Novela “Hijo de Ladrón” – Manuel Rojas

hijodeladron

(Texto Escogido)

-Si ahora miras hacia atrás verás que la nieve parece como que quisiera aproximarse a nosotros. No puede hacerlo; está pegada al suelo, unida a la tierra y a las piedras, su color está suelto, sin embargo; nadie puede aprisionarlo, e irradia luz y con esa luz se aproxima a nosotros y quiere cercarnos y envolvernos; no se resigna a dejarnos ir. No sé si alguna vez te has encontrado en alguna parte en que la nieve te rodeaba por cuadras y cuadras y en donde tú y tús compañeros, si es que alguien iba contigo, eran lo único sombrío, lo único oscuro que había en medio de la blancura. No lo sé. Hablo de la noche, aunque en el día no es mucho mejor; a cualquier hora es lo mismo: la sensación que está limitado y reducido y de que eres lo que se mueve en medio de lo inmóvil, lo tibio rodeado de lo helado y casi podríamos decir lo vivo entre lo muerto sino fuera porque la nieve no es algo muerto sino algo vivo, algo vivo que no mata a lo que está bajo ella. La semilla que duerme bajo la nieve está más segura que el hombre o el animal que camina sobre ella. Estamos hablando de hombres, claro. Cuando uno se encuentra como te decía y puede mirar y ver el espacio y la nieve que lo rodean, se da cuenta de que el blanco no es un color blanco e inofensivo, sino que es un color duro y agresivo y ¡que descanso ver a lo lejos, en algún picacho inaccesible a todo y todos, un color diferente, un negro, por ejemplo, o un rojizo o un azul! Los ojos descansan en ese color, reposan en él antes de volver al blanco de la nieve, a este blanco que te persigue, te fatiga, te tapa los senderos, desfigura los caminos, oculta las señales y, además, te mete en el corazón el miedo a la soledad y a la muerte.

Mira de nuevo hacia atrás. Mira ahora hacia adelante: todo está oscuro y negro y no se ve nada o casi nada y a pesar de eso sientes que esa negrura y esa oscuridad están llenas de rincones acogedores; hay arbustos y la tierra está seca; puedes tenderte en cualquier parte y no te mojarás ni te helarás; puedes hacer fuego con ramitas y calentarte, tomar café o mate o simplemente mirar las llamas. El hombre tiene miedo de la noche y sólo algunos solitarios, como los trabajadores de los bosques y de las montañas, algunos, no todos, que han logrado, después de mucho tiempo, dominar el miedo, saben apreciarla. Nada de eso puedes hacer en la nieve; en la nieve no puedes detenerte ni sentarte y debes seguir andando, como si una voz te advirtiera: estás muy cansado y morirás si te detienes, te enfriarás, te agarrotarás, quedarás riendo.

Mira hacia atrás de nuevo: la nieve continúa mirándonos, persiguiéndonos con su blancura; y si fuera algo duro, algo consistente, sobre lo cual se pudiera pisar con confianza y con seguridad.

No lo es: aunque conozcas de memoria el sendero, aunque hayas pasado muchas veces sobre él, aunque te sepas al dedillo sus piedras y sus rocas, sus vegas y torrentes, sus vueltas y revueltas, no debes confiar: bajo la nieve de varios días o de varios meses todo cambia: su peso hace correr las piedras que conoces, y la nieve que está más arriba de aquella que vas pisando, más arriba del sendero , al derretirse forma torrentes que corren por debajo y la destruyen, carcomiendo la capa sobre la cual vas caminando: aquí te hundirás hasta la rodilla, allá hasta la cadera, más allá resbalarás y quién sabe si podrás sujetarte e impedir la caída.

Vamos lejos ya, una cuadra, dos, hundiéndonos en la oscuridad, en una oscuridad sin nieve, en una oscuridad sin hirientes resplandores; la nieve, sin embargo, sigue vigilándonos.

De buenas hemos escapado.

Sí; llegó un momento en que creí que no saldríamos vivos del planchón.

-No sé qué es mejor: si la nieve blanda o la nieve dura; mejor dicho: no sé que es peor

