Noam Chomsky: “EEUU tortura a los iraníes desde hace 60 años”

HispanTV

El analista político y activista norteamericano, Noam Chomsky, opina en una entrevista concedida al foro estadounidense ‘Democracy Now’, que durante los últimos 60 años, no ha pasado un día en el que Estados Unidos no haya torturado a los iraníes.

El analista político norteamericano opina, en una entrevista concedida al foro estadounidense ‘Democracy Now’, que el bloqueo de Estados Unidos contra Irán comenzó con el golpe militar de 1953, que colocó al Sha frente a la nación persa tras derrocar al sistema parlamentario.

Asimismo, recuerda que una vez destituido el Sha en 1979, reconocido por Amnistía Internacional (AI) como “uno de los peores torturadores y de los más extremos en el mundo”, EE.UU. se volcó en apoyar al exdictador iraquí Sadam Husein, con armamento químico en su guerra contra Irán, en la cual murieron cientos de iraníes.

Chomsky señala, además, que la alianza entre Washington y Bagdad llegó a tal punto que el entonces presidente norteamericano, George H.W.Bush, una vez finalizada la guerra en 1989, invitó a ingenieros nucleares iraquíes a que viajasen a EE.UU., para formarse en la producción de armas nucleares.

Por aquel entonces, el régimen de Sadam Husein, con la ayuda de su aliado occidental, Estados Unidos, llevo a cabo también un terrible ataque con armamento químico contra su población kurda, afirma el lingüista.

Chomsky asegura, asimismo, que teniendo en cuenta las sanciones impuestas por parte de EE.UU. a Irán, las cuales continúan en la actualidad, sumamos 60 años de torturas que sufren los iraníes por parte de esta nación.

Igualmente el académico hace referencia a las naciones vecinas del país persa y recuerda que “aunque nosotros no prestemos atención a esas sanciones, podemos estar seguros de que Irán sí lo hace”, porque “está rodeado por las potencias nucleares que están respaldadas por EE.UU. y que se han negado a firmar el Tratado de No Proliferación, [el régimen de] Israel, La India, y Paquistán, cuyas armas nucleares fueron desarrolladas con ayuda de Estados Unidos”.

Finalmente, el activista pro derechos civiles ha condenado la constante amenaza de ataque por parte de Estados Unidos y el régimen de Israel hacia Irán y la considera una clara violación a la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe este tipo de actuación, así como el uso de la fuerza.

Fuente: http://hispantv.com/detail/2013/09/14/240645/chomsky-eeuu-tortura-iran-hace-60-aos

Novela “Punta de Rieles” – Manuel Rojas

Punta de Rieles (*)
(Texto Escogido)

La conocí en Mantos Blancos, una salitrera que empezaba a trabajar y en donde la gente se conocía poco. Al principio hubo una huelga y muchos hombres se fueron. Ella vivía con don Roberto Campón, carpintero parapalos, de ésos de la construcción, hombre de unos cuarenta años, boliviano, chicón y mal agestado, con un genio de los diablos, además. Se agarraba ligerito con los que creen que porque unos chilenos ganaron la guerra del setenta y nueve ellos pueden llamar cobardes a los cholos y maricones a los cuicos. Los del sur, sobre todo los que llegan recién a la pampa, tienen esa costumbre. El nortino o el maucho que ha vivido mucho tiempo por aquí ya ni se acuerda, salvo que sea leso. Chilenos, peruanos y bolivianos han trabajado juntos en las salitreras y minerales, sin que los chilenos, por serlo, hayan tenido mejores jornales o mejores casas que los otros. Ya están a caballo. Don Roberto Campón no aguantaba moscas en el lomo: corcoveaba al tiro: “Muy bien. Los chilenos ganaron la guerra del Pacífico. Pero usted, ¿qué ha ganado? Si quiere ganar, pelee. Pelee, puis”. El que lo había llamado cobarde o comepiojos no tenía más remedio que hacerle la cruza. Se llevaba la gran sorpresa. Campón, además de pegar muy fuerte con las manos, pegaba muy fuerte con la cabeza. El cabezazo era en la boca del estómago y el que lo recibía perdía el aliento y el equilibrio y se iba de espaldas y paraba las patas. Pero los compañeros rara vez permitían que las cosas llegaran tan lejos. A los dos o tres encontrones y antes que don Roberto empezara a poner cara de chivato, se metían y paraban la pelea. Sólo si el roto era muy pesado dejaban que el cuico lo cabeceara. Campón no era rencoroso y enseguida hacía lo posible por hacerse amigo del hombre con quien había peleado, cosa que el hombre no rehusaba, sobre todo sabiendo que el boliviano era dueño de una de las cocinerías de Mantos Blancos. Era la más chica, pero la más acreditada: en ésa, más que en las otras, era posible irse sin pagar.

