Novela “Sombras contra el muro” – Manuel Rojas

Sombras contra el muro

(Texto Escogido)

Aniceto no supo por qué este hombre vino a Chile, qué hizo en Francia, en Lyon, su ciudad natal; supo sí que en cierta ocasión, unos años atrás, cometió un robo: tal vez se cansó de ser obrero, de contemplar, en la imaginación, años y años de escaleras, de pinceles, tarros de pintura, de pintores que fallan todos los lunes -tampoco supo si siempre había sido pintor o contratista de pintura o si sólo tomó ese oficio en Chile-, decidió hacer algo que le proporcionara, más rápidamente, dinero en buena cantidad, no ese salario que recibía como obrero o la parte que le quedaba cuando era contratista; ¿qué podía hacer?, odiaba a los comerciantes y a los industriales, o sea, a los burgueses, y entonces llegó a la conclusión de que lo único que se puede hacer si se quiere ganar dinero sin trabajar, es robar, estafar, chantajear, pero debe ser un robo privado, secreto, que sea difícil de descubrir, con algo de misterio además, pues era individuo de cierto gusto y hubiese aborrecido ir a robar cebollas e incluso sombreros; eso estaba bueno para los palomillas, no para un anarquista, mucho más un anarquista francés: tenía que hacer honor a sus ideas y a su país, y pensó, buscó, observó, hasta caer en la cuenta de que debería robar un banco, era el sitio indicado, pero ¿cómo?, no tenía medios ni experiencia, compañeros ni conocidos -los que tenía, fuera de los obreros anarquistas o simplemente obreros, era toda gente decente, importante alguna, que lo estimaban por ser francés, un francés culto, cosa poco común en Chile, libros, filósofos, escritores, artistas, conocidos que de ningún modo le ayudarían en nada que no fuera honorable y entre esos conocidos había uno que otro que en verdad era amigo suyo, el ingeniero Godoy, por ejemplo, que en su juventud había sido simpatizante anarquista y a quien ayudó, en cierta ocasión, a cuidar a su mujer, víctima de una epidemia de viruela, arriesgó contagiarse y no le importó y Godoy quedó muy agradecido y se río mucho, no porque le hubiese ayudado sino porque en la penúltima noche, ya fuera de peligro su mujer, compró, para celebrar la mejoría, un pedazo de queso suizo o francés de muy buena familia, y como el francés dormía en un pequeño galpón y su sueño era pesado, las cucarachas le comieron los bigotes-; cambió de dirección y se le ocurrió robar en el museo, era lo más fácil, nadie queda allí de noche, sólo un loco irá allí a robar algo y ¿qué haría con ello?, los chilenos no tienen cultura, la mayoría por lo menos, y no saben qué valor puede tener un cuadro, un buen cuadro; él era francés y lo sabía; visitó el Palacio de Bellas Artes y buscó algo que fuese valioso y que se pudiera robar y vender, no en Chile, por supuesto, sí en la Argentina o en otro país, las obras de arte poseen eso de bueno: tienen el mismo valor en todas partes, no para todo el mundo, sí para los entendidos, y después de mirar y remirar fijó su atención en un cuadro pequeño, sombrío, de marco dorado, que representaba una figura; la firma decía Velázquez y era auténtico, no una copia; durante semanas y semanas espió el movimiento del edificio, quién sale, quién entra, a qué hora se van, a qué hora llegan, con gran sorpresa descubrió un cuidador, pero el cuidador de seguro, descuidaría la vigilancia en ciertos días, los sábados, por ejemplo, o los domingos, que parecen menos peligrosos; examinó cada ventana y cada puerta, las entradas, había una bodega, una sala de refracciones, dos pisos; eligió su ventana, ésa, pequeña, fácil de manejar, de abrir, y con un formón y otras herramientas, entre ellas un pequeño diablito, como la pequeña ventana estaba detrás de unos arbustos bastante crecidos, logró, en una hora de paciente trabajo, sacar casi por completo la ventana, no sólo abrirla, se descolgó y antes de cinco minutos salió con el cuadro envuelto ya en papeles: Velázquez.

