Cuando la izquierda es el problema

Venezuela, el Estado y el poder
Cuando la izquierda es el problema
Brecha
Estamos ante una lucha entre una burguesía conservadora venezolana que fue apartada del control del aparato estatal y una burguesía emergente que utiliza el Estado como palanca de acumulación.Lo que está sucediendo en Venezuela no tiene la menor relación con una “revolución” o con el “socialismo”, ni con la “defensa de la democracia”, ni siquiera con la manida “reducción de la pobreza”, por desgranar los argumentos que se manejan a diestra y siniestra. Podría mentarse “petróleo”, y estaríamos más cerca. Pero los hechos indican otras inflexiones.

Estamos ante una lucha sin cuartel entre una burguesía conservadora que fue apartada del control del aparato estatal, aunque mantiene lazos con el Estado actual, y una burguesía emergente que utiliza el Estado como palanca de “acumulación originaria”.

No es la primera vez que esto sucede en nuestras breves historias. Las guerras de independencia fueron eso: la lucha entre los decadentes “godos” (peninsulares monárquicos) y la emergente oligarquía “criolla” que utilizó el control del aparato estatal para legalizar la usurpación de tierras de los pueblos originarios. Los segundos se apoyaban en las potencias coloniales británica y francesa que competían con la decadente España por el control de las colonias independizadas, con la misma lógica de los progresismos que se apoyan en China, incluyendo conservadores como Macri, frente a la imparable decadencia estadounidense.

La débil burguesía criolla se montó en la movilización de los pueblos (indios, negros y sectores populares) para derrotar a los poderosos peninsulares. Concedió la emancipación de los esclavos con los mismos objetivos que hoy la nueva burguesía aplica políticas sociales que reducen la pobreza: en ambos casos los de abajo siguen estando en el sótano como mano de obra barata, sin haberse movido un ápice del lugar estructural que ocupan.

Nuevas élites

Las nuevas elites venezolanas, lo que popularmente se denomina “boliburguesía”, son una mixtura de altos funcionarios de empresas públicas y del aparato estatal, militares de alta graduación y algunos empresarios enriquecidos a la sombra de las instituciones. Gestores incrustados en el aparato estatal. Por eso se resisten a perder poder, ya que todo el entramado se les vendría abajo.

Algunos ya consiguieron trans­formar la renta apropiada en propiedad privada. Pero una buena parte está aún en ese proceso. Por eso el sociólogo brasileño Ruy Braga denomina a los gestores sindicales de los fondos de pensiones de su país, la nueva clase emergente, como parte de una “hegemonía frágil”.

Roland Denis sostiene que en su país gobiernan las mafias: “Maduro podrá tener la mejor voluntad pero se ha impuesto un lobby muy fuerte de mafias internas del gobierno” (La Razón, 27-XII-17). El filósofo y ex viceministro de Planificación y Desarrollo (2002-2003) asegura que varias de estas mafias son banqueras y otras vienen de viejos grupos de “chupa-renta petrolera” instalados desde hace muchos años.

Le pega duro a los “intelectuales” que encubren las matufias del poder. “Con un lenguaje de izquierda justifican una política que sólo ha favorecido a banqueros, grandes importadores, cadenas monopólicas y trasnacionales. A su vez, es una política que mediante la imposición de precios y corporaciones ha destruido al pequeño productor de azúcar y café para beneficiar a los importadores. Mientras tanto, los paquetes de Café Venezuela que vienen en las bolsas de los comités locales de abastecimiento y producción (Clap) sólo sirven para confundir a incautos.”

La otra mirada, la chavista-madurista que culpa de todo a otros, es la que esboza Marta Harnecker: “El tiempo histórico está a nuestro favor. Lo que nos ayuda en esta lucha contra las fuerzas conservadoras es que el tipo de sociedad que proponemos, y que estamos empezando a construir, responde objetivamente al interés de la inmensa mayoría de la población, en contraste con las fuerzas conservadoras que sólo benefician a las elites” (Rebelión, 4-IV-17).

Misma urdimbre

A la luz de lo sucedido en la región en las dos últimas décadas podemos arribar a una redefinición del concepto de izquierda: es la fuerza política que lucha por el poder, apoyándose en los sectores populares, para incrustar sus cuadros en las instituciones que, con los años y el control de los mecanismos de decisión, se convierten en una nueva elite que puede desplazar a las anteriores, negociar con ellas o fusionarse. O combinaciones de las tres.

La izquierda es parte del problema, ya no la solución. Porque, en rigor, aunque ahora empiecen los deslindes, los progresismos son hechuras de la misma urdimbre. Miremos al PT de Lula. Niegan la corrupción que es evidente desde hace una década, cuando Frei Betto escribió La mosca azul luego de renunciar a su cargo en el primer gobierno Lula, cuando se destapó el escándalo del mensalao: “La picada de la mosca azul inocula en las personas dosis concentradas de ambición por el poder. Las personas, entonces, son más receptoras al veneno de la mosca cuando viven situaciones en las cuales disponen, de hecho, de posibilidades más concretas de ejercer un poder mayor. Esto es, cuando las condiciones objetivas son favorables a los impulsos que están siendo estimulados en el plano subjetivo”.

¿Qué tipo de personas (militantes, activistas, dirigentes) surgirían en un proyecto político que no se proponga tomar el poder? Esta pregunta se la formularon, palabras más o menos, los zapatistas hace ya cierto tiempo. ¿Cómo le llamaríamos a una fuerza que se proponga, “apenas”, transformar la sociedad desde la vida cotidiana?