Don Roberto era desordenado y generoso. Casi no llevaba memoria ni mucho menos cuenta de lo que fiaba, y a fin de mes leía callado los pedacitos de papel en que los propios pensionistas le presentaban las cuentas: tantos almuerzos, tantas comidas, tantos desayunos. “¿Está bién?” “Si usted lo dice, compañero, está bien, puis.” Algunos desalmados se iban sin pagar y otros le mentían; pero, en general, le pagaban, aunque poco. Se podía apostar a que perdía algo de plata y él habría apostado también. No le importaba. Tenía buen jornal, y como era trabajador y serio le ligaban buenos contratos. Ése era el hombre de la Rosa. A ella le hacía poca gracia lo que pasaba y discutía con él y hasta peleaban: ella echaba los bofes en la cocina, ayudada por una mujer y una chiquillona, y resultaba que a él no se le ocurría nada mejor que regalar lo que ella hacía. Don Roberto contestaba que si ella no quería trabajar, no costaría nada encontrar una mujer que se hiciera cargo de las cacerolas y del fogón. Le pagarían lo que fuera y listo. Casi todas las mujeres del campamento, casadas y solteras, estaban dispuestas a trabajar. Un sueldo, mucho más si era con rancho, hallaba montones de candidatas. Pero ¿para qué gastar plata en sueldos si ella podía hacerlo? Si era así, ¿por qué se quejaba? Se quejaba de que se dejara meter el dedo hasta las agallas, de que no llevara cuenta de lo fiado y de que no les cobrara a los sinvergüenzas que se iban debiendo. Él procuraba demostrarle que lo que le debían y no le pagaban no era mucho, y, aunque no le debieran nada y le pagaran todo, las cosas andarían mas o menos. Se perdía un poco y se ganaba otro poco: salían al fiel. ¿Qué más queria? Pero si se trabajaba nada más que para que esos malagradecidos no se murieran de hambre, ¿para qué tener cocinería? Mejor sería cerrar. No. Las bancas y las tablas y los caballetes del comedor, así como las cosas de la cocina, las sartenes, las cacerolas, las ollas y el servicio, quedarían parados, y eso sería una lástima. La Isabel y la Chepa perderían los pesitos que ganaban, y, lo que era peor, no tendrían ya el puchero asegurado, y esos sería más lástima. ¿Así es que ella trabajaba para que las dos mujeres se ganaran unos pesos, se llenaran el buche y se llevaran para la casa lo que sobraba? ¿Le había visto las canillas? No. Ella también comía, se vestía, tenía casa y hasta podía disponer de unos pesitos. “Así es que no soy más que una empleada suya?” “No. Es la patrona. ¿No quiere trabajar? No trabaja. ¿Quiere trabajar? Trabaja. Es libre de hacer lo que quiera. Siempre tendrá casa, comida, cama y algunos pesitos.” Unos pesitos… ¿Valía la pena machucarse tanto por unos pesitos? “Bueno. Si no quiere trabajar, no trabaje.No costará nada encontrar una mujer que se haga cargo de la cocina. Todas las mujeres del campamento, las casadas y las solteras…”Al llegar aquí estallaba uno de los dos, él o ella, cansado él de repetir una razón que era muy clara y que no había para qué repetir, enojada ella porque creía que la estaban tomando para la broma.

Yo no iba a esa cocinería y muchas de las cosas que le cuento las sé porque me las contaron entonces o después. El no había tenido nunca cocinería ni nada parecido. Pero cuando llegaron, y como todo andaba a la diabla y casi no había dónde comer, ella le propuso poner un negocio de comidas. Quién sabe si ganarían un poco de plata; por lo menos, se asegurarían las pantrucas. Además, a ella le gustaba trabajar. Eso contaba Campón. Don Roberto dijo que bueno. Habló con algún jefe, le dieron facilidades y en un dos por tres hizo las bancas y las mesas, compró los chimilicos de la cocina y empezaron a vender comistrajo. Servían carbonada, porotos, sopa de jigote, chanfaina, lentejas, chupes peruanos, anticuchos y seviche cuando llegaba albacora o sierra. Ël atendía las mesas, ayudado por una chiquillona, mientras la Rosa y la señora Chepa se agarraban con el humo y los fondos.

