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Ficha Técnica
Titulo: La Partida
Autor: Jorge Calvo

ISBN:  978-956-9283-02-4
Año: 2013
Edición: Signo Editorial
Páginas: 200
Formato: 16 x 21 cm.
Peso: 650 Grs.
Precio: Con un valor especial a la comunidad universitaria.
La partida que se juega en estas páginas indaga en zonas peligrosas, nos sumerge en un mundo horrido y sórdido, y no  por eso deja de ser artísticamente bello. La novela completa es una transgresión de mitos y mitologías. Los personajes son casi caricaturescos; así leemos las deliciosas biografías  de los agentes de seguridad, nos enredemos en los avatares de un club deportivo y nos dejamos llevar por una partida de ajedrez que va tejiendo y destejiendo la trama de esta novela. La partida es una novela de retazos, del mismo modo que nuestra cultura y nuestra sociedad no son un todo coherente y límpido. Por eso esta novela nos propone una realidad que es farsa; risa plebeya y sublime; erótica y cruel; triste y llena de vida; estética y antiestética; historia y ficción…
Sobre La partida, la crítica ha dicho:

 “Jorge Calvo, tiene las dotes del narrador nato, el que pone en marcha en no muchas líneas una estructura novelesca verdadera y captura a muy poco andar el interés del lector.  La partida es su primera novela, y una de las primeras realmente conmovedoras que se hayan publicado hasta la fecha en Chile sobre el tema de la vida bajo la dictadura.” Carlos Orellana, Revista Análisis, Stgo., nov-dic. 1991.

  “La partida a que se refiere el título de la obra no es de fútbol, sin embargo, sino de ajedrez.  Y el autor demuestra que sabe mover las piezas en el complejo ajedrez de la literatura.”  Antonio Rojas Gómez,  Las Ultimas Noticias, Stgo, 9 noviembre 1991.

“… hay que reconocerle el atributo fundamental de la fuerza, que no es poca cosa.” Ignacio Valente, Revista de Libros, El Mercurio, Stgo., 27 octubre 1991.

“También desde una perspectiva literaria la novela es muy poderosa. Prosa experimental de alto rango, pero cuando una imagen rota o fragmentada logra realmente mostrar la condiciones de vida de una sociedad es porque aspira a develar algo  significativamente más profundo…”  Anna Forssberg Malm, Idag, Estocolmo, 1993.

“La partida es una novela de mucho suspenso” Lotta Eklund, Göteborgs-Posten, Gotemburgo, 1993.
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Ficha Técnica
Todavía cantamos: Historia de un canto valiente

Autor: Varios autores
ISBN: 978-956-9283-01-7
Año: 2013
Edición: Signo Editorial
Páginas: 150
Formato: 16 x 21 cm.
Peso: 500 Grs.

Precio: Con un valor especial a la comunidad universitaria.

“Cuando terminamos de cantar Ricardo García, permaneció un instante meditabundo, primero miro al techo y después intercambio una mirada cómplice con Carlos Necochea y le pregunto: ¿No te parece que esta canción, de Don Nicanor, tendría que estar en el Festival Alerce?”, de este modo nace el primer long play de Aymara “Cantor de Oficio”

Un aporte invaluable 

«Lo que el alma hace por su cuerpo, es lo que el hombre hace por su pueblo» 

GabrielaMistral 

(Del epitafio de su tumba en Monte Grande, Valle de Elqui)

La lucha de los pueblos por justicia, respeto, libertad, por el derecho de todo ser humano a tener una vida digna, es un largo y antiguo relato desde tiempos inmemoriales. En él pueden leerse las variadas formas que adquirió esa lucha de acuerdo a las circunstancias históricas en que ellas se desarrollaron.

Son los propios historiadores romanos, contra cuyo imperio luchó, los que nos develan la existencia de ese esclavo de origen tracio llamado Spartacus quien, un siglo antes de Cristo, encabeza la más importante rebelión de los oprimidos.