No lo sabemos porque el imaginario construido durante dos siglos apunta en dirección al poder estatal. Como si lo que hubiera que transformar fuera algo externo y no pasara, en primerísimo lugar, por las mismas personas que se dicen militantes. Lo que sí sabemos es que la izquierda realmente existente se ha convertido en un obstáculo para que las mayorías se hagan cargo de sus vidas. La polarización derecha-izquierda es falsa, no explica casi nada de lo que viene sucediendo en el mundo. Pero lo peor es que la izquierda se ha vuelto simétrica de la derecha en un punto clave: la obsesión por el poder.

http://brecha.com.uy/cuando-la-izquierda-problema/

Las guerras de teflón

Las guerras de teflón
Desmovilizar a Estados Unidos
TomDispatch
Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

Una nación hecha por la guerra y una ciudadanía deshecha por ella

Últimamente, en días sucesivos, vi dos exposiciones en museos que mostraban algo del perdido mundo estadounidense y parecían inquietantemente relevantes en la Era Trump. La primera, ‘Hippie Modernism’ (Modernismo hippie), una exploración en la contracultura de los sesenta y setenta del pasado siglo (con pósters densos y psicodélicos), era bastante poco adecuada para el Museo de Arte de Berkeley. Me sorprendió que la exposición incluyera algunos artilugios provenientes de un movimiento crucial –para mi visión no demasiado contracultural– de aquellos años: las enormes manifestaciones contra la guerra que tomaron la calle a mediados de los sesenta, sacudieron al país y nunca acabaron de marcharse hasta que, en 1973, las últimas unidades de combate de Estados Unidos fueron finalmente retiradas de Vietnam. En la muestra había un póster con la bandera de Estados Unidos invertida; sus barras estaban representadas por unos fusiles rojos y sus estrellas eran aviones de combate de color azul; había otro en el que se veía un soldado estadounidense con el fusil colgando del hombro de manera poco formal. La leyenda en el póster aún tiene relevancia en una época en que nuestras eternas guerras continúan regresando a la patria: “La violencia en el extranjero engendra la violencia en casa”. Amen, hermano.

Al día siguiente, fui a un pequeño museo y centro de informaciones en memoria de ‘Rosita, la remachadora’, en un parque nacional en Richmond (California), sobre la bahía de San Francisco. En ese lugar, durante la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores de la enorme planta Ford montaban tanques, mientras el cercano astillero del complejo Henry Kaiser botaba en promedio un barco –de la clase Liberty o Victory– cada día. Casi tres cuartos de siglo después, esto sigue siendo algo alucinante. En la vista al centro de información me enteré de que en aquellos años, en las gradas de esos astilleros se batió el récord de construir un barco de carga, de la proa a la popa, en apenas menos de cinco días.

¿Qué fue lo que hizo posible que se estableciera ese récord y esa productividad en un Estados Unidos en guerra? Todo eso sucedió, principalmente porque de pronto se le abrieron de par en par las puertas a la población activa de Estados Unidos, no solo a Rosita, la famosa remachadora, y a tantas otras mujeres que hasta entonces sus oportunidades habían estado limitadas en gran parte a las tareas de mujeres, como marcaban los estereotipos, sino también a los afroamericanos, los estadounidenses de ascendencia china, los más mayores, los minusválidos; prácticamente a todos (excepto a los estadounidenses de origen japonés, que fueron internados en campos de concentración) que anteriormente habían estado excluidos o menospreciados, un sector social de un país con el que ya no volvería a codearse durante décadas.

Del mismo modo, el vasto movimiento contra la guerra de los sesenta y setenta del siglo pasado contenía una inesperada muestra representativa de Estados Unidos, en la que aparecían los estudiantes de clase media y los veteranos de la clase trabajadora llegados directamente de los campos de batalla del Sudeste de Asia. Tanto la fuerza de trabajo de los años de la Segunda Guerra Mundial como los movimientos de protesta de sus hijos eran –cada cual con su estilo– maravillas ciudadanas de ese momento estadounidense. Eran materiales extraños en un país en el que todavía se creía que su gente estaba llamada a desempeñar un papel decisivo y en el que el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo todavía no sonaba como una carcajada trasnochada. Después de haber visto en las exposiciones vislumbres de dos impulsos de compromiso cívico, de repente me di cuenta de que mi familia (como tantas otras familias estadounidenses) había sido profundamente afectada por cada uno de esos momentos movilizadores; uno en apoyo de una guerra y el otro para oponerse a ella.

Inmediatamente después del ataque japonés a Pearl Harbour, mi padre se alistó en el ejército del aire de Estados Unidos. Sería oficial de operaciones en la primera unidad de comandos aéreos en Birmania. Mi madre se unió a la movilización interior convirtiéndose en la presidenta de la Comisión de Artistas del Departamento de Teatro de EEUU, que entre otras cosas, planificaba espectáculos para los hombres y las mujeres en armas. En todos los aspectos, la de mis padres fue una guerra de movilización de los ciudadanos, desde aquellos que martilleaban remaches, como hacía Rosita, hasta las “huertas para la Victoria” en el patio trasero de la casa (llego a haber más de 20 millones de estas huertas) que surgieron en todo EEUU y tuvieron un papel importante en la alimentación de la población en un momento de conflicto mundial. Y después estuvieron las emisiones de bonos de guerra para una de las cuales mi madre –descrita en un anuncio como la “muy conocida caricaturista de las estrellas del teatro y el cine”– aceptó dibujar “una caricatura de quien comprara un bono de 500 o más dólares”.