Pero las peleas no eran sólo por la cocinería. Eran también por otras cosas. Estaban juntos desde un poco antes de llegar a Mantos Blancos. No eran casados y ella sospechaba que él tenía otra mujer en alguna parte, en Bolivia, en otra salitrera o en un pueblo de la costa. Escribía y recibía cartas y en una ocasión, hizo un viaje. Dijo que iba a Cochabamba a ver a su madre, pero ella no le creyó. Ése era uno de los motivos. El otro era más difícil y las peleas que producía se comentaban más que las otras. ¿Qué era? No se sabía bien o no se sabía nada. Ninguno de los dos contó nunca una palabra. Pero la gente oía o había oído contar lo que se decía. Las palabras no indicaban mucho. Se podían aplicar a cualquier pelea entre un marido y una mujer que ya están cabreados. Pero como se producían de noche, que es la hora en que menos pelean las parejas, llamaban la atención. Vivían en una casucha de tablas y de calaminas, a la orilla de la única calle del campamento, y las palabreadas se oían desde lejos, aunque mejor se oían desde cerca. Algunas palabras dejaban sospechar de lo que podía tratarse: hostigosa, hasta cuándo la cargosea, ¿no eres hombre?, parece que fuera maricón usted, déjeme dormir.

Algunas de estas palabras hicieron que la gente corriera la voz de que entre ellos, en las noches, algo no andaba bien. ¿Qué era y quién tenía la culpa de que no anduviera de otro modo? Era difícil saberlo; las peleas nocturnas no eran de todos los días. Los que oyeron algo no supieron si era de ese momento o de siempre, si peleaban de vez en cuando o peleaban seguido. Una noche la rosca fue tremenda. Don Roberto Campón salió a la calle en calzoncillos y gritó y echó para la cocinería sapos y culebras y algo más. Durmió afuera y no volvió hasta dos días después, muy aperrado y recogió sus cosas y las metió en un baulito que se echó al hombro y se mandó cambiar. La Rosa, sentada en una de las bancas, lo miró hacer sin decir ni una palabra. Se llevaba nada más que lo que era suyo, sus ropas y sus herramientas. ¿Se llevaría después las bancas, las mesas, el servicio y las cosas de la cocina? También era suyo. No siendo casados, ella no tenía derecho alguno. Don Roberto Campón no volvió a buscar nada más. En los días siguientes arregló sus cosas en la administración, pagó lo que debía y cobró lo que pudo. Al otro día embarcó sus cosas en el tren, subió y cuando pasó frente a la cocinería se tomó de los pasamanos de la plataforma, echó el cuerpo hacia afuera y gritó, con voz de trueno:” Oye, hija de-la grandísima-tal-por-cual, ahí te lo dejo todo para-que-te-lo-metas en la reverenda que tienes yegua-de-esto-y-de lo otro machorra y que te muelan lo que más te duela…” Siguió gritando hasta que ya sus gritos no se oyeron más y siempre con el cuerpo echado hacia afuera. Llevaba muchos años en Chile y se decía que la madre era chilena: Podía apostar con cualquiera de los rotos de la pampa a quién echaba los peores y los mejores garabatos. La Rosa, a los primeros gritos, salió a la puerta. El cuico no le quitaba la cocinería y ella podía seguir trabajando. Entró para el negocio. Era la hora en que se empezaba a parar las ollas.

“Vamos, niñas apúrense. Ahora soy yo la patrona. Se acabaron los bolseros.” Así la conocí, como patrona, cuando llegué a almorzar a la cocinería.

* Novela publicada en 1960.

Recordar a Salvador Allende

Mario Amorós
Rebelión

La madrugada del 5 de septiembre de 1970 Salvador Allende salió al balcón del viejo caserón que la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) tenía en la Alameda, frente a la Biblioteca Nacional. Con un modesto micrófono habló a las miles de personas que festejaban la victoria de la Unidad Popular en la principal arteria de Santiago, en una noche constelada que la izquierda había anhelado durante todo el siglo XX. Pronunció un discurso emocionante en el que rindió homenaje a la dura historia del movimiento popular, ensalzó el pluralismo de las fuerzas sociales y políticas que sustentaban su candidatura y prometió que sería leal a la confianza que el pueblo había depositado en él.

