimiento en todos sus detalles hubo algunos pocos observadores de primera mano de aquella arrasadora tormenta que hubiesen presentido el mundo fragmentado y degradado en el que vivimos en este momento con más claridad que Julian West (el observador citado más arriba) cuyo éxito editorial de 2020 ‘Splinterland’ presagió insólitamente este nuestro mundo hecho pedazos.  

Muy bien, muy bien; lo admito: es cierto que el geopaleontólogo Julian West (un homónimo del héroe de la novela utópica de Edward Bellamy Looking Backward*) no es más que una fantasía de John Feffer, autor de la verdadera novela distópica** Splinterlands. Y si eso no es bastante complicado para usted, tenga en cuenta que Feffer llamó como llamó a su huracán fue porque en 2016, mientras estaba escribiendo, Donald Trump preparaba su campaña electoral; entonces –al estilo de Julian West–, tuvo una corazonada de lo que se venía. Ahora, por supuesto, el huracán Donald ha alcanzado Washington; una tormenta cargada de tweets, caos y energía distópica. Entonces, Feffer vuelca su atención en qué hacer con ese huracán humano en un momento en el que los estadounidenses están señalando sus temores distópicos haciendo que novelas como 1984 trepen a los primeros puestos de las listas de éxitos de ventas, y no solo en los bastiones del anti-trumpismo. Por lo tanto, ajuste las correas de su retropropulsor personal en la espalda y despegue junto con Feffer hacia un presente que muchos de nosotros percibimos como demasiado parecido a un futuro distópico.

–ooOoo—

Impedir el triunfo de la voluntad de Trump

Las distopías han alcanzado una preponderancia muy marcada. Los niños han sido lanzados a ese tipo de historias –The Giver, Hunger Games (El generoso, Los juegos del hambre)– como los godos al piercing. Los programas de la TV sobre apocalipsis de zombis, pandemias y tecnologías que hacen estragos inspiran al espectador. Y en el cine hemos visto miles de veces el mundo que se viene abajo.

Esta difusión apocalíptica ha sido tan intensa que hace unos años empezó a hablarse de un “pico distópico”. Aun así, la reserva del cártel del día del Juicio Final no ha mostrado señales de decaimiento, incluso continúa produciéndose a toda máquina (una confesión: con mi reciente novela Splinterlands, yo he contribuido a este desborde del mercado distópico). Como apuntaba el novelista Junot Díaz el pasado octubre, la distopía se ha convertido en “la literatura por defecto de la generación”.

Poco después de que Díaz hiciera ese comentario, cuando Donald Trump empezó la interpretación de ‘El aprendiz de celebridad’ y entró en el Despacho Oval, la distopía se convirtió también en la narrativa por defecto de la política de Estados Unidos. Con la elección de un hiper-narcisista incapaz de separar los hechos de la fantasía, todas las pesadillas distópicas que se habían reunido en el horizonte cual nubes de tormenta –guerra nuclear, cambio climático, choque de civilizaciones– se movieron de pronto sobre nuestras cabezas. Y, con ellas, el estruendo de los truenos y el resplandor de los relámpagos.

Las respuestas entre quienes se horrorizaron por los resultados de las últimas elecciones se ha multiplicado por cuatro.

Primero fue la negación; desde el pavor existencial que golpeó el plexo solar de muchos a medida que las cifras del escrutinio se desgranaban aquel martes por la noche hasta la muy prosaica falta de entusiasmo para dejar la cama en la mañana siguiente. Después fue la fantasía de huir; decenas de miles de estadounidenses miraron su pasaporte para ver si todavía estaba válido y si aún había algún sitio libre en el arca dispuesta a partir para Nueva Zelanda. En tercer lugar fue la resistencia: millones de personas inundaron las calles para manifestarse, llenaron los aeropuertos para dar la bienvenida a los inmigrantes cuya entrada había sido temporalmente prohibida e interpelaron en enjambre a los congresistas –republicanos y demócratas por igual– para expresar sus quejas.

El cuarto paso, coincidente con todos los demás, fue el ahondar en las distopías del pasado como si en ellas hubiera algún ‘código Da Vinci’ que ayudara a descifrar nuestro problema actual. Obras clásicas, como Eso no puede pasar aquí, de Sinclir Lewis; 1984, de George Orwell; y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, se situaron en lo más alto de las listas de éxitos editoriales.

Podría parecer contra toda intuición –o una perversa forma de escapismo– pasar de la distopía real a la distopía ficcional. Aunque, es necesario tener en cuenta que aquellas novelas fueron éxitos de venta en su día precisamente porque brindaban un refugio y una narrativa de resistencia a quienes temían (en el orden aquí expuesto) el surgimiento del nazismo, la propagación del estalinismo o el resurgimiento de la misoginia apoyada por el Estado en los años de Reagan.

Es posible que en estos días, con los periodistas compitiendo por la cobertura del último atropello de la Casa Blanca, fuera natural que los lectores buscaran refugio en la obra de los escritores cuya mirada se dirigía al futuro. Después de todo, el querer pasar página y descubrir qué pasa después es un impulso comprensible. Y las narrativas distópicas están ahí, en parte, para ayudarnos a prepararnos para lo peor, al tiempo que se identifican posibles salidas de la descendente espiral hacia el infierno.

Sin embargo, los clásicos de la distopía no son necesariamente los más adecuados para nuestro momento actual. En general, describen regímenes totalitarios gobernados por un personaje tipo Gran Hermano y una autoridad panóptica que lo controla todo desde el centro, un escenario fascista o comunista o directamente norcoreano. Ciertamente, Donald Trump quiere ver su cara en todas partes, poner su nombre en cada cosa, meter el dedo en todos los potes. Pero los peligros de este actual momento distópico no están en la centralización del control. Al menos, todavía no.