La Segunda Guerra Mundial fue claramente una guerra de los ciudadanos. Yo nací en 1944, justo cuando se estaba alcanzando el punto culminante del enfrentamiento. Dos décadas más tarde, mi versión de semejante movilización me tomó por sorpresa. En mi juventud, yo soñé con servir a mi país como funcionario de departamento de Estado y representarlo en el extranjero. En un país que todavía tenía un ejército de ciudadanos y un servicio militar obligatorio, nunca se me pasó por la mente que en algún momento yo podía cumplir mi deber formando parte de las fuerzas armadas. En esos años, no preví que mi “deber” pudiera llegar a ser implicarme en una movilización contra la guerra. Pero que un ciudadano estadounidense debiera preocuparse de las guerras combatidas por su país y por qué lo hace estaba en nuestro inconsciente. Esto quería decir que esas guerras eran nuestra responsabilidad.

Si mi país peleaba alguna guerra infernal en una tierra lejana, matando a miles y miles de campesinos, parecía completamente normal –de hecho, un deber– reaccionar ante ello como lo hicieron tantos estadounidenses en las fuerzas armadas –incluso llevando símbolos de la paz en plana batalla o creando publicaciones antibélicas en su propia base militar, y sobre todo uniéndose a la oposición cuando todavía estaban en ese ejército de ciudadanos. El horror de aquella guerra también me movilizó a mí, que no formaba parte de las fuerzas armadas. Aun así, todavía recuerdo que cuando marchaba en Washington junto con otros cientos de miles de manifestantes, nunca se me ocurrió –ni siquiera cuando Richard Nixon estaba en la Casa Blanca– que un presidente de Estados Unidos no escuchara la voz de la ciudadanía movilizada.

Hay algo más. Cada uno de esos momentos movilizadores, con sus peculiaridades, demostraron ser un inconfundible relato de un triunfo estadounidense: La victoria en la Segunda Guerra Mundial, que había dejado literalmente en ruinas a las tres formas de fascismo –la alemana, la italiana y la japonesa– al mismo tiempo que había convertido a Estados Unidos en una superpotencia mundial; y la derrota de Vietnam, que puso en cuestión la capacidad destructiva de esa superpotencia, gracias en parte a la acción combinada de los ciudadanos del ejército en rebeldía y de un ejército de ciudadanos.

Los objetos de teflón* de nuestro mundo estadounidense

En todos los sentidos, desde entonces, la victoria ha desaparecido –perdida en acción–; esto, durante décadas (con apenas un breve momento de respiro) implica la idea misma de que los estadounidenses tienen algún tipo de deber cuando se trata de las guerras en las que su país elige presentar batalla. En nuestra época, la guerra, al igual que el presupuesto del Pentágono y el poder cada día mayor del estado de la seguridad nacional, ha sido vacunada contra el virus de la participación ciudadana, por lo tanto contra cualquier forma significativa de crítica o resistencia. Es un proceso que vale la pena considerar ya que nos recuerda que en Estados Unidos estamos verdaderamente en una nueva era, ya sea la de los plutócratas, administrada por los plutócratas y para los plutócratas o la de los generales, administrada por los generales y para los generales –aunque, claramente, no la del pueblo, administrada por el pueblo y para el pueblo–.

Después de todo, durante más de 15 años, las fuerzas armadas de Estados Unidos han estado combatiendo guerras fracasadas o a punto de estarlo –enfrentamientos que solo parecen propagar el fenómeno (el terrorismo) que supuestamente deben erradicar– en Afganistán, en Iraq, más recientemente en Siria, intermitentemente en Yemen y otros sitios en todo el Gran Oriente Medio y regiones de África. En las últimas semanas, la población civil de esas tierras distantes ha visto cómo mueren cada vez más personas (sin que eso mereciera –como sucede periódicamente desde hace unos años– demasiada atención aquí, en casa). Mientras tanto, los generales de Trump han estado intensificando calladamente esas guerras. Cientos, posiblemente miles, de soldados estadounidenses adicionales y unidades de operaciones especiales están siendo enviados a Siria, Iraq y la vecina Kuwait (sobre estos movimientos de tropas, el Pentágono ya no proporciona cifras, ni siquiera aproximadas); los ataques aéreos estadounidenses se han incrementado en toda la región; el comando de EEUU en Afganistán pide refuerzos; los ataques de EEUU con drones han establecido un nuevo récord de intensidad en Yemen; Somalia puede ser el próximo objetivo de misiones e intensificación; y todo parece indicar que Irán ya está en la mira de Washington. En este contexto, vale la pena señalar que aun con la significativa presencia en la calle de grupos de manifestantes contrarios a Trump, ninguno de ellos encara la cuestión de las guerras de Estados Unidos.

Gran parte de lo que está sucediendo era razonablemente previsible desde que Donald Trump –un hombre al que le preocupan poco los detalles de los temas que plantea, desde el cuidado de la salud a las campañas de bombardeo– nombrara a generales que ya se habían implicado profundamente en las desastrosas guerras de Estados Unidos, ya fuera en su planificación y su supervisión como en la formulación de la política exterior en general (a estas alturas, el departamento de Estado de Rex Tillerson ha sido relegado a algo cercano a la insignificancia). En respuesta, muchos en los medios y otros sitios empiezan a tratar a esos generales como si fuesen los únicos ‘adultos’ en el espacio Trump. De ser así, decididamente se engañan. ¿Por qué, entonces, estarían intensificando sus guerras de un modo tan conocido para quienes hayan estado prestando atención durante los últimos 15 años, esto es, recurriendo una vez más a lo que no ha funcionado en todos esos años? ¿Quién no siente cierto escalofrío cuando la palabra “oleada” comienza a asociarse otra vez con la posibilidad de mandar a Afganistán a algunos miles más de soldados estadounidenses? Después de todo, con 15 años de penosas lecciones, ya sabemos cómo acaba esta historia. La pregunta es: ¿por qué no lo saben los generales?

