Biografía de Manuel Rojas: NUESTRO MÁXIMO GORKI

Biografía de Manuel Rojas

NUESTRO MÁXIMO GORKI

**LUIS ENRIQUE DELANO**

Seguramente el novelista más importante de los que surgieron directa o indirectamente al calor de los acontecimientos de ese fenómeno romántico y social que en Chile llamamos “el año 20 “(1920) es MANUEL ROJAS. Por mucho tiempo se pensó (y hasta se escribió) que Rojas, por las razones que se verán, era nuestro MAXIMO GORKI, el Máximo Gorki que todas las literaturas deberían tener. Esto es, el escritor viril, sensible, desbordante de solidaridad humana y educado en las universidades de la vida.

Rojas, como Gorki, provenía de un medio pobre, el mismo en Buenos Aires, donde nació, en 1896, y otra vez el de Buenos Aires, cuando la familia regresó en busca de horizontes más propicios, cuatro años más tarde. Allí siguió Manuel los primeros cursos de escuela.

De su padre se sabe poco, quizás murió temprano. De su madre, doña Dorotea Sepúlveda González, natural de Talca, nos han llegado algunas referencias. Era una mujer que no sólo leía novelas sino también esos libros sociales que estaban en boga en las primeras décadas del siglo y que soliviantaban a la gente generosa, anhelante de dar algo de sí misma a los demás. A la casa de doña Dorotea solían llegar anarquistas hambrientos o perseguidos. Gabriela Mistral, que tenía gran estimación por ella, así como por su hijo Manuel, nos la describió una vez como “una viejita preciosa”.

Vivían en la pobreza que vuelve luchador al hombre desde sus primeros años, la pobreza que ayuda a resistir golpes y soportar adversidades, cuando no provoca la sumisión, la aceptación de un injusto status del que no somos culpables sino víctimas. Lo último es lo habitual, lo primero la excepción, el aliento a la rebeldía. Sí recordamos a los campesinos de Nijni Novgorod, que Gorki nos ha descrito con maestra, tenemos que pensar que no menos indiferentes a sus propias miserias serían las gentes de las barriadas de Buenos Aires o de los campos Chilenos que conoció Manuel Rojas en su infancia.

He ahí una afinidad. Otra es el afán andariego que sacudió tanto al ruso como al chileno. El primero, con un zurrón colgando de su hombro, se lanzó a caminar por las llanuras y las costas, por las montañas y las estepas de su inmenso país. Rojas, quizás más que todo por amor al vagabundaje, a no estar sometido a patrones explotadores y normas de conducta prefijadas, emprendió también largos viajes a pie, cruzando nada menos que la temible cordillera de Los Andes, que separa a la tierra donde nació de aquella donde más tarde anidaría y echaría raíces; o recorriendo Chile de uno a otro extremo, desde el norte calvo, cálido y desértico hasta el sur que es pura agua de lluvia, ríos, lagos, al cual se ha llamado “trópico frío”. Hacia los últimos años de su vida, Manuel rojas escribió animadas y bellas páginas sobre sus andanzas a pie por territorio chileno

El otro parentesco entre Gorki y Rojas es consecuencia de lo que se ha dicho, deriva de las enseñanzas que los años de vagar dan al hombre sobre sus semejantes. Y al decir semejantes estamos pensando en seres de los ambientes del trabajo, que ambos escritores conocieron muy bien y que son, para un novelista, el filón más rico, la fuente más pródiga, la cantera ideal donde ir a buscar uno de los materiales principales de una novela. El mundo del trabajo es el que ha inspirado las mejores novelas de todos los tiempos y de todos los países, el que ha proporcionado los grandes conflictos y los tipos humanos que se han llevado al libro.