No había un lugar más simbólico para dirigir sus primeras palabras al país como futuro Presidente de Chile, porque su bautismo de fuego se produjo precisamente en la Universidad de Chile en la segunda mitad de los años 20, cuando llegó a Santiago para estudiar Medicina, tras cumplir el servicio militar de manera voluntaria. Elegido presidente del Centro de Alumnos de su Facultad, en 1931 participó activamente, como miembro del Grupo Avance (su primera experiencia militante), en las épicas luchas que condujeron a la caída de la dictadura del coronel Carlos Ibáñez y durante un breve periodo fue vicepresidente de la FECh. Un año después, tomó parte en la efímera República Socialista de junio de 1932, lo que le costó varias semanas de cárcel y ser procesado por una corte marcial. En el funeral de su padre, en septiembre de aquel año, prometió dedicar su vida a “la lucha social”.

Descendiente, por vía paterna, de una familia que tuvo un papel destacado en la lucha por la independencia nacional en los albores del siglo XIX y después en la pugna por la democratización del país desde las filas del Partido Radical y la masonería (con el ejemplo luminoso de su abuelo Ramón Allende Padín), hijo de un abogado que terminó sus días como notario de Valparaíso, Salvador Allende Gossens (Santiago de Chile, 26 de junio de 1908) asumió desde muy joven un compromiso social y político inusual en un muchacho de su clase social. Frente a la caricatura del pije Allende, siempre vestido de manera elegante, que tantas veces dibujaron sus adversarios (y algunos de sus compañeros), resplandece su temprana participación en talleres de alfabetización de las clases populares tanto en el Liceo Eduardo de la Barra del puerto como en la FECh y también su colaboración solidaria en consultorios médicos vinculados a los sindicatos anarquistas en Santiago (por la huella labrada en su conciencia por el carpintero libertario Juan Demarchi en 1922) y al Partido Socialista en Valparaíso.

1933 marcó el rubicón en su trayectoria al tomar parte en la fundación del Partido Socialista en Valparaíso. Su ascenso fue verdaderamente meteórico: secretario regional del PS desde 1935, vicepresidente del Frente Popular en Valparaíso desde 1936, elegido diputado en marzo de 1937, responsable local de la campaña presidencial de Pedro Aguirre Cerda que llevó al histórico triunfo del 25 de octubre de 1938 y subsecretario general del PS desde diciembre de este año. Y el 28 de septiembre de 1939 Aguirre Cerda le designó ministro de Salubridad cuando tan solo contaba con 31 años. Su trabajo durante dos años y medio al frente de esta importante responsabilidad muestra muy bien su personalidad política: su capacidad para diagnosticar los grandes problemas nacionales, explicarlos de manera pedagógica (como aquella exposición sobre la vivienda frente al aristocrático Club de la Unión, en la Alameda, en 1940) y señalar las soluciones legislativas y ejecutivas para corregirlos (como la emblemática reforma de la Ley 4.054 que suscribió el 11 de junio de 1941 y que terminaría alumbrando el Servicio Nacional de Salud en 1952).

También en los años 40 su trayectoria fue especialmente meritoria. Entre enero de 1943 y agosto de 1944, le correspondió ocupar (por única vez en su vida) la secretaría general del Partido Socialista, en un contexto muy influido por la II Guerra Mundial. En 1945, fue elegido senador por primera vez. En 1947 y 1948, se distanció del sector anticomunista del socialismo y criticó firmemente la persecución del Partido Comunista por el Gobierno de Gabriel González Videla, estigmatizado para siempre como traidor por Pablo Neruda en Canto general. Y cuando la mayor parte de sus compañeros apostó por la opción populista de Ibáñez para la contienda presidencial de 1952, supo reagrupar junto a los comunistas en el Frente del Pueblo a las fuerzas de izquierda que apostaron por un camino singular en el contexto de la guerra fría. Elegido candidato presidencial, Allende recorrió por primera vez todo el país, “de Arica a Magallanes” como acostumbraba a decir, con la dedicación y la fe de un misionero. Volodia Teitelboim, Jaime Suárez Bastidas o Carmen Lazo le acompañaron en la campaña de 1952 y dejaron sus testimonios de su tenacidad y su confianza en la posibilidad de transformar Chile a partir de la formación de un potente movimiento político y social.