Hasta ahora, la era Trump se basa en la no ocupación del centro, un tiempo en el que –según las palabras del poeta Yeats– las cosas se vienen abajo. Olvidémonos de Hannah Arendt y sus Orígenes del totalitarismo –otro éxito de ventas en Amazon– y centrémonos más en la teoría del caos. La imprevisible, la incompetencia y la demolición son las distópicas consignas de este momento, en el que el mundo amenaza hacerse añicos ante nuestros propios ojos.

No se deje engañar por el discurso de Trump sobre el boom de infraestructuras por un billón de dólares. Su equipo tiene en mente un proyecto muy diferente; usted puede enterarse en el poste indicador: Próxima parada: Zona de Deconstrucción (en inglés) .

La elección zombi

En febrero de 2016, cuando Donald Trump ganó en New Hampshire su primera elección para la nominación republicana, el New York Dayly News tituló “Amanecer de la muerte cerebral” y comparó a los seguidores de Trump con “descerebrados zombis”. Para no ser menos, ese conspiranoico proveedor de noticias falsas que es Alex Jones describió rutinariamente como “zombis” a los seguidores de Hilary Clinton en su sitio web filo-Trunp Infowars.

La alusión a los zombis se dirigía a las mentalidades apocalípticas de ambos lados. Deliberadamente, Donald Trump tocó la noción de “los últimos días” de los cristianos evangélicos, los anti-globalización, y los entusiastas por el poder blanco, que ven un muerto viviente en quien no haya bebido su Kool-Aid***. Mientras tanto, quienes temían que el milmillonario fanfarrón pudiera ganar las elecciones empezaron a difundir el meme Trumpapocalipsis advirtiendo de que vendría más cambio climático, el derrumbe de la economía mundial y el estallido de guerras reciales. Aparte de quienes decidieron mantenerse apartados de las elecciones, prácticamente no había un espacio de entendimiento entre ambos grupos. La mutua repugnancia con la que cada lado veía al otro dio alas justamente a la deshumanización subyacente en la rotulación zombi.

Por otra razón, los zombis también se convirtieron en una metáfora política. Lo que asusta de los devoradores de carne viva es su personificación normal es que no constituyen un ejército formal. Los líderes zombis no existen, tampoco los planes de batalla zombis. Caminan por ahí arrastrando los pies en tropel buscando presas. “Nuestra fascinación con los zombis es en parte un transpuesto temor al inmigrante”, escribí yo en 2013, “a que China desplace a Estados Unidos de lo más alto de la economía mundial, a los virus adueñándose de nuestro ordenador, a los mercados financieros que pueden derretirse en una mañana.”

En otras palabras, los zombis son el reflejo de la angustia por la pérdida de control asociada a la globalización. En este contexto, el “levantamiento del resto” evoca imágenes de una masa indiferenciada de consumidores de recursos –unos seres hambrientos que son poco más que boca y piernas– invadiendo las ciudades fortificadas de Occidente.

Durante la campaña electoral, el equipo de Trump recurrió a esos mismos miedos anunciando en la popular serie televisiva The Walking Deads (Los muertos vivientes), que interpretaba deliberadamente las preocupaciones contra la inmigración. Una vez en la Presidencia, Trump puso en marcha las promesas de campaña: el muro en la frontera de México, la prohibición de entrada a los musulmanes y el repliegue dentro de la Fortaleza Estados Unidos. Dedicó un brío especial al refuerzo de la noción de que el mundo exterior es un lugar profundamente aterrador –¡incluso París, incluso Suecia!–, como si The Walking Deads fuera una película documental y la amenaza zombi algo muy real.

Ciertamente, la concentración de poder en la parte ejecutiva y la evidente disposición de Trump a ejercer ese poder resuenan en los distópicos miedos al totalitarismo estilo 1984. Ahí están las extraordinarias mentiras, las invectivas contra los medios (“enemigos del pueblo”) y la selección de adversarios –interiores y exteriores– de todo tipo. Sin embargo, no es este un momento totalitario. Trump no está interesado en la construcción de un super-Estado como Oceania, ni siquiera una dictadura provincial como Airstrip One, tan convincentemente descritas ambas por Orwell en su novela.

En lugar de eso, la nueva administración está enfocada en lo que el estratega jefe de Trump y nacionalista blanco Stephen Bannon prometió hacer hace varios años: “hacer que todo se venga abajo estrepitosamente”.

La distopía Bannon

Los distopistas de derechas tienen su propia versión de 1984. Durante mucho tiempo han estado advirtiendo de que los liberales quieren crear un Estado todopoderoso que restrinja la tenencia de armas de fuego, que prohíba la venta de gaseosas de gran tamaño y que obligue a los incautos a aceptar los míticos “paneles de la muerte”. Estos Casandras de derechas están preocupados no tanto por el Gran Hermano como por la Gran Niñera, aunque los más extremistas entre ellos también sostienen que los progresistas son fascistas encubiertos, comunistas en el armario o incluso agentes del Califato.