Es importante señalar que este hecho, posterior a muchas otras luchas y anterior a muchas más, lo conocemos porque alguien dejó testimonio de él. Y de los testimonios que van formando parte de la historia es a los que se refiere este prólogo.

El testimonio de la lucha por la independencia de los pueblos de América, por ejemplo, permite que las actuales generaciones conozcan cómo el nuestro obtuvo la suya.

Si bien, son los historiadores los principales transmisores de los hechos que hacen de Chile un país libre del reinado de España, los sucesos que siguen a la independencia debemos buscarlos más allá de aquellos textos “oficiales”.

Porque la historia posterior, la historia de quienes empuñaron las armas por la liberación de nuestro territorio, muriendo en la lucha o mutilados por ella, la de quienes vestían a los que iban a la batalla, la de quienes los alimentaban, la de los que sanaban a los heridos o daban sepultura a los caídos, es decir, la historia del pueblo chileno, ocupa mucho menos espacio en los escritos de nuestros historiadores.

Un ejemplo: La matanza en la Escuela Santa María de Iquique, masacre ocurrida el 21 de diciembre de 1907. En ella miles de trabajadores pampinos del salitre, en huelga por las míseras condiciones de trabajo y explotación, son asesinados, junto a sus mujeres e hijos, por las tropas a cargo del General Roberto Silva Renard. Ocurre bajo el Gobierno del Presidente Pedro Montt y por instrucciones del Ministro del Interior Rafael Sotomayor. Si bien hay crónicas que dan cuenta del hecho, la mayoría de los chilenos supo de ella gracias a la Cantata que lleva su nombre creada por Luis Advis, interpretada por el Conjunto Quilapayún con relatos del actor Héctor Duvauchelle.

Otro ejemplo, esta vez relativo a los pueblos originarios: En el ramo Historia de Chile de nuestros colegios, se denominaba, hasta hace poco años, “Pacificación de la Araucanía” a la ocupación violenta de los territorios mapuches y la aculturización de sus habitantes. Nada se decía de la existencia del “Parlamento de Tapihue” que regulaba las relaciones entre la República de Chile y el Pueblo Mapuche. El Tratado fue ignorado y se inició una guerra sangrienta que duró más de 20 años, a partir del Gobierno de José Joaquín Pérez en 1861. Sin este antecedente y los detalles de lo que sucedió en esas décadas, es difícil entender la lucha que hoy libran los Mapuche por sus derechos en ese territorio.

Hoy, las redes sociales permiten a quienes se interesan por nuestra historia, conocer mejor la realidad de Chile.

No era así en la década de los 70 llena de acontecimientos políticos y sociales con dos hitos importantes: la elección del doctor Salvador Allende como Presidente de la República el 4 de septiembre de 1970 y el Golpe de Estado Militar del 11 de septiembre de 1973.

El relato que hacen los textos de ambos acontecimientos es tan variado como la mirada que sobre ellos tienen sus autores. Afortunadamente existe una gran cantidad de referencias históricas, literatura y análisis al alcance del lector inquieto. La mayoría acerca de los sucesos más relevantes.

Además de aquellos hay otros como el que el lector tiene en sus manos: “Todavía Cantamos” cuyo subtítulo “Historia de un Canto Valiente” da cuenta de otro vértice desde el que se puede auscultar el día a día que vivió el pueblo chileno en el obscuro tiempo de la dictadura, principalmente en el período más cruento, entre 1973 y 1978. Sirve tanto el libro como el acceder a las obras que en él se mencionan.

El Grupo Aymará, eje central del relato, tuvo una valiente actividad artística dando testimonio, en las canciones de su repertorio, a la manera de breves crónicas, del ansia de libertad de los chilenos frente a la política instaurada por el gobierno de facto. Sus voces y su danza eran un llamado a no perder la esperanza.