Y aquí surge otra pregunta que debería uno hacerse (y no la hace) en el siglo XXI de Estados Unidos. ¿Por qué un esfuerzo bélico que ya ha costado billones de dólares al contribuyente de este país no supone la menor movilización del pueblo de EEUU? ¿Nada de impuesto de guerra, bonos de guerra, apoyo a la guerra, huertas para la victoria, algún tipo de sacrificio o, en esta cuestión, una crítica seria, manifestaciones o resistencia? Tal como de verdad ha sido desde Vietnam, tanto la guerra como la seguridad nacional de Estados Unidos son cuestiones que deben dejarse a los profesionales, aunque hayan demostrado un evidente amateurismo.

Y aún hay otra pregunta: con un movimiento de oposición preparándose para los temas nacionales, ¿continuarán nuestras guerras, las fuerzas armadas y el sistema de la seguridad nacional siendo los objetos de teflón de nuestro mundo estadounidense? ¿Por qué, con la única excepción del presidente Trump (y en su caso, solo cuando se mencionan las agencias de seguridad que han tratado con él), nadie –salvo pequeños grupos de veteranos contra la guerra y un número minúsculo de activistas tan resueltos como los anteriores– cuestiona el estado de seguridad nacional, aunque sus actividades puedan crear un vasto abanico de estados fallidos y un infierno de movimientos terroristas y poblaciones sin contención?

La era de la desmovilización

En el caso de las guerras estadounidenses, hay una historia que explica cómo acabamos en esta situación. No existen dudas de que comenzó en los últimos años de la guerra de Vietnam, cuando el alto comando de EEUU –resistido por unas fuerzas armadas en estado de virtual sublevación– decidió que debía acabarse con el servicio militar obligatorio. Lo que se necesitaba, creyeron los altos jefes, era un ejército de “voluntarios” (que, para ellos, significaba unas fuerzas armadas en las que no hubiera cuestionamiento alguno).

En 1973, el presidente Nixon accedió y puso fin al servicio militar obligatorio, el primer paso hacia la recuperación del control de un ejército de ciudadanos rebeldes y una población díscola. En las décadas siguientes, las fuerzas armadas serían transformadas en algo cercano a una legión extranjera de Estados Unidos –aunque muy pocas personas usarían estas palabras–. Además, en los años que siguieron al 11-S, ese ejército de voluntarios empezó a albergar en su seno a una segunda fuerza armada, mucho más secreta, de 70.000 militares: el Comando de Operaciones Especiales. Miembros de este cuerpo de elite –al que podría considerarse el ejército privado del presidente– son habitualmente enviados a destinos en cualquier lugar del mundo para adiestrar legiones extranjeras y cometer acciones que, en el mejor de los casos, son a medias conocidas por el pueblo estadounidense.

En esos años, buena parte de los estadounidenses ha sido convencida de que el secretismo es un aspecto fundamental de la seguridad nacional; que lo que sepamos acabará haciéndonos daño; y que la ignorancia del funcionamiento de nuestro propio Estado –sumido hoy en la penumbra del secretismo– nos protege del “terror”. En otras palabras: el conocimiento es peligroso y la ignorancia, seguridad. Sin embargo, tan orwalliano como puede sonar, esto se ha convertido en lo normal en el Estados Unidos del siglo XXI.

Que el gobierno deba tener el poder de vigilarnos en estos momentos es apenas un dato de la realidad; que nosotros debamos tener el poder de vigilar (o simplemente controlar) a nuestro propio gobierno es un lujo de otros tiempos. Esto ha demostrado ser una fórmula eficaz para arribar a la desmovilización que define a esta época, aunque encaje bastante mal con cualquier descripción normal del funcionamiento de una democracia o con la hoy excesivamente anticuada creencia de que una sociedad informada (en contraposición a una sociedad no informada, o incluso desinformada) es decisiva para el funcionamiento de tal gobierno.

Por otra parte, mientras los más altos funcionarios de la administración Bush lanzaban su Guerra Global Contra el Terror después del 11-S, seguían obsesionados por los recuerdos de la movilización por Vietnam. Ansiaban unas guerras en las que no hubiera periodistas curiosos, ni horribles recuentos de bajas, ni bolsas con cadáveres volviendo a casa que provocarían manifestaciones ciudadanas. En su mente, para el público estadounidense solo habría dos papeles disponibles. El primero respondía a la memorable exhortación del presidente George W. Bush: “Ir a Disney World, en Florida, con vuestra familia y disfrutar de la vida del modo que nosotros queremos que se disfrute” –en otras palabras, ir a comprar al centro comercial–. El segundo, era agradecer eternamente y elogiar a los “guerreros” estadounidenses por sus hazañas y sacrificio. Para mejor o para peor (invariablemente, acabaría siendo para peor), sus guerras debían ser sin pueblo y libradas en tierras remotas, de modo que no alteraran la vida de Estados Unidos, otra fantasía de nuestra época.

La cobertura mediática de estas guerras debía ser cuidadosamente controlada: periodistas “incrustados” en las unidades militares; las bajas (estadounidenses) mantenidas en el menor número posible; y las propias acciones militares realizadas en secreto, “inteligentes” y cada vez más robóticas (de ahí, los drones) con la muerte centrada exclusivamente en el enemigo. En resumen, la guerra “a la americana” debía transformarse en algo inimaginablemente aséptico y distante (es decir, si uno vive a miles de kilómetros de ella y puede comprar a lo loco). Además, el recuerdo de los ataques del 11-S ayudó a hacer potable cualquier cosa que Estados Unidos hiciera a partir de entonces.