En 1958, ya con el socialismo reunificado y la izquierda fortalecida en el Frente de Acción Popular (FRAP), quedó a 33.000 votos de La Moneda y fue el candidato más votado por el electorado masculino. Algunas irregularidades en el escrutinio y la inopinada aparición de un curioso personaje, el “cura de Catapilco”, le privaron de la victoria, que correspondió al derechista Jorge Alessandri.

En febrero de 1959, mientras se encontraba con su esposa, Hortensia Bussi, en Caracas para asistir a la toma de posesión de su amigo Rómulo Betancourt, decidió viajar a Cuba y allí conoció a los principales dirigentes de la Revolución que cambió la historia continental y endureció el clima de la guerra fría en América Latina por la respuesta de Washington. Amigo y compañero de Fidel Castro y de Ernesto Che Guevara, fue un firme defensor de la Cuba socialista.

En 1964, la batalla presidencial le enfrentó con un viejo amigo, el democratacristiano Eduardo Frei Montalva, pero también con la CIA y el Gobierno de Lyndon Johnson, que financió una increíble campaña de propaganda anticomunista que ya había dado resultado en Italia en 1948. Su tercera derrota no le indujo ni a moderar sus posiciones políticas, ni tampoco a aceptar el estruendoso proceso de radicalización (retórica) de su partido, con el Congreso de Chillán de 1967 como punto de partida.

Muy pronto advirtió de las limitaciones del programa reformista de la Democracia Cristiana y de la hipocresía de la “Revolución en Libertad”. La creación del MAPU por los dirigentes más consecuentes de la DC y la masacre de la Pampa Irigoin en 1969 le dieron la razón. La fundación de la Unidad Popular en octubre de aquel año reafirmó su correcto análisis político: por primera vez, junto con la izquierda marxista confluían fuerzas tradicionalmente centristas (Partido Radical), de inspiración cristiana (el MAPU) y otros sectores (API y PSD). La campaña para la batalla presidencial de 1970, con la explosión del movimiento muralista y de la Nueva Canción Chilena, la movilización de los trabajadores y de nuevos actores, como los pobladores, alumbró un inmenso movimiento popular que abrió las puertas de la Historia aquel inolvidable 4 de septiembre de 1970.

Después vinieron sesenta días de una tensión política extrema, en los que la derecha, el freísmo, el poder económico (con el emblemático viaje de Agustín Edwards, propietario de El Mercurio, a Washington el 14 de septiembre) y el Gobierno de Nixon, la ITT y la CIA conspiraron para impedir la investidura de Allende por el Congreso Pleno. Fracasaron porque la Democracia Cristiana estaba dirigida por su tendencia progresista y las Fuerzas Armadas encabezadas por un general ejemplar, René Schneider, asesinado por la ultraderecha y la CIA.

El 3 de noviembre, Salvador Allende se terció la banda presidencial y se inició uno de los procesos políticos que mayor esperanza despertaron en el siglo XX. Un periodo lleno de dificultades, también –obviamente- de errores de la Unidad Popular, pero en el que sobre todo brillan los inmensos logros del Gobierno presidido por Allende y del pueblo chileno: la nacionalización del cobre, la reforma agraria y la erradicación del latifundio, la creación del Área de Propiedad Social y la participación de los trabajadores, una política internacional no alineada y verdaderamente ejemplar, un proyecto cultural inigualado en la historia nacional (Quimantú, el Tren de la Cultura, el crecimiento y apertura a los obreros de la Universidad Técnica del Estado) y un programa de medidas sociales muy completo (con el medio litro de leche como expresión cotidiana de eso bello cartel creado por los artistas plásticos de la UP: “La felicidad de Chile empieza por sus niños”). Y sobre todo el desarrollo verdaderamente conmovedor de la conciencia revolucionaria del pueblo, su alegría y su permanente movilización en defensa del camino al socialismo “en democracia, pluralismo y libertad”.

Salvador Allende representa ante la humanidad aquel proyecto político, aquellos años inolvidables… incluso para quienes no los vivimos. Aquel tiempo de las cerezas, similar al cantado en la bella canción de la Comuna de París, un siglo antes.