Entre los quince años y su madurez, Manuel Rojas, que sólo había estudiado para hombre, desempeñó sin embargo una buena docena de oficios tan diversos y encontrados como: pintor de brocha gorda, electricista, cuidador de un circo, acarreador en las faenas de la vendimia; fue también peón en la vía férrea que, atravesando la cordillera, une a Chile con la Argentina; y lo fue en el sitio más difícil de ese difícil trayecto: lo más alto de la montaña, justo en el límite de ambos países. Luego fue cuidador de faluchos y estibador en el puerto de Valparaíso, colaborador y redactor de periódicos anarquistas, apuntador o consueta de compañías teatrales, linotipista de imprenta, periodista, funcionario de la Biblioteca Nacional, regente de la imprenta de la Universidad de Chile, profesor de redacción en la escuela de periodismo y de literatura latinoamericana en Universidades de Estados Unidos. La mayor parte de estos oficios -sobre todos los ejercidos durante la juventud- correspondió al trabajo manual, lo que supone la sociedad con seres que tenían arreglarse difícilmente, a veces a duros golpes, con la vida. Manuel Rojas ha dicho: “Conocí andando por el mundo, muchos hombres que narraban, en un campamento, en una estación de ferrocarril, en una comisaría, sus historias y las ajenas”. Bien esta es una manera de llenarse los bolsillos de tesoros, de ricos a los que echar mano alguna vez. Pero, ¿y lo que él mismo vio, supo, aprendió, experimentó? ¿Todo lo que le dio la vida, los caracteres, los personajes, los hechos, los paisajes, los amores, los dolores a través de sus andanzas y de sus trabajos, tanto si se toma esta palabra en su acepción normal o en el sentido cervantino?

Esa ha sido, sin duda, la fuente más abundante y mejor de las que se nutrió la obra de Manuel Rojas. De cada sitio, de cada hombre, de cada oficio salieron cuentos o partes de novela. De su trabajo de peón en la línea del ferrocarril trasandino viene su justamente famoso cuento de Laguna; de sus tareas en el puerto de Valparaíso surgieron narraciones de tanta ternura humana y piedad por los desventurados como es su cuento El Vaso de Leche , así como también la novela de Lanchas en la Bahía; de sus conocimientos del bajo mundo, el relato El Delincuente, como también parte de la novela Hijo de Ladrón, mientras de las errancias por campos chilenos vienen los relatos que forman Hombres del Sur. En fin, de todas sus experiencias vitales emergió el personaje de tres novelas de Rojas, Aniceto Hevia, delineado con rasgos vigorosos, como un autorretrato salido del pincel de un pintor recio y experimentado.

Campos y ciudades, el sur pródigo, las calles de Chile en épocas de ebullición social, el paso de algunos hombres desde la cárcel a la revolución o viceversa, el abandono y la soledad de seres humanos que si no hablan mucho de ello, sufren lo suyo, son el material de sus libros, que en general, están compuestos con real preocupación técnica e inteligente maestría. Toda la evolución literaria del siglo se refleja en las novelas de Rojas que, sin embargo, nunca son inútilmente complicadas ni buscan una originalidad a base de trucos ni artificios. Su universalidad se funda en un conocimiento verdadero y de primera mano de la vida y en un tratamiento adecuado del alma de los seres humanos.

Manuel Rojas comenzó siendo poeta y sus primeros versos se publicaron en 1917, en una revista muy selecta de Santiago. Siguió siendo poeta siempre, escribiera o no en versos, aunque a partir de 1926, cuando publica Hombres del Sur, se le considera fundamentalmente como prosista. En verdad es la prosa, la narración, lo que labrara su nombradía como escritor, no obstante que en 1927 publica Tonada del Transeúnte, un volumen de versos del cual lo menos que puede decirse es que es original y pleno de sensibilidad.

Después vienen los cuentos de El Delincuente y la novela Lanchas en la Bahía, del origen que se señaló antes. En esta última obra, publicada en 1932, se nota ya una preocupación por técnicas literarias que aún los escritores chilenos no empiezan a usar. Rojas sabe que para vencer el provincianismo y la incomunicación, el escritor debe vivir atento a los rumores del gran caracol del mundo. En Lanchas en la Bahía, por ejemplo, se contiene un monólogo interior desprovisto de puntuación, en el que los pensamientos se muestran del mismo modo que se producen, aglomerados, a saltos, cambiantes o a borbotones. Más adelante, en su novela más famosa Hijo de Ladrón, volveremos a encontrar preocupación por las manifestaciones de la corriente de conciencia cuando, en ciertas evocaciones o vueltas al pasado yuxtapone pasado y presente en el monólogo interior. No se piense por ello que Rojas emplea la novedad por la novedad o va tras un superficial vanguardismo. Sus propósitos son lograr la mayor eficiencia literaria posible y sin duda que lo logra.