Sergio Sepúlveda, Sergio Garrido, Amanda Argandoña, Nano Aguayo, Jorge Rojas, Genaro Prieto, Angélica Leighton, Marcia Traverso, Margarita Ballestero, Kiko Carrasco, subían al escenario de teatros, peñas, locales poblacionales, con la firme convicción de que esa forma de lucha ayudaría a denunciar las atrocidades que se cometían y a reconquistar la democracia. Fue un aporte invaluable.

No eran los únicos.

Nano Acevedo y su peña “Doña Javiera” hacían otro tanto en el histórico local de la calle San Diego.

Ricardo García posibilitaba que ese arte contestatario tuviera un soporte para que llegara a los hogares. Su sello Alerce editó cientos de discos de muchos de los cantores y agrupaciones de la época, entre ellos Aymará, cuya carátula ilustra la portada del libro.

Desde Radio “Chilena”, el programa “Nuestro Canto” difundía esas grabaciones discográficas. También otras más domésticas y las realizadas en las inolvidables mañanas de los días domingo en el Teatro Cariola.

Las voces de Jorge Yáñez, de Pedro Yáñez, de Eduardo Peralta, Chamal, Ortiga, Aquelarre, Schwenke y Nilo, Illapu y tanto otros hacían lo suyo. Y por cierto las grandes maestras: Margot Loyola, Premio Nacional de Arte y Gabriela Pizarro, Santiago del Nuevo Extremo, Los Zunchos, Juan Genaro Sandoval, María Eugenia Zuñiga y tantos otros

También encontramos actividades menos conocidas como la Organización Cultural “Cactus” creada por Genaro Prieto en los inicios del 75 en la entonces Universidad Técnica del Estado, hoy USACH. Un extenso y riguroso trabajo de Alejandro González, Masmar, nos cuenta la historia de las Peñas de esa época.

Recorrer las páginas de “Todavía Cantamos”, mirar sus fotos, nos conecta con la dura realidad vivida por los chilenos por 17 años, pero también con el esfuerzo y valentía de los artistas del canto popular que se entregan al lector, como otra fuente de información de una época negra que nunca más queremos para Chile.

Aymará y los mencionados en el libro, también son autores de una página de la historia de ese período.

Miguel Davagnino

Santiago, junio, 2013.

La Huella de Allende

La huella de Allende
Punto Final

“Cuarenta años no es nada…”, dice el tango. El recuerdo del 11 de septiembre de 1973 está para mí guardado en el primer cajón de la memoria. La Unidad Popular ha marcado mi vida. Esa influencia está aún viva, aunque casi no participé del gobierno de la Unidad Popular. Durante menos de un mes trabajé en la Editorial Quimantú.

En mi carácter de representante de un partido de la coalición, el Mapu, me vi mezclado en un arduo conflicto. Una discusión enfrentó a Joaquín Gutiérrez -un reconocido cuentista costarricense en el exilio, quien representaba al Partido Comunista-, con el ensayista Alejandro Chelén, quien representaba al Partido Socialista. El tema de la disputa fue la publicación por la editorial de la Historia de la revolución rusa, de León Trotsky. Chelén la patrocinaba con énfasis y Gutiérrez se oponía con rabia. El dirigente soviético asesinado seguía siendo, para algunos comunistas chilenos, un réprobo y una influencia peligrosa. Mi opinión fue favorable, aunque mi influencia era débil. Pero la dirección de la editorial decidió publicar el libro de la discordia.

En todo caso el Partido Comunista respetó la decisión. La celebre Historia del revolucionario díscolo fue publicada en dos gruesos tomos, que se vendieron como pan caliente. Esto último no era sorprendente. Entonces los libros publicados por la editorial del Estado se agotaban con rapidez. Pero en este caso, la velocidad fue mayor. Quizás porque la publicación representaba un signo.

Nunca tuve un contacto personal con Salvador Allende. Pero la admiración por la Unidad Popular estaba (y está) personificada en su figura, la cual miraba y escuchaba desde la distancia. Tanto es así que para escribir el libro Conversaciones con Allende, otra muestra de mi obsesión, debí inventar una serie de diálogos con el líder.