Lo llevó a su casa, una casa pobrísima en un barrio más pobre aún y no supo dónde meterlo, los hijos, pequeños aún, podían encontrarlo, ya que no existían muebles ni nada que tuviese cajones seguros, y hacer con el Velázquez quién sabe qué, mira este viejo con pera y bigote, ¿pintémosle unos anteojos?, ya, y una barba, ¿cómo le andaría?, rebien, o lo usarían para jugar al almacén o las visitas y el cuadro, que estaba avaluado en muchos miles de pesos, quedaría irreconocible e invendible. Los diarios publicaron grandes noticias del robo, era la primera vez que en el país se robaban una obra de arte, un ladrón original, hasta aquí sólo han robado gallinas y ahora, ¡dígame usted!, la ciudad subió de categoría, un ladrón de buen gusto, de seguro extranjero, tal vez el mismo que se robó o se quiso robar “La Gioconda”, ¿qué hará ahora?, pudo robarse un Valenzuela Llanos, un Rebolledo, nada, se robó un Velázquez; la policía avisó a sus retenes de frontera y los gendarmes cordilleranos no supieron exactamente de qué se trataba y supusieron que el robado era un señor Velázquez o un hijo de él, ¿un cuadro?, las aduanas deben revisar los equipajes que salen por mar o por tierra, se avisó a la Argentina, a Perú, y René se sintió orgulloso: le quitó al cuadro su marco dorado, con un oro viejo y mate, y lo enrolló y no supo tampoco dón de guardarlo, enrollado era más susceptible, el barniz se saltaría o la tela se quebraría y el hombre de pera y bigote quedaría todo chueco, a pesar de ser un Velázquez; no podría venderlo ni sacarlo del país ni tenerlo en su casa ni llevarlo en el bolsillo o bajo el brazo, ¿qué hacer? Lo único que se podía hacer era destruirlo, pero era un hombre culto y pensó que no se podía hacer eso con una obra de arte, ¿cómo destruir, por gusto, algo que un artista creó con tanta maestría y buen gusto? No quiso preguntar a ninguno de sus conocidos, por ejemplo, al ingeniero, qué podría hacer con el robo, y no quedándole otro camino decidió devolverlo: lo envolvió en un papel Manila, le puso la dirección del Palacio y lo despachó por correo; perdió, en toda la operación, algún dinero y bastante tiempo, pero quedó satisfecho: era un robo casi elegante, de guantes blancos, así, ¿cómo podía mirar con simpatía el hecho de que sus camaradas robaran lo que habían robado? “¿Vamos donde René?”, propuso una noche Alberto, después de beber unas copas de vino. Aniceto, más o menos alegre, contestó: “¡Vamos!”, y en seguida se sorprendió de su entusiasmo, se arrepintió casi, y fueron: era un barrio sin pavimento, con hoyos y montones de basura, perros y gatos muertos, miserablemente iluminado, larga hilera de casitas de ladrillos con una pieza y un patio casi peor que la calle; los niños habían abierto trincheras y construido lagunas y amontonado una gran cantidad de ladrillos que se robaban en todas partes : tenían el proyecto de construir una pieza para estar solos, ya que sus padres peleaban a cada momento: “¡Rota mugrienta! Deberías estar orgullosa de haberte casado conmigo.

Acuérdate que te saqué de un conventillo”. “¿Y qué, pues? ¿Acaso vivo en un palacio?” “¡Eres una imbécil! No entiendes nada ni sabes nada.” “Lo más bien que te has dado gusto conmigo: cuatro chiquillos me has hecho y sigues haciéndole empeño.” Los hijos no sabían bien de qué se trataba, pero los gritos y los gestos los impelían hacia el patio, en donde peleaban ellos. Al llegar a la calleja, más entusiasmados porque venían cantando un himno revolucionario, Alberto disparó dos tiros al aire, ladraron los perros, se cerraron o se abrieron algunas puertas y un niño pequeño y flaco, según lo vieron después, abrió la puerta de la casa de René y miró: no vio más que un bulto de hombres que avanzaban saltando por los baches y gritó: “¡Papi! ¡Unos guaraqueros nos vienen a asaltar!” El padre, que no tenía su Colt, no se inmutó: nadie vendría a asaltar su casa, no existía allí nada que robar, ¿quién le iba a robar un hijo o la mujer? Era baja, morena, siempre con la cabeza revuelta, mal vestida, viva y sucia. Era raro, muy raro, ver a este hombre, francés y culto, estar casado o tener una mujer semejante, pero, al parecer, a pesar de ser francés, la quería: una buena hembra, trabajadora, fiel, y si andaba mal vestida, si hablaba como la más procaz de las chilenas, no se la podía culpar de que hubiese elegido todo eso; simplemente, le había tocado, como le tocó ese marido, y no podía sino resignarse. René debería haber pensado en todo eso, ya que era un hombre culto, pero tenía muchas otras cosas en que pensar: en su pistola, en lo que podía hacer con ella, en lo que haría, en lo que pudo hacer y con eso y con trabajar para alimentar a todos, tenía más que suficiente.