Sin embargo, es bastante extraño constatar que esos mismos distopistas de rececha –la ex candidata a la vicepresidencia Sarah Palin y sus (inexistentes) paneles de la muerte, el senador Tom Cotton (Arkansas) acerca del control de las armas de fuego, la experta de derecha Ann Caulter en relación con la prohibición de las gaseosas y otras persecuciones banales– nunca se han opuesto a la enorme acumulación de poder gubernamental en áreas mucho más importantes, concretamente: las fuerzas armadas y los organismos de inteligencia. Ciertamente, en este momento cuando ellos están en la cresta de la ola, los nuevos y trumpanizados “conservadores” están muy felices expandiendo el poder del Estado mediante la asignación de aún más dinero al Pentágono y ampliando aún más el ámbito potencial de la CIA en sus futuros interrogatorios a sospechosos de terrorismo. A pesar del descenso de los índices de asesinatos –un minúsculo incremento en 2015 impide ver el hecho de que esos índices siguen estando en una baja histórica–, Trump quiere fortalecer la policía para resolver la “carnicería” estadounidense.

Hasta ahora, estamos en 1984. Pero el aspecto completamente novedoso en la agenda de la administración no tiene nada que ver con la construcción de un Estado todopoderoso. En lugar de eso, en la Conferencia de Acción Política Conservadora de este año, Bannon habló de lo que para él es lo verdaderamente crucial (y presumiblemente para el presidente): la “deconstrucción del Estado administrativo”. En este sentido, Bannon estuvo hablando específicamente de quitar toda limitación a Wall Street, a las industrias contaminantes, al comercio de las armas de fuego y, al mismo tiempo, liberar de regulaciones de cualquier tipo a una amplia gama de actores económicos. No obstante, los nombramientos ministeriales y las primeras señales del aspecto que podría tener un presupuesto trumpista sugieren una agenda mucho más amplia, que apuntaría al debilitamiento del sector no militar del Estado mediante la marginación de organismos enteros y el vaciamiento de los entes encargados de hacer cumplir las regulaciones. Adiós, EPA (Agencia de Protección Ambiental). Buenos noches, Departamento de Educación. Encantado de haberle conocido, HUD (Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano). Les echaremos de menos, Big Bird (la cadena nacional de televisión pública) y ayuda a terceros países.

Ni el departamento de Estado se salvaría de la demolición. Desterrados los diplomáticos de carrera, Pennsylvania Avenue –y no Foggy Bottom– será el centro de control de las relaciones internacionales. El secretario de Estado Rex Tillerson será reducido a poco más que un ornamento a medida que el nuevo triunvirato –Trump, Bannon y el yerno de Trump, Jared Kushner– se haga cargo de la política exterior (aunque el vicepresidente Pence este cerniéndose en el fondo como una acompañante en el baile). Mientras tanto, con un aumento propuesto de 54.000 millones de dólares en su asignación presupuestaria, el Pentágono de Trump no será tocado por la bola de demolición, y el nuevo mandatario preside un devastador encogimiento del Estado al que le tiene manía y una metástasis de lo que a él le encanta (¡piense en algunos gigantescos y relucientes portaaviones!).

De momento, la administración Trump se ha desempeñado con mucha y muy publicitada incompetencia: personajes que se contradicen unos a otros, órdenes ejecutivas que obvian la maquinaria estatal, tweets rebotando desaforadamente en el universo de Internet y funciones fundamentales –como las conferencias de prensa– manejadas con gran aplomo por primates no humanos. Los nombrados por Trump, entre ellos Bannon, han dado la impresión de ser cualquier cosa menos cualificados expertos en demoliciones. Ciertamente, no era este el estilo de la perestroyka de Gorbachev, que finalmente condujo al desmoronamiento de la Unión Soviética. Nada parecido a los programas de “terapia de shock” que al principio echaron abajo y más tarde reconstruyeron los países de la Europa Oriental después de 1989.

Sin embargo, dado que deconstruir es mucho más fácil que construir y Bannon se precia de su persistencia de tejón melero, el proyecto de la administración –confuso como parece ser hasta ahora– es posible que resulte capaz de hacer auténtico daño. De hecho, si usted desea una interpretación más inquietante del primer mes de Donald Trump en el cargo, piense en esto: todo este caos, ¿es una consecuencia no deseada de la administración de un novato o quizás una verdadera estrategia?

Después de todo, la polvareda que se ha levantado es la consecuencia de los primeros pasos en un enorme proyecto de demolición que podría estar ocultando el hecho de que Trump esté tratando de que los estadounidenses aprueben algo que va esencialmente en contra de Estados Unidos y es –potencialmente– un programa absolutamente elitista. Tal como Bannon prometió, el objetivo de Trump es destruir el statu quo y reemplazarlo por un nuevo orden mundial definido por la sigla CCB: Conservador, Cristiano y Blanco. Los medios pueden decir lo que más les guste y los críticos reír todas sus ligerezas. Mientras tanto, los hombres del presidente están tratando de imponer se voluntad en un país y un mundo obstinados.

El triunfo de la voluntad

Cuando estaba en la facultad, hice un curso sobre el surgimiento del nazismo en Alemania. En cierto momento, el profesor nos hizo ver El triunfo de la voluntad, el famoso documental que Leni Riefenstahl presentó en 1935. El film había sido rodado en el congreso del Partido Nacionalsocialista del año anterior y mostraba largos pasajes del discurso que Adolf Hitler dirigió a sus fieles. El profesor nos aseguró que El triunfo de la voluntad había sido un éxito de taquilla. Difundió el nombre de Hitler en todo el mundo y dejó sentada la reputación de realizadora de Riefenstahl. La película se hizo tan popular en Alemania que fue proyectada durante meses en salas itinerantes; la gente volvía a verla una y otra vez. Nuestro profesor nos juró que la encontraríamos fascinante.