Han de pasar algunos años de trabajo, cerca de veinte, después de Lanchas en la Bahía, antes que Manuel Rojas publique, en 1951, Hijo de Ladrón. Hay criterios que sostienen que todo lo anterior fue solo un periodo de incubación de la que se calificaría como su obra maestra. Si no es ella la mejor novela de Rojas, es por lo menos la que despertó el mayor interés, nacional e internacional, por el escritor. (La novela se tradujo a varios idiomas. En Estados Unidos se publicó bajo el titulo inexacto Born Guilty (nacido culpable o culpable de nacimiento), que no tiene la significación del nombre en español.

 

Se trata de una novela con un fuerte contenido autobiográfico, en la que Manuel Rojas vacío una buena parte de lo que el tiempo dejo en su memoria. En sus páginas se reconoce a hombres de una generación cuya mente quedo marcada por dos acontecimientos determinantes: uno de orden general, la primera Guerra Mundial, y otro de orden particular, el año 20 chileno, que se manifiesta por una explosión, brutalmente reprimida, de las ideas anarquistas que hacían presa por aquel tiempo de muchos obreros y no pocos estudiantes. Manuel Rojas había conocido de niño a los anarquistas. En el cuento Laguna, que aunque destinado a hablar de un hombre de ese apellido o quizás apodo, Laguna, es autobiográfico de la temprana adolescencia del autor, escribe: “Me uní a dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje, saliendo de Mendoza una noche de abril”. Más tarde, en Chile, se liga a obreros y estudiantes de tendencias acráticas. Uno de sus buenos amigos y quien lo estimula para que escriba versos es el poeta Domingo Gómez Rojas, que muere loco, ese mismo año 20, después de una prolongada y dura prisión. El propio Rojas, durante esos días, tiene que hurtar el cuerpo a la persecución y cuando los militares, por órdenes del gobierno, asaltan, empastelan y destruyen la imprenta del periódico anarquista Numen, Rojas, que trabaja allí como obrero, se salva de la prisión y quizás de la muerte ocultándose tras unos fardos de papel.

Esas son, pues, las ideas que bullen en la cabeza de Aniceto Hevia, que aunque parece más un ser pasivo que un militante y no carece de cierta dosis de escepticismo, cree en la humanidad. No obstante la corrupción en que ésta ha caído bajo el orden burgués, puede ser salvada. Las ideas de Aniceto Hevia son, naturalmente las de Manuel Rojas, que era un gigantón lento de movimientos y palabras, con espesas cejas negras y manos encallecidas en trabajos rudos.

Hemos conocido, aparte de Manuel Rojas, a unos cuantos chilenos que eran estudiantes anarquistas en los días del año 20 y lo que más nos impresionó de ellos fue su profunda honestidad, su decencia para vivir. Eso nos resultó mucho más interesante que sus ideas sacadas de Bakunin, de Reclus o Stirner, de quien tanto se burló Carlos Marx.

En hijo de Ladrón, la sensación mejor que queda en el ánimo del lector es la de la verdad. Los personajes viven realmente, son auténticos, son seres libres y no títeres manejados por el novelista, y esto no se ve sólo en sus acciones sino en el discurrir de sus pensamientos. Sus acciones son solamente el reflejo de sus pensamientos o sus sentimientos.

La concepción literaria que se desprende de las novelas de Manuel Rojas había sido, por lo demás, expresada por él con bastante anterioridad, cuando escribió:

“El novelista ha abandonado aquel camino de sol, de risas, de carreras, de juego y de guerra, propio de la epopeya, y descendido a otro, silencioso, como tapizado, por donde la vida interior transcurre como la sangre, sin ruidos, y donde la raíz del hombre se baña en oscuros líquidos y en extrañas mixturas. Cada día más los hechos exteriores son abandonados y olvidados en las novelas; no tienen sino una importancia periférica, social; el hombre no vive en los hechos, mejor dicho, los hechos no son lo más importante en él: lo es lo que está antes o después, lo que los ha determinado o lo que de ellos se deriva. El novelista, así como todos los que estudian y describen al ser humano en un sentido psíquico, y así como aquellos que tienen que juzgarlo alguna vez, como los jueces, se ha percatado de que lo importante del hombre es ahora, y lo ha sido siempre, su vida psíquica.”