Aniceto se asombró de la sordidez de la casa y del ambiente, del aspecto de la mujer y de los niños: andaban semidesnudos, sucios, desaliñados, y el que anunció que venían asaltantes era una especie de lombriz vestida con una camisa y un pantalón sujeto al hombro por una tira de género. Lucía una cara fina, casi aguzada, como de ratón, ojillos vivaces, y los amigos rieron al entrar y saber que había gritado que venían bandidos, ¿qué podían robarle a él, quién se fijaría en él?, era una pulga, un gato de suburbio; los observaba: el hecho de que dispararan un revólver les daba, a los ojos del pequeño, un gran prestigio, ¿cuál de esos hombres había sido?, examinaba a uno y otro y preguntó: “Papá, ¿quién tiró ese balazo?” René señaló a Alberto: “Este hombre, Manuelito, nunca te metas con él”. Eran tres varones y una mujer, el mayor, alto, proporcionado, ostentaba una gran diferencia de rasgos; era casi hermoso, con el pelo dorado y rizado, cabeza redonda, piel blanca; parecía estar sumido en un sueño, sin oír lo que se decía y sin importarle quiénes estuviesen allí. Se llamaba también René, pero le decían Totó, apodo extraordinario en Chile para un varón y en una casa así, pero su padre era francés y él había heredado todo lo que de galo podía tener su padre. Al lado del pequeño, que era como el receptor de todo lo chileno que podía tener la madre, Totó parecía una imagen. No había allí nada que beber, nada que servir, un café o un vaso de vino, era tarde y los niños estaban con sueño: todos dormían en la misma pieza. A los amigos se les había ya desvanecido el vino y, por otra parte, no daban muchos deseos de estar allí. Era preferible la calle. Además, sin su pistola, René casi no tenía de qué hablar, salvo del tiempo o de la salud de los demás y suya; había olvidado a los escritores franceses: sólo pensaba en su Colt. Llegaría el momento en que empobrecería más, en que se desvanecería el hogar, y la pistola, sin poderla rescatar, se perdería, tal como su juventud y su edad madura, y no podría ya hacer otra cosa que detenerse en las vitrinas de las armerías y mirar las armas, en tanto El Chambeco, por otros lados, seguiría mirando las vitrinas de los restaurantes. Ninguno de los dos habría hecho nada, no pudieron, no fueron capaces, querían tenerlo todo para hacer algo, oh, no. ¿Y a cuántos les pasaría lo mismo? El tiempo fluye, viene de todas partes y pasa hacia todas partes; la ventolera es grande.

 

De la contratapa

MANUEL ROJAS, erguido junto a los más grandes valores literarios del Continente, aparece en “Sombras Contra el Muro” desplegando una vez más en forma excepcional sus dotes de gran narrador. Porque él es el hombre a quien le seduce contar, en el sentido de comunicar, con palabras y con gestos vivos, sus propias experiencias, los hechos que van plasmando la vida de cada uno de nosotros.

“Sombras Contra el Muro” encierra crueles estampas de la vida relajada junto a hermosos cuadros de vida limpia, ambientes oscuros en que se debaten las más bajas clases sociales, vidas en que fluye el idealismo, vidas hambrientas de comidas y de amor. Subyugado por el flujo espontáneo de tan vigorosa narrativa, el lector se incorpora a ese extraño desfile en que el autor entrelaza grandes aspectos e interesantes individualidades. Así Manuel Rojas relata en parte de esta obra extraordinaria:

“Pasos suaves y pasos fuertes, cautelosos o francos, en la sombra y a la luz de los focos del alumbrado, rostros que quieren llamar la atención y rostros que se ocultan, las prostitutas lo mismo que los ladrones y los policías, los borrachos lo mismo que los insomnes y los jugadores, los obreros al mismo tiempo que los vagos y los desocupados, los asesinos al mismo tiempo que los tímidos y los beatos, en la ciudad, todos juntos…”

 


Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*