En esos años, la consecuencia en casa sería una época de desmovilización. La única excepción –tal vez sea la que algún día intrigue a los historiadores– serían los pocos meses anteriores a la invasión de Iraq por parte de la administración Bush, cuando cientos de miles de estadounidenses (millones, en el mundo) de repente salieron a la calle para manifestarse una y otra vez. Sin embargo, eso acabó con la invasión misma y frente a un gobierno resuelto a no escuchar.

Aún está por verse si acaso en el Estados Unidos de Trump, con esa sensación de pérdida de vigor de la desmovilización, la política guerrera estadounidense y la de privilegiar a las fuerzas armadas volvieran a convertirse en el blanco de la movilización popular. ¿O acaso Donald Trump y sus generales de teflón tendrán las manos libres para hacer lo que se les antoje en el extranjero, pase lo que pase en casa?

En muchos sentidos, desde su fundación Estados Unidos ha sido una nación hecha por las guerras. En este siglo, la pregunta es: ¿podrían su ciudadanía y su forma de gobierno ser deshechas por ellas?

Nota:

* Todos conocemos el teflón, ese recubrimiento plástico en sartenes y otros utensilios de cocina que evita que se peguen las comidas. Ronald Reagan, que supo ser presidente de Estados Unidos, fue llamado “el presidente de teflón” porque nada de lo que hizo le afectó nunca. (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176262/tomgram%3A_engelhardt%2C_the_teflon_wars/#more

Los desafíos del feminismo

Feminismo & patriarcado y capitalismo
Los desafíos del feminismo

 

 

El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein nos plantea una necesaria reflexión sobre la orientación práctica actual del movimiento feminista si su fin quiere ser una verdadera transformación social del sistema social que oprime. Es el gran reto que tiene en la actualidad.

 

Las personas feministas y los movimientos por los derechos de las mujeres obtienen su fuerza y ​​sus argumentos ideológicos de una simple reflexión. En todo el mundo y durante un tiempo histórico muy largo, las mujeres han sido oprimidas de múltiples maneras. Existe ahora una formidable literatura con argumentos irrefutables que explica la opresión a las mujeres y debemos hacer al respecto. Aquí, simplemente, me gustaría explorar cuáles son algunas de las principales cuestiones tácticas que no hemos resuelto, ni el movimiento feminismo (y el feminismo como ideología) ni todos aquellos que luchan contra la crisis estructural del sistema mundo capitalista moderno.

Como todos estamos sumergidos en un torbellino de situaciones constantemente cambiantes (que habitualmente llamamos “caos”) tenemos dos horizontes temporales diferentes sobre los cuales debemos tomar decisiones para construir alianzas. Desde hace poco (unos tres años), es imperativo que defendamos los intentos que empeoran nuestra situación inmediata.

Por ejemplo, hay constantes ataques al derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo o se pretende impedir el acceso de las mujeres a ocupaciones que antes le daban trabajo . Luchar contra estos ataques a conquistas adquiridas no terminará con el patriarcado ni terminará con las desigualdades. Sin embargo es muy importante hacer todo lo posible para minimizar los dolores que produce este rebrote sexista. En esta lucha cualquier alianza que constituyamos será un progreso que no podemos despreciar.

Sin embargo, estas alianzas de “corto plazo”, probablemente no permitirán ganar en la necesaria lucha para sustituir el sistema capitalista por uno relativamente más democrático y relativamente más igualitario. Y aquí debemos ser muy cuidadosos con las alianzas que estamos construyendo, basadas hoy en objetivos comunes. Para ello necesitamos analizar a fondo cuáles deben ser nuestros objetivos y qué podemos hacer ahora, para avanzar en una dirección que incline la balanza a favor de todos aquellos que desean reemplazar el capitalismo, incluyendo por supuesto, a todas las mujeres.

Las feministas y los grupos proderechos de la mujer se han fragmentado ante una serie de preguntas muy importantes: ¿Cuál debe ser la relación de los movimientos feministas con los movimientos fundados ​​en la raza, la clase, la sexualidad y/o las “minorías”? ¿Cuál debería ser el papel de los hombres (si existe uno) para conquistar la igualdad de género completa? ¿Cómo podemos terminar con la histórica subordinación de las mujeres en todas las principales tradiciones religiosas de todo el mundo? Como respondamos a estas preguntas dependerá en gran medida de nuestros principios; si tenemos una teoría del conocimiento (epistemología) guiada por concepciones universales o sí nuestra ideología esta basada en el “particularismo”.

El mero hecho de apoyar los derechos de la diversidad y sus propios particularismos no da una respuesta integral. El producto final de la escuela histórica denominada “particularismo” sólo puede ser llevarnos a una desintegración total de la vida social. Tenemos que combinar de manera inteligente los valores del “particularismo” con un movimiento global que políticamente es de izquierda. Si no lo hacemos, caeremos presos del secuestro de nuestras fuerzas por aquellos que, según Lampedusa, “hablan de cambiar todo para que nada cambie”. Tenemos algunos años para perfeccionar una práctica que resuelva este dilema.

Este es el gran reto para todos nosotros, también para el feminismo. La opresión de las mujeres es probablemente la realidad social más prolongada conocida. Por lo tanto, proporciona una base sólida para la sabiduría política, la reflexión inteligente y el compromiso moral.