El triunfo de la voluntad no era fascinante. Hasta para los estudiantes absortos por los detalles del surgimiento del nazismo, las cerca de dos horas del documental resultaban tremendamente aburridas. Cuando hubo acabado la película, bombardeamos al profesor con preguntas y quejas. ¿Cómo había podido imaginar él que nosotros encontraríamos fascinante el documental?

Él sonreía. “Esto es lo fascinante”, nos dijo. “Esta fue una película extraordinariamente popular; hoy sería casi imposible tener sentado a un estadounidense para verla toda completa.” Él quería que nosotros entendiéramos que la gente en la Alemania nazi tenía una mentalidad totalmente distinta, que ellos estaban participando en una especie de frenesí colectivo. No les parecía que el nazismo fuese algo horrendo. No pensaban que estaban viviendo en una distopía. Eran unos auténticos creyentes.

Hoy en día, muchos estadounidenses están experimentado su momento El triunfo de la voluntad. Ven una y otra vez a Donald Trump sin sentirse aburridos o asqueados. Creen que la historia ha ungido un nuevo líder para dar nueva vida al país y devolverlo a su legítimo lugar en el mundo. Han sido convencidos de que los últimos ocho años eran una distopía “progre” y que lo que está aconteciendo en este momento es, si no la utopía, al menos los primeros pasos en esa dirección.

Es imposible que el núcleo duro de los embelezados por Trump pueda ser convencido de otra cosa. Desprecian a las elites progresistas. No creen en la CNN ni en el New York Times. Muchos de ellos adhieren a teorías descabelladas sobre el islam y los inmigrantes, y las continuas maquinaciones encubiertas del más famoso de los “inmigrantes islámicos”, Barack Obama. Para este núcleo duro de los seguidores de Trump, Estados Unidos podía empezar a desmoronarse, la economía a caer en picado, la comunidad internacional a mirar con desdén el liderazgo de Washington; entonces, continuará creyendo en Trump y el trumpismo. El presidente podría incluso tirotear a algunas personas y sus seguidores más fanáticos no dirían más que “¡Buen disparo, señor presidente!” Recordar: después de que la Alemania nazi se viniera abajo tras la derrota de 1945, un número significativo de alemanes continuaron subyugados por el nacionalsocialismo. En 1947, más de la mitad de aquellos que todavía estaban vivos aún creía que el nazismo era una buena idea que había sido mal realizada.

Pero muchos de los seguidores de Trump –o bien demócratas desafectos, o bien independientes que aborrecen a Hillary Clinton o encallecidos conservadores– no encajan con semejante definición. Algunos ya se han desilusionado profundamente con las payasadas de Donald J. y la carrera por la demolición que sus asesores están planeando desencadenar en el interior del gobierno de Estados Unidos que pueden, a la larga, golpearles duramente. Estos pueden ser recuperados. Este momento es potencialmente el más importante para comenzar una resistencia lo más amplia posible reunida detrás de un patriotismo que denuncie a Trump y Bannon por actividades contra Estados Unidos.

Es aquí, en particular, donde tantas novelas distópicas proporcionan el tipo equivocado de orientación. El final de Trump no vendrá de las manos de una Katniss Everdeen****. En primer lugar, creer que vendrá un salvador que desafiará exitosamente al sistema “totalitario” nos coloca en el interior de la crisis en la que Donald Trump se vendió a sí mismo como el solitario cruzado dispuesto a combatir contra un “Estado profundo” controlado por taimados progresistas y conservadores cobardes, todos ellos con la complicidad de los medios hegemónicos. A los estadounidenses tampoco les ayudará hacer realidad el sueño de sacar su estado de la Unión (¿estás escuchando, California?) o el de algunas personas de refugiarse en la pureza de la política tradicional. Dado que la visión distópica de la administración está basada en el caos y la fragmentación, la respuesta debería ser la unión de quienes se oponen –incluso de quienes puedan oponerse– a lo que en este momento hace Washington.

En tanto lectores, tenemos la libertad de interpretar la ficción distópica. En tanto ciudadanos, podemos hacer algo mucho más subversivo. Podemos reescribir nuestra distópica realidad. Podemos, nosotros mismos, cambiar ese lóbrego futuro. Sin embargo, para hacer eso, necesitaremos crear un relato mejor, incorporar algunos caracteres más interesantes y de colores más vivos y, antes de que sea demasiado tarde, escribir un final mejor, uno que no se despida de nosotros con explosiones, gritos y un fundido a negro.

Notas:

* Traducida al castellano con el nombre de Mirando atrás, editorial Akal, Madrid. (N. del T.)

** Distopía es un lugar imaginario en el que todo lo malo puede ocurrir (véase https://es.wikipedia.org/wiki/Distop%C3%ADa). (N. del T.)

*** Kool-Aid es la marca de una mezcla en polvo saborizada para preparar bebidas, fabricada por Kraft Foods. (N. del T.)

**** Katniss Everdeen es el personaje principal de la trilogía de libros juveniles Los juegos del hambre de la escritora Suzanne Collins. (N. del T.)