Han transcurrido ya 40 años y Chile enfrenta grandes desafíos para conquistar una verdadera democracia. La huella dolorosa del cruento golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 no desaparece de esta angosta y extensa franja encajada entre la cordillera andina y el imponente océano Pacífico. El reto es construir una nueva mayoría política nacional que aglutine a todas las fuerzas democráticas para superar el modelo neoliberal impuesto a sangre y fuego por la dictadura militar y avanzar hacia un país con más igualdad y justicia social. Una nueva Constitución, la renacionalización del cobre, la derogación de la legislación laboral pinochetista, el respeto al medio ambiente, el reconocimiento de los pueblos indígenas, el fin del lucro en la educación y la salud, una ley electoral justa… El horizonte democrático se ensancha hacia las Grandes Alamedas.

Y en este camino vivirá siempre la memoria de Salvador Allende. De aquel muchacho que conversaba y jugaba al ajedrez con el viejo Demarchi en su modesto taller de carpintería, del militante del Grupo Avance, del fundador del Partido Socialista, del médico con profunda vocación social, del masón orgulloso de sus antepasados, del diputado, ministro y senador, del candidato presidencial que unió a la izquierda y de aquel inmenso y hermoso movimiento popular que abrió con él las puertas de la Historia una noche constelada de septiembre de 1970.

Recordar a Allende exige ir más allá de la inmensa tragedia del 11 de septiembre de 1973 (y después), de su heroica muerte en La Moneda. Recordar a Allende es recorrer su apasionante trayectoria política y la historia de la izquierda chilena en el siglo XX. Recordar a Allende invita a pensar y recrear el socialismo en el siglo XXI.

– Mario Amorós, historiador y periodista, acaba de publicar, en Chile y España, Allende. La biografía (Ediciones B). http://www.edicionesb.com/catalogo/libro/allende-biografia_2844.HTML

– Entrevista en el diario Información de Alicante: http://www.diarioinformacion.com/cultura/2013/09/11/chile-da-lecciones-espana-saldar/1413853.html

Entrevista a Michel Husson, economista marxista francés

“Bajar salarios para crear empleo nunca ha funcionado y es una estafa”
Público.es

Michel Husson (Lyon, 1949) es un economista y estadista francés, miembro del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IRES). Destaca por su visión marxista de la realidad económica, como muestran varios de sus libros. Fue durante varias décadas militante de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) de Francia y sus textos son referencia para la izquierda gala.

Entre ponencias y talleres durante la IV Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista, explica a Público su visión sobre la crisis económica, las consecuencias de abandonar el Euro y otras formas de crear empleo sin reducir los salarios.

En su último libro, El Capitalismo en 10 lecciones, explica las claves de actual sistema y sus diferencias con décadas anteriores. ¿Cree que el capitalismo se está agotando?

Creo que se está agotando en los viejos países capitalistas por una razón fundamental: la pérdida del dinamismo en la productividad del trabajo. Los trabajadores producían más para ganar más y consumir los productos que producían, pero esto se ha perdido al reducirse el nivel adquisitivo.

Sin embargo, se podría decir que este dinamismo se encuentra ahora en los países emergentes. Pero estas dos partes de la economía mundial están estrechamente vinculadas, de manera que si hay un decrecimiento, una recesión casi crónica en el Norte, habrá consecuencias en el Sur, con un modelo donde la fuente de su mercado viene de las exportaciones hacia los países del centro.

Hay que entender la combinación de esos dos movimientos. Lo que está desapareciendo es la legitimidad social del capitalismo, su capacidad de dar una respuesta, en términos de mercancías, a las necesidades básicas de la humanidad. Uno de los rasgos que acompaña a esta falta de legitimad es que el capitalismo funciona en casi todas las partes del mundo con un nivel de desigualdades sociales muy importante.

Muchas de estas desigualdades sociales se están agravando con las medidas de austeridad. ¿Se puede acabar con la austeridad sin salir del Euro?

Mi posición es que para dejar las políticas de austeridad necesitamos una ruptura con las leyes europeas. Si en un país hay un Gobierno de izquierdas que se plantea una ruptura, una pregunta que se haría es si hay que salir del Euro como primera medida que condicione las otras. Yo pienso que no, que es posible una ruptura con las reglas europeas sin salir del Euro y que además la salida a secas del Euro sería un debilitamiento de la relación de fuerzas, porque abriría la posibilidad a los mercados financieros de especular con la nueva moneda.

No hay que excluir la salida del Euro como manera de retomar la sobraría en las decisiones, pero es un arma de último recurso. La idea de que saliendo del Euro todo es posible me parece incorrecta. Prefiero decir que primero hacemos la ruptura [con las políticas de austeridad] y, si es necesario, podemos contemplar la posibilidad de una salida del Euro.