Allende nos hacía vibrar en los numerosos mítines de la época. Así ocurrió, por ejemplo, en la noche misma del triunfo electoral, cuando habla desde los balcones de la Fech: “Dije y debo repetirlo: si la victoria no era fácil, difícil será consolidar la nueva moral y la nueva patria”. Agrega más adelante, después de agradecer a diversos grupos sociales: “Para todos ellos, el compromiso que yo contraigo ante mi conciencia y ante el pueblo(…) es ser auténticamente leal en la gran tarea común y colectiva…”.

Como es fácil darse cuenta, en ese discurso hay una palabra que se repite. “A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero presidente”. Pero hay también una advertencia que se formula una y otra vez. Es aquella que resalta la dificultad de la tarea.

Admiración por la Unidad Popular. ¿Tiene sentido admirar algo que fracasa y que conduce a la catastrófica dictadura militar? Creo que sí, siempre que sea un juicio realista que contemple las virtudes del proceso pero también sus errores o dificultades.

Esa admiración por el gobierno de la Unidad Popular se debe tanto al significado de las medidas implementadas como a la proyección que alcanzan los actos del presidente Allende y los valores que ellos expresan, incluyendo -por supuesto- el gesto final del suicidio. Un balance de aquellos mil días permite decir que el periodo de la Unidad Popular fue el más democrático de la historia de Chile contemporáneo, aquella sociedad que se prolonga entre 1933 y el 4 de septiembre de 1970, día de la elección presidencial.

El gobierno de Allende aparece en la memoria como tragedia, como fecha dolorosa, pero, sobre todo, se instala allí por las medidas que se llevaron a la práctica. Porque, sin la menor duda, el gobierno de Salvador Allende significa el intento de cambios estructurales más profundo de nuestra historia, y también representa la experiencia más participativa. Una democracia de los fines, pero también de los medios.

Una rápida enumeración de las medidas deja con la boca abierta: nacionalización el cobre, sin pago de indemnizaciones a las grandes compañías estadounidenses; estatización de la banca a través de la compra de acciones; expropiación o intervención de algunas de las principales empresas monopólicas, formando el area de propiedad social; término del latifundio improductivo a través de la reforma agraria; estímulo a la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas.

Cambios decisivos, centrados sobre todo en el intento de crear una democracia participativa. Se trataba de imitar las experiencias que se habían desarrollado en algunos países socialistas, como Yugoslavia y Argelia.

En el célebre documental de Patricio Guzmán sobre el gobierno de la Unidad Popular hay numerosas escenas significativas, que merecerían alguna reflexión. Comentaré solo una, relacionada con lo dicho. Se trata de aquella donde trabajadores de una industria, localizada en un Cordón Industrial, discuten con el enviado de la CUT sobre las condiciones de la defensa del gobierno de la Unidad Popular. La fuerza expresiva, la elocuencia con que desarrollan los planteamientos y el carácter convincente de los argumentos usados, muestran un importante desarrollo de la conciencia de clase entre aquellos trabajadores. Estos no necesitaban la ayuda de ningún asesor intelectual para plantear sus razones. Una sensación parecida surge de la lectura del libro Poder popular y cordones industriales, de Frank Gaudichaud, sobre la experiencia participativa en los cordones industriales, o del libro de Peter Winn, Tejedores de la revolución , sobre la expropiación de la industria Yarur.

Sin duda, entre aquellos trabajadores se estaban desarrollando nuevas capacidades y talentos. Se superaban de ese modo, aunque sólo fuera parcialmente, los procesos de alienación surgidos de tener que enfrentar todos los días rutinarias operaciones en las máquinas, sea como operadores, como alimentadores o como encargados del aseo del lugar de trabajo.

Pero además el 11 de septiembre trae a la memoria el gesto político realizado por Salvador Allende. Este pone en práctica una lección que involucra las dos éticas, de las cuales habla Max Weber. Desarrolla la ética de la convicción, puesto que murió por sus ideas, habiendo podido evitarlo. Varias veces se le ofrece un avión para salir al exilio. Lo rechaza, con dignidad y con rabia.