John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada recientemente por Dispatch Books y Haymarket Books); Publishers Weekly dice de ella: “se trata de una advertencia escalofriante, seria e intuitiva”. Es director de Política Exterior en el Instituto de Estudios Políticos y colaborador habitual de TomDispatch.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176253/tomgram%3A_john_feffer%2C_next_stop%3A_the_deconstruction_zone/#more

Ese escritor, Rodolfo Walsh

Entrevista al escritor Marcelo Figueras
Ese escritor, Rodolfo Walsh

Claudio Zeiger

Página/12

 

Con la emblemática escena de un jugador de ajedrez que en medio de una partida oye los disparos de la revuelta contra la Libertadora en junio de 1956, se inicia el largo periplo que haría de Rodolfo Walsh el autor de la primera gran denuncia periodística contra la opresión y la injusticia en la Argentina: “Operación masacre”. Acerca de la génesis de este libro, de su angustiante búsqueda de un final con justicia, de la conversión de un escritor correcto en uno genial y, finalmente, en un intelectual clave de la relación entre literatura y política, trata “El negro corazón del crimen”, la novela de Marcelo Figueras que se publica por estos días, cuando se cumplen cuarenta años del asesinato y desaparición de Walsh.

En esta entrevista Figueras reflexiona acerca de los paralelos entre la génesis de esta obra y Kamchatka y cuenta cómo fue que decidió escribir la novela de iniciación de un joven llamado Erre, todavía lejos del mito y la Historia pero ya en plena búsqueda de su destino.

Alguien, hace muchos años, pensó que la historia –con mayúscula o minúscula– era el criminal perfecto: cruel, eficiente y anónimo. Hace muchos años, alguien también pensaba, en términos más simples, que al final la Historia siempre te pasa por arriba. Lo pensaba un compañero de trabajo de Walsh, y el mismo Walsh lo creía acerca de su padre, un derrotado, un llamado a silencio. Pero eso, esa derrota, suave o violenta, sucede “al final”. ¿Al final de qué? De la vida, de una etapa de la vida, de la condición humana. Por estos días, entreverar la historia y los finales no es un tema menor de la Argentina, como tampoco ciertos manejos circulares del tiempo y de las circunstancias que suceden como pura contingencia, sin aparente intervención de un plan maestro. Algo (al final) suena a repetido. Pero la repetición es una de las formas de la vida. La persistencia, también. Los aniversarios suelen ser parte de esos rituales que no siempre son estáticos ni congelados, ni formales ni decorativos. A cuarenta años del asesinato y la desaparición de Rodolfo Walsh (del 25 de marzo de 1977 en adelante), Marcelo Figueras publica una novela sobre la génesis de Operación masacre, el libro que echó a rodar a Walsh por un camino sin retorno, del ajedrez a la vorágine, y también se preguntará muy puntualmente por el tema de los finales, de lo que denomina “la búsqueda del final perfecto”.

Esta fórmula podría tener ecos borgeanos (no del todo desubicados en esta trama) pero no es ajena a la materia de El negro corazón del crimen; un policial que va virando del inglés al norteamericano, del rojo al negro, de lo deductivo a lo empírico, del detective al escritor. Una novela que gira sobre un libro incesante, inacabado, sin final, pero quizás por eso mismo, imperfectamente perfecto. Quizás, en algún momento, Walsh descubrió que esa manera de tratar lo literario, como una urdimbre entretejida con lo real, desbordándolo todo el tiempo, desbordándose a sí misma como literatura, era la mejor manera de superar las nociones de estilo, de evasión, de “novela burguesa” contra las que había luchado toda la vida. Texto imperfecto como la vida, injusto e inacabado como la Historia es, sin embargo, una de las formas de lo perfecto. Aquello que no se obsesiona por imponerle un molde a la realidad sino que en un último gesto, se deja llevar por el río de la Historia, tema de otro texto que se perdió junto con Walsh.

Muchas de estas consideraciones lo ocuparían a Figueras antes de ponerse a escribir El negro corazón del crimen, libro curioso por donde se lo mire a pesar de cierta apertura clásica, de cierta apariencia de artefacto narrativo sobre-personaje-real. ¿Qué es lo que lo vuelve más imprevisible de lo que aparenta? Es, quizás, lo que el autor describe como sus capas debajo de “una piel de policial”. “Un arranque de policial inglés tradicional que desemboca en el negro típico norteamericano: ¿Cómo se prueba que el poderoso es el culpable? Hasta desembocar en algo típico del policial a lo argentino, donde se puede llegar a la verdad pero nunca obtener justicia. Lo máximo que se puede hacer es difundir esa verdad antes de que el sistema te aplaste”, explica Figueras. “Por debajo hay una historia de amor, la de Rodolfo Walsh con Enriqueta Muñiz, una joven española traductora y periodista que lo asistió en la investigación de los fusilamientos de José León Suárez. Hay muy pocos elementos que se saben, aunque en sus últimos años Enriqueta aceptó que el romance fue real. Ella parece un personaje inventado ad hoc para esta trama, pero no lo es. Pero la ausencia de información sobre el affaire me permitió imaginar a Enriqueta libremente y convertirla en personaje fundamental. Y por último, la dimensión del escritor, contar cómo un escritor competente y timorato se convierte en un escritor genial. Ahí el mapa estaba trazado en la escritura del propio Walsh. Si leés en una serie Variaciones en rojo, los artículos de una revista como Leoplan, entre ellos el panegírico del aviador Estívariz, amigo de su hermano militar, que muere en los bombardeos a la Plaza en el 55, un personaje ensalzado con palabras rimbombantes, ves cómo se convierte en otra cosa al enfrentarse con una historia del otro, de otros. Empieza desesperado a buscar un estilo. El personaje finalmente se va construyendo solo a partir del mapa que Walsh dejó trazado con textos que buscan su propia voz”.

Nos animamos a agregar una capa o nivel más de la novela, sobre todo en su tercera parte: una suerte de “ensayo argentino” en trance narrativo, una reflexión dinámica sobre el lugar de Operación masacre y por lo tanto del Walsh emergente de esa experiencia totalizante que empezó en la literatura y lo sumergió en la política, pasando por el testimonio, el periodismo de investigación, la crónica.