Por eso los personajes de Rojas, Aniceto Hevia en particular, piensan mucho, meditan, recuerdan, tienen “ideas disolventes”, como escriben los periódicos burgueses, pero no son culpables de ellas. Las han sacado de la vida y de los libros, como ocurre con todas las ideas. Las manejan verbalmente mientras llegan los días en que se puedan poner en práctica. ¿Cuándo? Son libertarios, rebeldes, individualistas, arbitrarios, enemigos de la disciplina y sienten olímpico desprecio por la política y los políticos. Pero prima en ellos, como se advierte en casi toda la obra de Rojas, el sentido de la solidaridad humana. Y quizás sea este sentimiento, expuesto en distintas formas, explícito o subyacente, lo que da a los libros de este autor la universalidad.

El crítico Fernando Alegría ha sabido ver esto y en su obra Literatura Chilena del siglo XX, dice, a nuestro juicio con mucho acierto:

“… este mundo, hecho de una sola imagen básica y sostenido por un sentimiento de fraternidad entre los hombres libres y de amor esencial hacia la humanidad por encima de toda injusticia, constituye el aporte medular de Manuel Rojas a la literatura chilena. Lo que sobra en su creación y que no guarda relación con este mundo -algunos husos, algunas leyendas- es marginal y de significado transitorio. La verdadera obra de Rojas está constituida por una larga narración autobiográfica – algunos detalles de la cual se esbozan en sus colecciones de cuentos, especialmente El delincuente-, cuyo primer volumen es Lanchas en la bahía, en que se describe la temprana adolescencia de Aniceto Hevia; el segundo es Hijo de ladrón, donde florece en su amplia amargura la juventud de Aniceto y se dan a conocer los detalles de su infancia; el tercero es Mejor que el vino, donde el héroe descubre el amor a la mujer-amante, y el cuarto es Sombras contra el muro, reiteración del tema juvenil”.

Diríamos que Mejor que el vino (el título) está tomado de los cantares: “¡Bésame mi amado con los besos de su boca! Porque sus caricias son mejores que el vino”), en que se presenta la vida amorosa de Aniceto Hevia, sin duda con altura, marca la separación del binomio que formamos llevados por nuestra admiración: Gorki-Rojas. Bien, estaban separados desde antes, para ser exactos. Partieron juntos por los caminos, conocieron a los seres más aporreados por la vida y levantaron la bandera de lo que vale más en el hombre: el sentido y el ejercicio de la solidaridad humana. Pero los separó la concepción de cómo arreglar las imperfecciones del mundo: Gorki creyó que es preciso hacerlo a través de la organización y se unió a Lenin y los Bolcheviques; Rojas pensó que la humanidad se arreglaría sin que intervinieran los políticos, los partidos, los gobiernos. Pero, en cierto modo, la vieja amistad era irrompible, porque tenía como denominador común la fraternidad entre los hombres.

En Mejor que el vino, que aunque es una novela que muestra con elevación y a veces desgarradoramente amores y algún amorío entroncado en la picaresca, encontramos a Aniceto mezclado con algunas gentes muy distintas de sus viejos amigos, de los hombres con quienes se encuentra en las primeras páginas de Hijo de ladrón, al abandonar la cárcel.

En 1960 publica Manuel Rojas la novela Punta de rieles, en la que es visible una refinada elaboración técnica. Ya no aparece Aniceto Hevia, que ha terminado su ciclo Sombras contra el muro, donde de nuevo se ven las preocupaciones sociales de los viejos días. En Punta de rieles el amor es también determinante. Se trata de dos historias paralelas, comenzando por la de un obrero que ha matado a su mujer y que se confiesa con un periodista. Este es un aristócrata que ha rodado socialmente a causa del alcohol. No hay un entrelazamiento a lo Faulkner entre ambas historias; mientras una es contada por su protagonista, el carpintero, la otra no sale de los labios sino que transcurre en los recuerdos del hombre que se ha desmoronado y ha perdido su posición, su fortuna y su familia.