Pone en práctica también la ética de la responsabilidad. Desde el momento que sabe que el golpe ha sido desarrollado por la totalidad de las fuerzas armadas sin que existan sectores discrepantes movilizados, llama a sus seguidores a no involucrarse en una guerra perdida de antemano. Les habla de la necesidad de resignar el presente por el futuro: algún día se abrirán las grandes alamedas.

Dice Bolaño en una entrevista: “En su último discurso Allende se ennoblece, nos pide no arriesgar nuestras vidas y, a cambio, entrega la suya. Actúa como un héroe”.

A Allende lo llamaban -algunos con cariño, otros con sorna- el pije. Ello porque nunca descuidaba su vestimenta, ni siquiera en medio de las campañas más duras. Basándose en esas características y otras que le eran imputadas, Pinochet comenta, aludiendo a la amenaza de Allende de no salir vivo de La Moneda, “Qué va ser capaz de matarse… es un cobarde”. Ese argumento denigratorio lo pronuncia el hombre de los anteojos oscuros, en uno de esos grotescos intercambios de opiniones emitidas desde el puesto de mando. ¿Qué sabía de consecuencia ese general artero? ¿Creería que el presidente de Chile era, como él, un hombre sin palabra? Pero tuvo que tragarse sus dichos.

Allende le advierte primero a los chilenos que no tiene pasta de héroe, que es sólo un ciudadano deseoso de sobrevivir. Pero agrega que no saldrá vivo de La Moneda. Organiza con precisión minuciosa las condiciones del acto final. Hace salir primero a las mujeres y a los hombres, quedando solo en el palacio semidestruido por los bombardeos de la Fach. Entonces procede sin vacilación. No iba a caer vivo en manos de militares insubordinados, encabezados por un gran traidor. No dejaría que esos militares sin honor le pusieran una mano encima. El gesto de Allende busca preservar la dignidad del cargo. El no saldría al exilio, para mirar desde la distancia la agonía de sus partidarios.

Actúa como un héroe, pero uno que muchos preferirían que no hubiera existido. Hernán Valdés en la novela A partir del fin le hace decir a uno de sus personajes, quien reflexiona hundido hasta el cuello en una tina de agua caliente: “…Allende… por qué nos dejaste… por qué nos abandonaste… Qué haremos ahora sin ti…”. Puede leerse ese lamento como el presagio de una larga tragedia. Se instala en Chile una feroz dictadura de dieciséis años. Ella tiene dos características que la marcan: es una dictadura con proyecto y, en parte por ello, es una dictadura terrorista.

De la alegría y la pasión de los mil días a los largos, larguísimos, dieciséis años. Horror y tristeza, pero también comienzo de la neoliberalización de Chile, la cual continúa y continúa.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 789, 6 de septiembre, 2013

www.puntofinal.cl

Dúo Kutral

Duo Kutral

Dúo Kutral

Kutral nació como conjunto en el año 2001, en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Primero partió como una agrupación integrada por 7 compañeros de la facultad, pero al poco andar, el conjunto dio paso a la formación de dúo. Es así como a mediados del año 2002, dos de quienes integraban la agrupación original, ya inactiva, dieron continuidad al proyecto conformando el Dúo Kutral. Durante casi 4 años mantuvieron una actividad permanente de composición, interpretación y actuaciones en distintos lugares, principalmente actividades políticas y culturales, huelgas y tomas.

Durante este periodo, grabaron su primer disco “Valientes”, en forma independiente y autogestionada. Así también, tuvieron destacadas participaciones en varios festivales de composición, como el Festival de Todas las Artes Víctor Jara, Festival “Los Universitarios cantan a Neruda”, Festival de composición de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Pedagógico, entre otros.

No obstante la permanente actividad musical que desarrollaba el dúo, durante el año 2005, dejaron de cantar juntos, debido principalmente a la distancia en las actividades universitarias.