(Traducción, Emilio Pizocaro)


Fuente: http://socialismo21.net/los-desafios-del-feminismo/

EEUU ataca por primera vez y con misiles Tomahawk una base militar del Gobierno sirio

EEUU ataca por primera vez y con misiles Tomahawk una base militar del Gobierno sirio
Naiz
El Ejército de EEUU ha atacado con misiles Tomahawk contra una base militar ubicada en la provincia siria de Homs, en respuesta al ataque químico que la comunidad internacional ha achacado al Gobierno de Bashar al Assad. Es la primera vez que la Casa Blanca ordena una acción militar contra las fuerzas gubernamentales en Siria.
El Ejército de EEUU ha llevado a cabo un ataque con misiles de crucero contra una base militar ubicada en la provincia siria de Homs, según ha confirmado el presidente estadounidense Donald Trump. El ataque ya ha recibido el apoyo de Arabia Saudí o Israel. «Una de nuestras bases aéreas en la región central ha sido objetivo de un ataque con misiles por parte de Estados Unidos, causando bajas», han indicado fuentes sirias a Reuters.

Fuentes militares citadas por la cadena han detallado que en total han sido lanzados al menos 50 misiles Tomahawk desde buques de guerra situados en el mar Mediterráneo contra la base de Ash Shairat. Estas fuentes han indicado que el objetivo eran los aviones que se encontraban estacionados en la base, así como su pista de despegue.

El ataque parece ser la respuesta de EEUU al ataque químico del martes, que la comunidad internacional ha achacado al Gobierno de Bashar al Assad y que se saldó con cerca de un centenar de muertos.

Es la primera vez que la Casa Blanca ordena una acción militar contra las fuerzas gubernamentales en Siria.

Trump confesó el miércoles que este ataque químico había «cambiado» su actitud hacia el conflicto armado en la nación árabe, así como en relación al presidente sirio. El líder norteamericano deslizó la posible adopción de medidas, aunque evitó entrar en detalles: «Ya lo veréis».

Sin embargo, el ministro de Exteriores sirio, Walid al Moalem, insistió ayer en que el Gobierno sirio no llevó a cabo el supuesto ataque químico en Jan Sheijun, y denunció que los grupos terroristas presentes en el país han estado almacenando este tipo de armamento en zonas urbanas.

En una rueda de prensa en Damasco, Al Moalem explicó que el primer bombardeo aéreo que realizó el martes la aviación siria en Jan Sheijun fue sobre un depósito de armas del Frente Fatá al Sham, el antiguo Frente al Nusra, en el que había armas químicas.

Fuente: http://www.naiz.eus/es/actualidad/noticia/20170407/eeuu-ataca-con-misiles-de-crucero-una-base-militar-ubicada-en-el-oeste-de-siria

Asesinan periodistas para disciplinar medios

Asesinan periodistas para disciplinar medios
No son, no  pueden ser, efectos colaterales e indeseados de la guerra contra el narcotráfico. Los periodistas críticos son uno de los objetivos. No el único, porque el blanco principal siguen siendo los de abajo organizados. El asesinato es el modo que tienen los de arriba, esa compleja alianza narco-empresarial-estatal, para desorganizar movimientos y para neutralizar a los periodistas críticos y a los medios (pocos) que los publican. Me resisto a verlo de otro modo, por la propia historia de los medios.

Hasta hace algunas décadas, hasta los años 70 u 80 (fechas algo arbitrarias), quienes ponían orden en las redacciones eran los jefes de sección: política, sociedad, cultura, y así. El consejo de redacción era una suerte de comité central en los diarios y revistas semanales, que eran los medios más difundidos, seguidos y apreciados por quienes deseaban informarse con un mínimo de calidad en cuanto a los análisis y el estilo.

El jefe de cada sección acostumbraba reunirse con el grupo de periodistas que le tocaba dirigir, les proponía temas y escuchaba alguna observación, menor porque el poder funcionaba de arriba abajo. Un viejo periodista tupamaro, que oficiaba luego de la dictadura uruguaya como editor del quincenario Mate Amargo, solía decir –medio en broma medio en serio– que el buen periodista se limitaba a preguntar cuántas líneas debía escribir (hasta entonces no se mentaban caracteres) y, sobre todo, si la nota debía ser a favor o en contra.

Con los años, la crisis de las jerarquías y, sobre todo, del patriarcado, las relaciones en los medios (por lo menos en la prensa que es lo que conozco), sufrieron un fuerte cimbronazo. A propósito, el consejo de redacción de Brecha está hoy integrado sólo por mujeres, la directora y las cuatro jefas de cada sección, son mujeres. Y jóvenes.

Más que cambio, un verdadero tsunami que habría dejado perplejos a los periodistas con los que nos formamos, muchos de ellos provenientes de la mítica Marcha, donde escribieron entre otros Carlos María Gutiérrez (autor de la primera entrevista a Fidel en Sierra Maestra y fundador de Prensa Latina junto a Rodolfo Walsh) y Gregorio Selser, quien también colaboró en La Jornada.

Hoy las redacciones son bien distintas. Los y las periodistas suelen tomar la iniciativa, proponen temas y definen las formas de abordarlos, encaran investigaciones sin esperar el visto bueno de sus jefes. Se comportan cada vez con mayor autonomía y, aunque pueden ser una minoría, saben lo que quieren y el modo de conseguirlo. Aunque no la conocí personalmente, Miroslava Breach debe haber pertenecido a esta estirpe y abrevado en el mismo pozo.