Estamos sin dudas frente a  la historia de Operación masacre, sus sucesivas versiones, con agregados y mermas, que van de 1957 hasta  la muerte de Walsh, si uno considera que su “Carta abierta de un escritor a la Junta militar” es insoslayable capítulo de la serie que arrancó con los fusilamientos del 56 y, poco antes, el golpe del 55. Pero, inescindible, es la historia de Rodolfo Walsh. De su construcción como escritor, intelectual y militante. Así que el primer punto, es indagar sobre el origen del proyecto y si de alguna manera, la colocación de Walsh en la cultura argentina (la política y la literaria) y la inevitable entronización de un mito, de una leyenda épica a la altura de grandes próceres de nuestra Historia (la asesina perfecta) no condicionaban la, digamos, libertad de expresión.

La primera respuesta de Figueras remite a una novela-proyecto anterior: Kamchatka. “¿Cómo hablar de los setenta en el 2000 habiendo sido adolescente en ese entonces y para un público que estaba harto de esa historia, y hacerlo guiado solamente por mi necesidad física, orgánica, de hacerlo?”, dispara. “Lo de Walsh surgió un poco así desde el principio. Digamos, trabajar lo folletinesco de la historia de un autor que se ve convertido a la fuerza en detective. No llamarlo Rodolfo Walsh en la novela hasta casi el final sino Erre era más que un recurso literario, una manera de reflejar el proceso del personaje. Y tener todo el tiempo presente la metáfora de Walsh, la que lo guía a él y después es su destino: El fusilado que vive.”

¿Te planteaste cómo lidiar con el mito, el Totem del militante heroico y trágico? ¿Fue algo a abordar o reflexionar previamente?

–Walsh me fascinó siempre. ¿Cómo no iba a hacerlo, si lo tiene todo? Pensaba bien, escribía mejor, tenía coraje, principios… Reunía en un solo envase al intelectual y al hombre de acción. ¡Es el personaje romántico perfecto! Pero nunca se me había cruzado la idea de abordarlo. Se me antojaba difícil lidiar con una persona real que ya había sido llevada al bronce, convertida en el epítome de las virtudes revolucionarias. Por eso me contenté, durante años, con releerlo y admirarlo a la distancia. Pero finalmente apareció el germen de la novela, que me permitía abordar al Walsh que existió antes de ser convertido en el Walsh del bronce. Un pibe de 29 años, casado y con dos hijas, tirando a gorilón, admirador de Borges, cuyo sueño era convertirse en periodista estrella de La Nación como tantos intelectuales de la época. Hasta que la realidad más feroz irrumpe en su vida e irrumpe literalmente, con los soldados que copan su casa de La Plata durante el levantamiento de Valle y empieza a desbaratar sus planes de escritor burgués. Oye a un pibe morir al otro lado de su pared y decide salir del confort de su hogar, de sus aspiraciones clasemedieras. Pero tampoco lo hace por principios: lo que lo deslumbra son las posibilidades narrativas que ofrece el fusilado que vive, que es el modo en que su amigo Quique Dillon describió a Livraga, uno de los sobrevivientes de los fusilamientos del basural. Walsh mismo se encargó de decir que su interés por la historia no tenía que ver con lo político. A su alma de narrador le pareció sensacional, nomás. “Yo sólo quería ganar el Pulitzer”, llegó a decir.

¿Qué pasó entonces, cómo se hizo Walsh?

–Lo que lo enaltece y lo que lo transforma metafísicamente, a fin de cuentas, es el hecho de que Walsh, aun cuando entiende de inmediato que la investigación lo perjudicará más de lo que lo va a beneficiar, se mete igual. Le pone el cuerpo, algo que de ahí en más definirá en qué clase de escritor se va a convertir: uno que no quiere permanecer dentro de los confines de una biblioteca, por infinita que parezca, sino que prefiere salir a la calle y exponerse a tocar y ser tocado, a ser transformado por la experiencia, porque no concibe la posibilidad de ser mejor escritor sin convertirse en una persona mejor; en él este movimiento es dialéctico, una dinámica de retroalimentación. En este sentido, al igual que Kamchatka, El negro corazón del crimen es una novela de iniciación: un relato que describe cómo un personaje verde, inmaduro, se define, encuentra su voz. A este Walsh a medio hacer, aún inmaduro, sí que me le animaba. Pensé que hasta ahí podía darme el cuero. Para el Walsh que ya es Walsh ¡no me da el piné!

TOMAR CONCIENCIA

Cuando al comienzo se hablaba de ciertos hábitos circulares de la Historia, y también de la dificultad de entramar, concebir y ejecutar un final para lo que aparenta no tenerlo, también se hacía referencia al clima de los días que signaron esta entrevista. Figueras acababa de llegar de Olavarría donde asistió al concierto del Indio Solari cuyos efectos son de público conocimiento aunque impredecibles en cómo seguirán. Figueras (al que putearon bastante por las redes y le colgaron el sayo de “el biógrafo oficial del Indio Solari”) en rigor está escribiendo un libro sobre el Indio, una biografía que también andará buscando su final como libro. Evitaremos paralelos impropios sobre Walsh, los indios y las conquistas del desierto de ayer y de hoy. Sí señalaremos que El negro corazón del crimen sale a la consideración del público lector en días de intolerancia y de odio y desprecio por los marginados de la sociedad, excesivamente parecidos a los de los días en que transcurren tanto la novela como su espejo real, Operación masacre y que, en definitiva, lo que subyace a uno y otro periodo, a uno y otro momento histórico, son los dilemas de las personas que tanto padecen a como discurren en la Historia: una toma de conciencia que logre traspasar los blindajes mediáticos (un tema nada menor, si bien en su medida, que debió afrontar el Walsh de Operación Masacre, cuya investigación era rebotada en los grandes diarios serios y cómplices de Aramburu) y lograr que las personas piensen por sí mismas (y sobre sí mismas). Al respecto, Figueras habló muy escuetamente en algún medio sobre los sucesos (el lunes su celular estaba inundado de llamadas de productores de programas que lo buscaban para que siguiera tirando más leña al fuego, cosa que no hizo) y confirma que para el libro sobre el Indio falta bastante, que está en plena elaboración y que, obviamente, continuará.