Durante este periodo de distancia, ambos integrantes continuaron desarrollando una serie de proyectos musicales, principalmente relacionados con el rescate de obras populares chilenas, música popular de raíz folklórica, cueca brava, etc.

Ya en el año 2010, ambos integrantes, luego de un viaje a las celebraciones del cincuenta aniversario del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, en Argentina, decidieron retomar el trabajo musical del dúo, con mayor madurez política y artística y con mayor profesionalización.

Desde ese momento, el dúo ha venido desarrollando un trabajo sistemático de composición y arreglo de temas nuevos. En este contexto, se ha definido como objetivo principal la grabación de un segundo disco para este año, con nuevos temas, trabajo en el cual, el dúo ha contado con el importante apoyo musical de Alberto Vargas, también profesor de música egresado del Peda.

En lo político, el dúo toma posición por una canción comprometida con las luchas del pueblo, identificándose con una canción revolucionaria en lo ideológico, que protesta, denuncia, convoca y levanta consignas de la lucha popular, democrática y antiimperialista.

Unos viejos ricachones

 

La última curda

 

¿Qué pasaría?

 

Chile de hoy

 

Se vienen las elecciones

Cuento “Viaje alrededor del porvenir” – César Vallejo

VIAJE ALREDEDOR DEL PORVENIR

A eso de las dos de la mañana despertó el administrador en un sobresalto. Tocó el botón de la luz y alumbró. Al consultar su reloj de bolsillo, se dio cuenta de que era todavía muy temprano para levantarse. Apagó y trató de dormirse de nuevo. Hasta las tres y media podía dar un buen sueño. Su mujer parecía estar sumida en un sueño profundo. El administrador ignoraba que ella le había sentido y que, en ese momento, estaba también despierta. Sin embargo, los dos permanecían en silencio, el uno junto al otro, en medio de la completa oscuridad del dormitorio.Pero pasados unos minutos, no le volvía el sueño al administrador, y su mujer, sin saber por qué, tampoco podía ya dormir, siguiendo con el oído los movimientos que, de cuando en cuando, hacía su marido en la cama y hasta el ritmo de su respiración y el parpadeo de sus ojos. Hacía dos años que eran casados. Una hijita de tres meses dormía en su cuna, en la habitación contigua, a cargo de una nodriza. El administrador casó con Eva, no porque la quisiera, sino por conveniencia, pues esta tenía un lejano parentesco con don Julio, patrón de la hacienda. El administrador hizo, en efecto, un buen negocio: apenas se casaron, el patrón lo había ascendido de simple mayordomo de campo, con 60 soles de sueldo y una simple ración de carne y arroz, a administrador general de la hacienda, con 150 soles mensuales y tres raciones diarias. De otro lado, aun cuando el parentesco en cuestión no contaba mucho a los ojos del patrón -hombre duro, vanidoso y avaro- con el matrimonio cambió en parte el tratamiento que le daba a su ex-mayordomo de campo. Tenía para él una sonrisa, por lo menos, a la semana. Solía también a veces dar a sus instrucciones, delante de los obreros y los otros empleados, repentinas entonaciones de deferencia. Una vez al mes, les estaba acordado al administrador y a su mujer, ir de visita a la casa-hacienda y comer en la mesa de los parientes pobres del patrón. Por último, el 28 de julio de cada año, día de la fiesta nacional, recibía el cajero orden de dar al administrador un sueldo gratis. Mas la dádiva mayor no había sido todavía recibida, aunque ya estaba prometida.El día en que nació la hija del administrador, la mujer del patrón le dijo a su marido, a la hora de cenar:–¿Sabes una cosa?

El patrón, cuyo despotismo y frialdad no exceptuaba ni a su mujer, movió negativamente la cabeza.

–Eva ha dado a luz esta mañana -añadió la patrona- y la criatura es mujercita.

–¡Zonza! -argumentó el patrón en tono de burla-. No sabe hacé hico. ¿Po qué no hacé uno muchacho hombre?