Abandonar el Euro es un debate que se ha abierto, tanto en países del sur como del norte de Europa. ¿Qué consecuencias podría para países como España, Grecia o Portugal; los que más están sufriendo las políticas de recortes?

La primera es la deuda, que está fijada en Euros. Saliendo del Euro vas a devaluar tu moneda y tu deuda aumentará en términos reales de tu propia moneda. Se puede cancelar o reestructurar parte importante de la deuda sin salir del Euro y con desde una posición con más fuerza.

La segunda consecuencia es más técnica, y es que supondría un peligro real en el ciclo devaluación-inflación-austeridad salarial para impedir una inflación descontrolada.

La tercera es que sería una solución no cooperativa que retomaría la competitividad con otros países para ganar más mercados. Esto no es una opción para el conjunto de los países implicados, porque si todo el mundo devalúa su moneda, nada va a cambiar. Hay que buscar opciones cooperativas que puedan englobar a la Europa en su conjunto.

En el contexto actual tenemos unos índices de paro muy elevado. Se pide una reducción de salarios para crear empleo. ¿Qué alternativas plantea para reducir el nivel de desempleo?

Hay dos soluciones de fondo que, a nivel histórico, han probado que las cosas funcionan. La primera es la reducción del tiempo de trabajo, es decir, una redistribución a los asalariados del aumento de productividad en forma de reducción de la jornada laboral. A nivel histórico siempre hubo luchas sociales por ello y hoy trabajamos la mitad que en el siglo XIX.

La segunda medida es crear empleo de la nada en los sectores donde hay necesidades sociales o ecológicas. Es la idea de una intervención pública.

La idea de bajar salarios para crear empleo nunca ha funcionado y es una estafa. Cuando se observa a los países del Sur de Europa -Grecia, España y Portugal, no así Italia- vemos una reducción muy fuerte del costo salarial, pero la contrapartida no es una mejor competitividad en términos de precios a la exportación, sino un aumento de las tasas de beneficio.

Otra de sus propuestas es que el Estado sea el último garante del empleo. ¿En qué consiste?

La idea la planteó el economista Hyman Minsky, que escribió una crítica al keynesianismo vulgar que pide más crecimiento para tener más empleo. Según él, esto no es suficiente y piensa que el Estado debe compensar y crear empleos. Creo que es una visión potencialmente anticapitalista porque es contraria a la idea de que para que exista un trabajo éste tiene que ser rentable. Si hay fuerza de trabajo disponible hay que usarla para satisfacer las necesidades aun cuando no sea lo más rentable. Es una definición de eficiencia diferente a la que plantea el capitalismo.

Sin embargo, vemos como en España se privatizan servicios públicos como la Sanidad, se despiden a profesores, en Grecia y Portugal se cierran empresas públicas ¿Es esto un síntoma del agotamiento del capitalismo?

Sí. De cierta manera es una compensación que busca el capitalismo, reintroducir todo lo que estaba fuera de la lógica de mercantilista. El capitalismo trata de crear de nuevo mercancías donde habían desaparecido, me refiero a servicios sociales. Se puede decir que trata como mercancía incluso la propia fuerza de trabajo. Todas las reformas del mercado de trabajo buscan hacer de la fuerza de trabajo una mercancía como cualquier otra, tratándola como si respondiera a las leyes de la oferta y la demanda.

En las diferencias que apunta entre el capitalismo actual y el de épocas anteriores, destaca que ahora se busca obtener más valor a través de las finanzas. ¿Qué ha supuesto este cambio?

La teoría del valor-trabajo dice que sólo el trabajo produce valor. Por lo tanto, es una ilusión pensar que las finanzas pueden crear valor. En las empresas se habla de creación de valor mediante el accionariado. En realidad no es creación de valor, sino una captación, el valor se crea con el trabajo y el sector financiero de cierta manera capta este valor a costa de los asalariados.

Si seguimos aplicando las medidas actuales, ¿cuándo podremos ver el final de la crisis?

Hubo dos décadas de acumulación de deuda y, si tenemos que pagarla mediante políticas de austeridad y programas que van contra el Estado social, tendremos tantos años de crisis como se necesitaron para acumular semejante deuda. Es una idea sencilla que ya planteó algún economista.

Fuente: http://www.publico.es/dinero/464553/bajar-salarios-para-crear-empleo-nunca-ha-funcionado-y-es-una-estafa