La pregunta anterior sobre cómo lidiar con el mito Walsh partía de observar en la lectura de todo el libro, pero quizás en especial en la primera parte, que está muy trabajada la “toma de conciencia” walshiana: en la novela es un proceso, largo íntimo, espeso.  

–Es que esa toma de conciencia no es moco de pavo. No se trata de alguien que tan sólo descubre que esta idea es mejor que la anterior. Asumir ese cambio significaba poner en juego la vida entera: archivar sus pretensiones de empleado fijo de La Nación o de cualquier otro medio grande, olvidarse de ganar dinero y de consagrarse profesionalmente a la manera tradicional, arriesgarse a represalias físicas por parte de los militares, convertirse en un perseguido, en un clandestino. Que Clandestino fuese su alias en 1977, cuando la Junta Militar lo perseguía, habla de la conciencia de un destino. Del mismo modo en que la frase que oye por primera vez de boca de Dillon está formulando ya entonces, en diciembre de 1956, su encrucijada final: “Hay un fusilado que vive” se refiere a un joven llamado Juan Carlos Livraga pero eventualmente le quedará mejor a Walsh, cuando el 25 de marzo de 1977 abrace su destino y provoque el fusilamiento en plena calle con que lo abatirá el grupo de tareas que quería secuestrarlo. Aquí Walsh supera finalmente al maestro Borges, porque no sólo se escribe a sí mismo un final inmejorable redactando “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, que es su testamento, y sale al encuentro de su destino como un personaje borgiano, sino que además vive ese final. Le pone el cuerpo por última vez.

¿Se vislumbra algo de esa toma de conciencia en su propia obra, en sus textos?

–Lo otro que me guió la mano con tanta precisión como delicadeza fueron los textos con que Walsh mismo dejó testimonio de su evolución personal, paralela a su desarrollo exponencial como escritor. El narrador de los cuentos policiales de Variaciones en rojo era correcto, eficiente, pero un Bustos Domecq menor. El narrador que asoma en los primeros artículos sobre los fusilamientos es ya un narrador en crisis: pasa de ser engolado a ser sensiblero y a pecar de didactismo. Es un tipo embarcado en la búsqueda desesperada de una voz propia que transcurre en tiempo real, un escritor que, como diría Lou Reed, está growing up in public, crece torpemente a la vista de todo el mundo. Cuando publica la versión por entregas de Operación masacre en la revista Mayoría, ya ha hecho pie. Le pescó la vuelta. Pero a la vez entiende que el trabajo no está terminado, por eso sigue puliendo el libro eternamente. Cambia los acápites, reemplaza un prólogo por otro hasta sentirse satisfecho con la tercera versión que es la única en clave literaria, y resignifica todo el libro, quita y poda de modo implacable hasta que el texto se vuelve esencial. Pero lo que más cambia es el final. Le va agregando y quitando apéndices, siempre insatisfecho. El final perfecto quedará impreso de manera póstuma, cuando la edición de De La Flor le adose la Carta abierta.

Es un poco esa búsqueda del final perfecto, que dijiste te obsesionaba.

–En un sentido muy claro, Walsh terminó de escribir Operación masacre cuando ya estaba muerto. Por eso el fusilado que vive es él: porque lo acribillaron, le partieron el pecho con metralla, pero no lograron acabarlo. Con cada año que pasa, Walsh sigue escribiendo y pensando mejor que nunca. Lean la Carta a la luz de nuestro presente y díganme si estoy equivocado.

WALSH PERSONAJE: WALSH ESCRITOR

Walsh no tenía remilgos para abordar a un personaje real en sus ficciones. Que podían no parecer ficciones pero lo eran. Ahí está, para siempre, “Esa mujer” (¡y para colmo, con un gran personaje ausente!). Walsh tenía un enorme sentido de lo narrativo, de lo que en definitiva, debía ser un escritor. Y esa noción no la perdería por una toma de conciencia ideológica o por una desconfianza hacia el matiz “burgués” de la actividad del escritor de carrera. Como señala Figueras, en rigor, la “toma de conciencia final” fue la del escritor. “Walsh no emprende la escritura de Operación masacre donde procede por ensayo y error, hasta que se deja arrasar por la humanidad de esas personas reales, víctimas del terrorismo de Estado. Sólo se convierte en un escritor magistral, sin importar ya si se trata de ficción o no, cuando asume que escribir es fabricar empatía: dejarse interpelar por otros, probarse pieles ajenas, asumir puntos de vista ajenos… y muy especialmente, los puntos de vista de los desangelados de nuestra sociedad, aquellos cuyas pieles nadie quiere probarse. Me impresionó el hecho de que Walsh, que había tenido una relación tan conflictiva con la escritura de ficciones estrictas  hubiese tomado la decisión que tomó a la hora de redactar su testamento. Porque bien podría haber titulado: Carta abierta de un militante a la Junta Militar, o de un peronista, o de un periodista, pero no. En la hora crucial, eligió definirse como un escritor y ya. Eso es lo que parece haber cifrado la totalidad del valor que creía tener en ese momento: la presunción que, de perdurar de algún modo, lo haría como escritor”.