El patrón hablaba pronunciando las palabras como chino que ignorase el español. ¿Por qué tan singular costumbre? ¿Lo hacía acaso porque, en realidad, no pudiese articular bien el español? No. Lo hacía por hábito de soberbia y de dominio. Cuando la hacienda estuvo aún en manos de su padre -un inmigrante italiano, que se hizo rico en el Perú, vendiendo ultramarinos al por menor- la mayor parte de los obreros del campo eran chinos. Estos culíes eran tratados entonces como esclavos. El padre del actual patrón y cualquiera de sus capataces o empleados superiores podían azotar, dar de palos o matar de un tiro de revólver a un culí, por quítame allí esas pajas. Así, pues, el actual patrón creció servido por chinos y obedeciendo a un raro fenómeno de persistente relación entre el lenguaje usado por aquel entonces en el trato con los culíes y la condición de esclavos en que don Julio se había acostumbrado a ver a los obreros y, de modo general, a cuantos le eran económicamente inferiores, se hizo hábito oír al patrón hablar en un español chinesco a todos los habitantes de su hacienda. Nada importaba que ahora no se tratase ya de culíes sino de indígenas de la sierra del Perú. Su lenguaje resultaba, por eso, de un ridículo no exento de una aureola feudal y sanguinaria.

Don Julio, aquella noche del nacimiento de la hija del administrador, había llamado a este a su escritorio después de cenar, y le dijo severamente:

–Tú tene ahora una hica. Por qué tú no hacé uno muchacho. ¡Tú ée zonzo!

El administrador de pie y en actitud humilde, se puso colorado de emoción, al sentirse honrado, con el hecho de que el patrón se interesase así por la vida de los suyos. Una mezcla de orgullo y de pudor le estremeció ante las palabras protectoras del patrón y no supo qué contestar. Sonrió penosamente y bajó la frente. El patrón añadió, entonces, paternalmente:

–Anda tú hacé uno hico muchacho, uno hico macho. Si tú hacé un chico home, yo date legalo di mil soles.

Después dio don Julio unos largos pasos con sus enormes piernas de gigante y salió del escritorio, sin dejarle tiempo al administrador para darle las gracias por tamaña promesa.

Desde entonces, el administrador vivía con la constante preocupación de engendrar un hijo hombre. Formulada la promesa por el patrón, se apresuró a comunicarla inmediatamente a su mujer, la cual, en su gran inconsciencia, vecina de un impudor casi cínico, recibió la noticia con saltos de alegría y entusiasmo. Ambos cónyuges empezaron a soñar día y noche en aquel alumbramiento de un hijo hombre, que les traería los diez mil soles prometidos… día y noche. Esta perspectiva surgía ante ellos principalmente cada vez que se veían en apuros de dinero y en cuantas ocasiones hablaban de proyectos de futuro bienestar. Necesitaban vestirse mejor que los Quesada. Necesitaban comprar muebles nuevos para la casa de Chiclayo. Además, convendría hacer un paseíto a Lima.

¿Por qué solamente los Herrera y los Ulercado tenían derecho a ir a pasear a Lima todos los años?

–Mira, Arturo -decía Eva, en un delirio de ilusión a su marido-, si llegamos a tener el chico este año, podríamos pasar la temporada de verano en Miraflores. ¡Oh, qué maravilla sería eso! ¡Cómo se morirían de envidia todas mis amigas!

En un transporte de entusiasmo, Eva echaba los brazos al cuello del administrador y acotaba, poniéndose seria:

–Pero creo que don Julio lo hace tal vez para que trabajes mejor y cumplas debidamente con los deberes de tu puesto. ¿Crees tú que está contento con tu trabajo?

–Ya lo creo que sí. Está contentísimo. De otra manera, no me habría prometido el regalo. El otro día, le hice ganar de nuevo a la hacienda un montón de dinero.

–¿Cómo, Arturito mío? ¿Cómo lo hiciste?