Lo que pretendo decir es esto: se asesina periodistas en vez de atentar contra medios, como se hacía antes; y ahí están las decenas de periódicos cerrados por las dictaduras o el atentado contra El Espectador en Bogotá por el grupo de Pablo Escobar, en 1989, con más de 70 heridos. Los periodistas críticos –reporteros, fotógrafos, etcétera– son un objetivo en sí mismos, como lo son los dirigentes de movimientos antisistémicos.

En los 20 años que duró la guerra de Vietnam (1955-1975) fueron muertos 79 periodistas (goo.gl/FO3meD), habiendo sido el conflicto armado con mayor cobertura de prensa en la historia y uno de los más letales, con una cifra de muertos que, según las fuentes, superó los 4 millones. La cifra contrasta vivamente con los más de 120 periodistas asesinados en México desde 2000, en una situación completamente diferente a la del sudeste asiático.

El aumento de los crímenes contra periodistas forma parte del control a cielo abierto que realiza el sistema, para lo cual se vale tanto de los aparatos armados del Estado como del narco. El modo de operar ha cambiado de forma radical en el pasado medio siglo.

A partir de Vietnam, donde el periodismo jugó un papel relevante a la hora de informar a la población, comenzaron a cerrarse puertas. Imágenes como la de la niña desnuda huyendo de un bombardeo con napalm o la cinta de un oficial ejecutando de un tiro en la cabeza a un guerrillero desarmado, contribuyeron de modo decisivo para volcar a la opinión pública –en particular a la estadunidense– contra la guerra.

En muchos sentidos el fracaso de Vietnam fue un parteaguas. Ahí nacieron las políticas sociales de la mano de Robert McNamara, quien se había desempeñado como secretario de Defensa durante Vietnam y luego como presidente del Banco Mundial, quien comprendió que las guerras no se ganan con armas. Esas política, devastadoras de la autonomía y autoestima de los de abajo, hasta el día de hoy, son hijas de la derrota militar yanqui.

Esos mismos años sucedieron dos hechos adicionales que vale recordar. Uno, el capitalismo contra-ataca al movimiento obrero con una completa restructuración laboral, de la cual nace la automatización en los países centrales y la maquila en los periféricos.

Dos, la guerra contra las drogas hizo sus primeros ensayos contra el partido Panteras Negras, en Estados Unidos a finales de la década de 1970, asesinando dirigentes y desarrollando el llamado Programa de Contrainteligencia, para aniquilar una organización que había conseguido hondos vínculos comunitarios. De la mano de la FBI se inundaron los barrios negros de drogas, como parte de la lucha contra la insurgencia.

A propósito, es necesario recordar que el periodista californiano Gary Webb fue suicidado en 2004, presuntamente por los servicios de inteligencia estadunidenses, por sus investigaciones que pusieron en evidencia las conexiones de la CIA con la venta masiva de crack en barrios negros para financiar las guerras ilegales del Pentágono.

Es evidente que la alianza narcos-estado-burguesía goza de buena salud, siendo uno de los más sólidos pilares de los regímenes llamados democracias. Pese al horror, no debemos perder el norte: los asesinatos forman parte de una guerra contra los pueblos. No matan por ser periodistas sino por su compromiso con los de abajo.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/03/31/opinion/018a1pol

Terrorismo informativo y manipulación mediática en Ecuador

Terrorismo informativo y manipulación mediática en Ecuador

Atilio A. Boron

 

La relación de fuerzas en el terreno mediático es de 9 a 1 a favor de la derecha, destilando sin pausa un veneno que pretende pasar por noticia o ejercicio periodístico.

En las pocas horas que llevo en este país he podido comprobar los alcances de la “dictadura” de Rafael Correa, esa que denuncian incansablemente la plutocracia bancaria y sus voceros, los despistados líderes de algunos movimientos sociales y una izquierda extraviada que piensa que votando a un banquero ultraneoliberal que refugia sus ganancias en paraísos fiscales podrá dar el anhelado salto hacia la construcción de l socialismo en el Ecuador.

En efecto, en esta peculiar “dictadura”, como gustaba decir a Eduardo Galeano a propósito de las acusaciones en contra de Chávez, el bombardeo de los medios hegemónicos a través de la televisión, la radio y los periódicos en contra del presidente Correa es implacable e incesante. La población está sometida a un ininterrumpido ataque, en donde la manipulación informativa se ejerce sin restricciones. No hay límite ni escrúpulo alguno en las difamaciones e insultos al primer mandatario y, por extensión, a Lenin Moreno y Jorge Glas. La relación de fuerzas en el terreno mediático es de 9 a 1 a favor de la derecha, destilando sin pausa un veneno que pretende pasar por noticia o ejercicio periodístico.

Lo asombroso del caso es que en esta curiosa “dictadura” los medios pueden prostituir al periodismo, abrumar a la opinión pública con falsas informaciones y agraviar al presidente y sus colaboradores sin temer por ningún tipo de represalia. Desesperada, la derecha presiente que aún con esa fenomenal artillería mediática es poco probable que pueda ganar las elecciones del próximo domingo. Apela para ello a cualquier expediente. Las imágenes que acompañan esta nota son aleccionadoras. Están instaladas justo enfrente de las oficinas del Consejo Nacional Electoral, el organismo encargado de administrar los comicios. Como la candidatura del banquero Guillermo Lasso carece de una propuesta creíble a favor de las clases y capas populares ecuatorianas –son muchos los que aquí recuerdan lo ocurrido en la Argentina con las promesas de Mauricio Macri- recurren a la mentira y la difamación. Allí están Piedad Córdoba, Ernesto Samper, Tibisay Lucena y Sandra Oblitas exhibidos cual si fueran unos salvajes terroristas que con su accionar habrían asolado Venezuela y que amenazan con hacer lo mismo en el Ecuador en caso de que Lenin Moreno se alce con la victoria.