Hay varios libros citados al final como fuentes y, sobre todo, supongo, lecturas inspiradoras. Pero El negro corazón del crimen es un libro que gira alrededor de otro libro. ¿Cómo decidiste que ibas a releer Operación masacre, como testimonio, documento, novela de non fiction? ¿Todo a la vez?

–La historia real es tan apasionante, que no quise vulnerarla ni siquiera en pos de un efecto dramático. Por eso respeté paso a paso la realidad que encontré durante la investigación. Apelé a la imaginación tan sólo para llenar los huecos, aquello de lo que nada se sabe o no puede ser probado. Mi sueño era que los dos libros pudiesen ser leídos en paralelo o en sucesión infinita, en la medida en que uno cuenta lo que el otro calla y el otro echa luz sobre aquello que el uno trata con discreción. No quería contradecir nada de lo que se cuenta en Operación masacre. Tratándose de un texto genial, me conformaba con escribir su making of. Cuando entrevisté a Horacio Verbitsky, que fue su amigo, me contó que Walsh tenía el proyecto de contar cómo se había desarrollado esa investigación y que le pidió que lo hiciese él mismo. La tragedia argentina torció los destinos de todos y Horacio no pudo escribir esa historia, pero me impresionó que Walsh ya tuviese conciencia del valor potencial de ese making of, de lo que podía revelar el relato de las tribulaciones sufridas para llegar a la verdad. Yo no soy Horacio ni de lejos, pero espero no haber arruinado del todo esa historia tan sublime.

Pensaba en libros que me resuenan en la lectura del tuyo. Pensaba en las novelas “históricas” de Tomás Eloy Martínez, La novela de Perón y Santa Evita, hasta La lengua del malón de Guillermo Saccomanno. Y entonces tengo que pensar que el hilo conductor de todas estas narrativas es el peronismo. ¿Todos los caminos conducen al peronismo, el río desemboca siempre ahí?

-El peronismo es la clave de todo en tanto expresa lo reprimido, en términos psicológicos pero también político policiales. Es el fenómeno que la Argentina no termina de metabolizar y por eso intenta arrancar de cuajo a cada rato, fracasando estruendosamente, mientras la criatura muta y se fortalece. Esa es la verdadera grieta en la que nuestra evolución histórica tiende a encallar, a frenarse: el liberalismo, por llamar de algún modo a los profesionales del expolio, detiene su marcha posible tratando de rematarlo y el peronismo no muere nunca; sufre, sí, pero a la vez se le caga de risa. Si dejaran de dispararle y le permitiesen probar suerte como un partido político más o menos formal, sin tratar de asfixiarlo o corromperlo a cada paso, todos respiraríamos más aliviados. Pero los CEOs no quieren convivir con el peronismo, aun cuando claramente pueden y lo han hecho cuando el peronismo estuvo en el poder. En su ceguera, en su compulsión, insisten en genocidarlo con la misma necedad con que engullen millones que no necesitan ni estarían en condiciones de gastar, aunque viviesen mil años: no pueden evitarlo ni frenarse, es más fuerte que ellos. Y sin embargo el peronismo se multiplica y se le cuela por todas partes, entre ellas a través del arte. Los artistas más legendarios de la Argentina son peronistas, o lo han sido en algún momento o al menos brotaron de su humus: Discépolo, Oesterheld, Favio, el Indio Solari. Son aquellos que no sienten complejo alguno persiguiendo la excelencia de su arte, sin que esto signifique cortar amarras con la sensibilidad popular. En cambio esta banda de chetos… ¿Conocés algún gobierno de piel liberal que haya sido más pobre que este en materia de producción cultural?

Por ahora no.

–Crecimos bajo la loza asfixiante de una academia que preconizaba que la literatura debía ser estilo y nada
más.

Lo justificaban con argumentos de la crítica, que escondían una mezcla de conservadurismo político y estético y una regia dosis de autocensura inoculada por el cagazo a la dictadura. Por eso todos los escritores que se animaron a contaminar su narrativa con la realidad y sus temas, aun cuando ello no suponía hacer realismo, no han sido incorporados al andamiaje crítico; no les hacen lugar, siguen siendo literalmente ex-céntricos. Yo reconozco una afinidad con la literatura de Tomás Eloy y con la de Guillermo, más allá de las diferencias de estilo. Pero mi referencia principal ha sido siempre Walsh, desde que le eché el ojo por primera vez. Porque él solito dinamita la falsa dicotomía con que nos llenaron el buche durante décadas, oponiendo estilo a literatura de segunda. El tipo labró un estilo que es tan sólido y depurado como el de Borges. Y más próximo a mi paladar, mi experiencia y mis intereses, por cierto. Pero no lo aplicó a hablar tan sólo de literatura o de devaneos metafísicos sino de temas terrenales, aquellos que le parecían más relevantes. Que no fueron sólo políticos e históricos: hablo también de angustias existenciales y de las emociones más profundamente humanas. Para no sentir empatía con los pibitos del ciclo de cuentos de irlandeses, tenés que ser de piedra. Por eso creo que hasta los medios conservadores prefieren recordarlo como militante antes que como escritor, porque interpretan que como militante fue vencido pero como escritor les sigue cagando el estofado que siempre amarrocaron para sí.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/26481-ese-escritor