–La semana pasada, un equipo de braceros de la Contrata Puga trabajó seis días en un destajo de corte de caña. Yo lo sabía perfectamente. El caporal había también registrado en la planilla esas tareas. Pero el sábado por la tarde, pasé, como quien no hace la cosa, por la caja a la hora del pago de las planillas semanales. Miré al azar las planillas sobre la mesa y al encontrarme con la de los cañeros, hice como que me sorprendía de verla. Llamé al caporal y le pregunté por qué se iba a pagar a esa gente un trabajo que yo ignoraba y que, sobre todo, yo no había ordenado que se hiciese. Se hicieron los esclarecimientos del caso y acabé diciendo que no se pagasen esos salarios, puesto que se trataba de un trabajo que yo no había ordenado. Y así se hizo. Total: unos cientos de soles ahorrados para la hacienda.

Eva se quedó pensativa y preguntó vacilante:

–Pero ¿y los obreros no cobraron su trabajo?

–Naturalmente que no. Si, precisamente, de eso es de lo que se trataba.

–Pero… ¡Pobrecitos! ¿Y el contratista tampoco les pagaría?

–¿Pagarles el contratista, dices? -exclamó el administrador con sarcasmo-. Bueno será Puga para desembolsar un dinero que él no ha recibido…

Eva quedó entonces con su marido en que el regalo prometido por el patrón no tenía nada que ver con los servicios del administrador, sino que era una cosa completamente desinteresada y generosa.

Y esta noche, en que el administrador ya no podía conciliar el sueño, vino a su mente de súbito la idea del regalo prometido por don Julio. Si el administrador lograba engendrar un hijo macho, sería una cosa formidable. Pero ¿cómo lograrlo? Más de una vez se habían hecho él y su mujer esta interrogación. ¿Cómo engendrar un hijo hombre? Los dos pensaban que la cosa consistía en alimentarse bien. Otras veces creían que era cuestión de técnica y, en las horas de escepticismo, pensaban, siguiendo su experiencia, que eran estos designios de la suerte y que no había nada que hacer. La pareja pasaba noches ardidas de esfuerzo y ansiedad. Había ocasiones en que Eva, después de un espasmo heroico y calculado, como un teorema de raíz cúbica, se sumía en un silencio abstracto para luego exclamar de pronto, besando sudorosa a su marido:

–¡Ya! ¡Yo creo que ya! ¡Siento que ahora sí, que ya! Lo siento. ¡Lo siento claramente!

–No -respondía Arturo, exhausto y desalentado-. Yo he sentido que no. Esto es una broma.

Otras veces era el administrador quien solía exclamar en el instante preciso de su goce:

–¡Ya!… ¡Ya!… ¡Ya!… ¡Ya!…

Eva, por el contrario, se mostraba escéptica, aunque no se atreviese a desalentar a su marido y, más bien, le respondía con jadeante y débil voz:

–Sí… Probablemente… Probablemente…

El administrador, al recordar esta noche de insomnio, todas estas escenas y luchas por los diez mil soles prometidos por don Julio, se puso de mal humor. Se dio una vuelta brusca en la cama y lanzó un bufido de cólera. ¡Habrase visto cosa más imbécil! No poder engendrar un hijo macho. ¡Era el colmo de la mala suerte!

Eva oyó el bufido rabioso de su marido y de golpe comprendió en qué estaba pensando Arturo. Meditó un momento y fingió despertar solamente en ese instante, acercando a ciegas sus carnes desnudas y cálidas al cuerpo de su marido. Después le echó el brazo sobre el hombro y siguió agitándose y rozándose con él. Por su parte, Arturo se dio a reflexionar en la necesidad de ser tenaz en su propósito y de no abandonar por ningún motivo la empresa de los diez mil soles. Unos minutos después, tomó, a su turno, por la cintura a su mujer y se besaron sin pronunciar palabras. Pero, esta vez, la empresa abortó completamente, pues siete meses más tarde, Eva daba a luz una mujercita.

 

* Tomado de: César Vallejo. Novelas y cuentos completos. Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967 (edición supervisada por Georgette de Vallejo y que reproduce fielmente este cuento hasta entonces inédito).