Todas estas aberraciones son posibles bajo la “dictadura” del correísmo mientras sus mentores y ejecutores gozan de total libertad y piden ayuda internacional (verbigracia: injerencia norteamericana) para poner fin al “despotismo” que ahoga al Ecuador.

El patrimonio de Lasso en empresas “offshore” es evasión impositiva

Entrevista a Cynthia García, periodista investigativa
El patrimonio de Lasso en empresas “offshore” es evasión impositiva
El Telégrafo
A raíz de las revelaciones hechas por Cynthia García en el diario argentino Página/12, el banco Banisi cambió la proveedora de su portal web, antes manejado en Ecuador.

 

“Las 49 offshores de Lasso no son públicas”, dice Cynthia García, periodista argentina y docente en la Universidad Nacional de la Plata. Es co-conductora del programa “Crónica de América” que se transmite en los canales públicos de Ecuador, Brasil, Bolivia y Argentina, a través de la plataforma digital llamada #LaGarcía. Colabora con el diario Página/12 con trabajos de investigación, como han sido las recientes revelaciones sobre Guillermo Lasso y sus vínculos con empresas offshores.

¿Por qué decidió investigar a Guillermo Lasso?

Todo el entramado y la investigación a nivel local y regional de las empresas offshore surge en 2016 con los ‘Panama Papers’. Desde nuestro trabajo surgió una filtración de datos -no hay posibilidad de acceder a este tipo de información sin fuentes financieras que la filtren-. Tuve acceso a esa información y me puse a investigar.

¿Cuál es el trasfondo de este trabajo periodístico?

Ecuador es muy importante para la región porque se está jugando el futuro de la derecha regional. No estamos investigando que Lasso es banquero o que tiene plata en el exterior. El punto principal es cómo un personaje, al que apoya toda la derecha regional, incluida la mediática, se beneficia de los desastres sociales que genera el neoliberalismo. Esta no es una investigación electoral. Tuvimos la filtración de datos y es nuestra responsabilidad profesional publicar, sin ser inocentes sobre las consecuencias que pueda tener, pero con profesionalismo e integridad. Esto no es opinión; las 49 empresas offshore existen y han sido constituidas a nombre de Lasso, sus familiares y otros allegados. Lasso insiste en que toda su información patrimonial es pública. Las 49 empresas offshore no son públicas. Que él haya establecido fideicomisos en paraísos fiscales de Caimán, Delaware o Panamá no es público. Que Lasso sea la empresa offshore Positano no es público. Nos parece que en base al derecho a la información y a nuestra mirada, tenemos la obligación de informarlo y que no avance la derecha en la región.

¿Qué hay de ilegal en las operaciones financieras de Lasso?

Efectivamente, Lasso tiene razón al decir que su patrimonio está en el Ecuador porque actualmente los fideicomisos, que están convertidos en empresas offshore, están en el Ecuador. Él ha tenido una costumbre de sacar y traer su patrimonio. Cuando entra ese dinero lo hace como inversión extranjera, pero lo que hace Lasso es no pagar impuestos por esas divisas que sacó previamente del país. Además recién dijo en la Univ. San Francisco que Banisi es su banco. Él no puede tener un banco porque él es el accionista mayoritario de Banco Guayaquil y está prohibido por la ley de 2014 que los propietarios de bancos tengan subsidiarias en paraísos fiscales. Ese patrimonio suyo, a través de offshores, no es inversión extranjera, ahí está la evasión impositiva. Eso genera un menoscabo en la sociedad, la misma a la que él está ofreciendo un cambio.

¿Le ha pedido una entrevista?

Sí. Me gustaría sentarme con él para que dé respuestas a las lagunas de la investigación. Su secretaria Araceli Buendía me respondió: “Voy a intentar. Ya estamos contra el reloj”. Yo necesito, por rigor profesional, conversar con Lasso. Por el acceso a los balances del Banco Guayaquil sé que Lasso maneja $ 4 mil millones, equivalente al 4% del PIB ecuatoriano.

¿Está comprobado que Banisi opera desde el Banco Guayaquil?

Eso es lo que nos dicen nuestras fuentes. Nos indican que los ecuatorianos no toman un avión a Panamá para depositar su dinero, sino que lo hacen a través del Banco Guayaquil. Lo que sí es cierto y está documentado es que el 66% de los depósitos del Banco Banisi son depósitos ecuatorianos. Además la página web de Banisi (www.banisipanama.com) se maneja desde Ecuador. Aunque sé que este 22 de marzo cambiaron la proveedora del sitio y con eso se confirma la investigación. Antes de esa fecha estaba manejada por Telconet, que es una empresa ecuatoriana.

¿Su investigación arrojará más revelaciones esta semana?

Lasso retó a Glas a acercarse a un notario para declarar que no tiene vínculos con los casos de corrupción. Nosotros vamos a revelar que el notario de Guillermo Lasso es un notario offshore que maneja un par de empresas en Panamá.

¿Cuál es su opinión sobre la campaña electoral en Ecuador?

Aquí en Ecuador siento que estoy en el último mes de campaña de Argentina de 2015; con una sociedad polarizada. Nosotros (los argentinos) podemos dar fe de las consecuencias de un proyecto político neoliberal. Hoy hay 80 despidos por día, se cierran fábricas, los docentes protestan. Macri y Lasso son cortados con la misma tijera.

Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/economia/8/las-49-offshores-de-lasso-no-son-publicas