-Le tengo miedo a la nieve, pero me gusta, de lejos, es claro, y a veces de cerca, pero no la quiero. Dos o tres veces me he encontrado con ella en las montañas, solo yo y sola ella, durante horas, perdida la huella, borrado todo rastro, sepultada las señales, extravidos los amigos: aquí te quiero ver. Miras para cualquier parte: no hay nada ni nadie que te pueda ayudar y la noche se acerca o la noche se alarga; hay una quietud mortal: nada se mueve, por lo menos nada que tú puedas ver; si gritas, nadie te oirá; si pides auxilio, nadie te socorrerá; debes confiar sólo en tus piernas, que algunas veces fallan, o en tus pulmones, que también se cansan; debes confiar, también, en tu presencia de ánimo, en tu valor, que a veces desaparecen no se sabe cómo, y a cada momento, a cada paso, te hundes en el silencio, en la quietud y en la soledad y en el espacio que ocupas y aquel que te rodea y aquel que logras ver se reducen más y más. No mires a lo lejos: debes mirar en qué punto vas a poner el pie en el siguiente paso y en el otro y en el otro. ¿Oyes? Es el rumor de un torrente que corre bajo la nieve, ¿hacia dónde y por dónde?, no lo sabes, lo oyes nada más. Sí, no mires a lo lejos; a lo lejos quizás estén tus compañeros, hay un campamento, una alegre fogata, luz, animación, voces, calor, risas, una taza de té y una cama, hasta puede haber una mujer, no tuya, porque tú eres un pobre diablo, pero una mujer a la cual puedas por lo menos mirar, mirar nada más, y no te parezca poco. Las mujeres son escasas en la cordillera, más escasas aun las que pueden llegar a ser tuyas.

No mires a lo lejos, te digo, ni pienses en lo que puede haber en otra parte; aquí hay algo más importante que todo eso, aun más importante que ls mujeres, de las cuales, algunas veces, se puede prescindir; de esto no se puede prescindir sino para siempre. Me refiero a la vida, es claro. Pon bien el pie y afirma bien el cuerpo. No sabes si en el siguiente paso encontrarás una nieve más blanda o una nieve más dura, una más delgada o una más profunda; es de noche y no puedes distinguir bien; de día es fácil reconocer la nieve profunda; tiene adentro, como en las entrañas, un color azul precioso, muy suave, como el de ciertas aguas o el de ciertos cielos; de noche toda es igual, toda blanca, toda fría y se endurece a medida que la oscuridad avanza.

-¿Cuántas horas estuvimos en la nieve?

-Ocho tal vez.

-Yo les dije: es mejor esperar, pero ustedes se emperraron en seguir

-No; vamos en seguida; no nos quedemos aquí

-Durmamos aquí, en el Cristo, y mañana temprano seguimos viaje

-No; queremos llegar pronto a Chile

-Hay mucha nieve

-Qué importa. Aquí también hay mucha

-Y partimos

-¿Y ahora?

Ahora todo va bien y dentro de un rato, una hora o dos, podremos tendernos y descansar. Serán las dos o tres de la madrugada, estamos en Chile y pronto aparecerán, en la oscuridad, los primeros álamos

¡Qué fácil es decirlo ahora!.

-Si no fuera por las autoridades todo sería fácil: el túnel es ancho y se pasa en una hora; pero, no, señor. Alto ahí. Aparece la autoridad: a ver los papeles. ¿Chileno? ¿Argentino? Muéstreme su libreta de enrolamiento, muéstreme su pasaporte, muéstreme su equipaje; por poco te piden que les muestres otra cosa; y si vas sucio o rotoso, es mucho peor: si no les caes en gracia te llevarán al retén y te tendrán ahí dos horas o dos días o una quincena. En Las Cuevas había un cabo, hijo de tal por cual, que se acercaba al calabozo y abría la puerta:

-A ver que salgan los que sepan leer y escribir

-Salían, muy orgullosos, tres o cuatro; los demás o no sabían leer o no hacían caso de lo que decía el cabo

-Muy bien: agarren una pala cada uno y andando

-Los ponía a hacer un camino en la nieve, entre la comisaría y la estación. Lo mató un rodado: en el infierno debe estar, haciendo con la jeta un camino en el fuego

-¿Y aquién vas a quejarte? ¿A quién recurrirás? A mí me detuvieron tres días una vez. ¡Cuanta gente ha muerto por causa de esos malditos papeles! Hace años se entraba o se salía de la Argentina y de Chile como si se entrara o se saliera de su propia casa; hoy son, para todos, como casa ajenas; no había túnel ni ferrocarril y tampoco autoridades que pidieran que les mostraras todo, no; ibas a Mendoza o a la Pampa, trabajabas en la vendimia o en la cosecha y te volvías antes de que llegara el invierno, a fines de marzo, digamos, y nadie te decía nada. Ahora, no: papeles aquí, papeles allá, al calabozo, no tienes tus papeles, sos un atorrante, tomá una pala, ¿por qué?, tenís cara de pillo, chileno ladrón, cuyano maricón, una semana detenido; ahora ándate y no vuelvas más por aquí. Y los hombres se asustan o se engallan: pasan de noche la cumbre y el viento o la nieve los agarran cansados y por ahí se quedan, mostrando los dientes

Mira hacia atrás: todavía se ve la nieve. Es lo que más se ve en Chile; desde la orilla del mar, desde el campo, desde las ciudades, desde los bosques, a veces desde la cama o desde la cárcel.


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