Hay en esta novela una cualidad más, aparte de los valores de humanidad siempre presentes en las obras de Rojas: el tratamiento del lenguaje, la síntesis casi perfecta que ha logrado del hablar popular, en la historia que cuenta el carpintero. ¡Qué distinto de las fotografías del habla campesina que en su tiempo nos hacían tragar los criollistas!

A Manuel Rojas no le resultaba fácil la literatura, a causa de su profunda conciencia y su concentrada seriedad de escritor. Tardaba en escribir sus novelas, sus cuentos y hasta sus artículos. Cuando en 1957 se le otorgó, con toda justicia, el Premio Nacional de Literatura, al recibirlo improvisó un breve discurso. Declaró que había pensado escribir una disertación y que no lo hizo porque ello le habría demandado por lo menos un mes.

Distintas tendencias literarias chilenas se lo disputaron, al advertir, desde sus primeros libros la categoría que encerraban. Cuando publicó El hombre de los ojos azules -que según dicen tenía cierta influencia de los bocetos californianos de Bret Harte, el libro que tanto encantó a Baldomero Lillo en su adolescencia- y más tarde los relatos de Hombres del sur, los criollistas sostuvieron ingenuamente que Rojas era uno de los suyos.

Cuando apareció, como folletín en un periódico de Santiago, su novela fantástica La ciudad de los Césares, que fue en realidad una de las primeras que escribió, inspirada en una leyenda que viene de los días de la conquista española, los imaginistas aseguraron públicamente que era uno más de ese grupo que se daba de trompadas con la realidad inmediata.

El tiempo demostró que no era ni lo uno ni lo otro. Porque la obra verdaderamente transcendentes de Rojas, la que le valió nombradía internacional, se inicia solamente en la década de del 50 con Hijo de ladrón. Y ni esta novela ni las que siguieron son criollistas ni imaginistas, como se ha señalado, sino de una tendencia que se basa en el hombre más allá de sus acciones y sus palabras.

Entre los escritores más jóvenes, los que formaron la llamada generación del 38, que llegaron a la literatura en otro momento de gran efervescencia social en el mundo, en plena Guerra Civil Española, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial y cuando en Chile el Frente Popular conquistaba el gobierno, Rojas apareció como un maestro. Estos jóvenes que tenían el propósito de elevar al hombre por encima de todo, de estudiarlo y exponerlo en su integridad, individualmente como dentro del contexto social -digamos Reinaldo Lomboy, Oscar Castro, Fernando Alegría, Nicomedes Guzmán, Gonzalo Drago, Volodia Teitelboim, Andrés Sabella, Mario Bahamonde, entre otros- consideraron a Rojas como un maestro, por sus claras ideas sobre la literatura y por las obras que las reflejaban. “Ideas son éstas” -dice Fernando Alegría en Literatura Chilena del siglo XX- ” que debieron hacer época en la literatura chilena. No fueron reconocidas de inmediato; al menos no lo fueron directamente. Sin embargo, mi generación, que sale a la palestra en el año 1938, llevará en los oídos la voz de Manuel Rojas, es descontento: la voz del noblemente ambicioso, del preocupado escritor que, sin alardes, demanda sabiduría, hondura y universalidad en la creación literaria”.

Manuel Rojas murió en 1973. Conoció el mundo viajando a pie, cuando podía hacerlo, y en avión más tarde. Visitó países socialistas y capitalistas y pudo comparar sus viejas ideas con la realidad y sopesar la forma en que unos y otros trataban a quien fue su preocupación fundamental en la vida y en la literatura: el hombre.

***ARTÍCULO SACADO DE LOS CUADERNOS DE LA FUNDACIÓN NERUDA -MANUEL ROJAS 1896-1996- (AÑO VII-NÚMERO 24-SANTIAGO CHILE-1996)***

 

 


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