El proceso bolivariano desde adentro

El proceso bolivariano desde adentro
Siete claves para entender la crisis actual
No es posible entender la crisis actual en Venezuela sin analizar en conjunto los factores que se desarrollan ‘desde adentro’, y que no son explicados en su conjunto por los principales medios de comunicación. Planteamos siete claves de la crisis actual en donde se resalta que no se puede comprender lo que pasa en Venezuela sin tomar en cuenta la intervención foránea y que el concepto de ‘dictadura’ ni explica el caso venezolano ni es una especificidad regional de ese país. A su vez planteamos que se están desbordando el contrato social, las instituciones y los marcos de la economía formal y que se está canalizando el devenir y las definiciones políticas de la actual situación por la vía de la fuerza y a través de un buen número de mecanismos informales, excepcionales y subterráneos. Proponemos que el horizonte compartido de los dos bloques partidarios de poder es neoliberal, que estamos ante una crisis histórica del capitalismo rentístico venezolano y que comunidades, organizaciones populares y movimientos sociales se enfrentan a un progresivo socavamiento del tejido social.El trato que se le da a Venezuela en los grandes medios de comunicación internacionales es sin duda especial en todo el mundo. No tenga dudas que hay demasiadas tergiversaciones, demasiado maniqueismo, demasiados slogans, demasiadas manipulaciones y omisiones.

Más allá de las versiones cretinizantes de la neolengua mediática que interpreta todo lo que ocurre en el país en clave de ‘crisis humanitaria’, ‘dictadura’ o ‘presos políticos’, o bien de la narrativa heroica de la Venezuela del ‘socialismo’ y la ‘revolución’ que interpreta todo lo que ocurre en el país en clave ‘guerra económica’ o ‘ataque imperial’, hay muchos temas, sujetos y procesos que son invisibilizados, que ocurren mar adentro y que esencialmente constituyen el escenario político nacional. No es posible entender la crisis actual en Venezuela sin analizar en conjunto los factores que se desarrollan ‘desde adentro’.

El criterio de acción e interpretación basado en la lógica ‘amigo-enemigo’ responde más a una disputa entre élites de los partidos políticos y grupos económicos que a los intereses fundamentales de las clases trabajadoras y la defensa de los bienes comunes. Es necesario apostar por miradas integrales del proceso de crisis y conflicto nacional, que contribuyan a trazar las coordenadas para trascender o enfrentar la coyuntura actual.

Presentamos 7 claves para su comprensión, analizando no solo la disputa gobierno-oposición, sino también procesos que se están desarrollando en las instituciones políticas, en los tejidos sociales, en las tramas económicas, al tiempo que se resaltan las complejidades sobre el neoliberalismo y los regímenes de gobierno y gobernanza en el país.

I. No es posible comprender lo que pasa en Venezuela sin tomar en cuenta la intervención foránea

El rico y vasto conjunto de los llamados ‘recursos naturales’ del país; su posición geo-estratégica; su desafío inicial a las políticas del Consenso de Washington; su influencia regional para la integración; así como sus alianzas con China, Rusia o Irán; le otorgan un notable significado geopolítico a Venezuela. Sin embargo, hay sectores intelectuales y mediáticos que continuamente buscan obviar las muy fluidas dinámicas internacionales que impactan y determinan el devenir político en el país, donde resalta el persistente accionar intervencionista del Gobierno y los diferentes poderes fácticos de los Estados Unidos.

En este sentido, estos sectores se encargan de ridiculizar la crítica al imperialismo, y presentan al Gobierno Nacional como el único actor de poder en juego en Venezuela, y por ende el único objeto de interpelación política.

Sin embargo, desde la instauración de la Revolución Bolivariana se ha desarrollado un intenso intervencionismo estadounidense hacia Venezuela, el cual se ha recrudecido y tornado más agresivo a partir de la muerte del presidente Chávez (2013) y del contexto de agotamiento del ciclo progresista y restauración conservadora en América Latina. Vale recordar la Orden Ejecutiva firmada por Barack Obama en marzo de 2015 en la cual se declaraba a Venezuela como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de los EEUU –‘an unusual and extraordinary threat to the national security and foreign policy of the United States’ [1] . Ya sabemos qué le ha ocurrido a los países que son catalogados de esta manera por la potencia del norte.

Actualmente, además de las amenazantes declaraciones del Jefe del Comando Sur, el Almirante Kurt W. Tidd (6 de abril de 2017), planteando que la ‘crisis humanitaria’ en Venezuela podría obligar a llevar adelante una respuesta regional –‘The growing humanitarian crisis in Venezuela could eventually compel a regional response’ [2] –, y de la evidencia de la agresividad de la política exterior de Donald Trump con el reciente bombardeo a Siria, el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, encabeza junto a varios países de la región el intento de aplicación de la Carta Democrática para abrir un proceso de ‘restitución de la democracia’ en el país.

Los ideólogos y operadores mediáticos de la restauración conservadora en la región se muestran muy preocupados por la situación de Derechos Humanos (DDHH) en Venezuela, pero no logran explicar en sus análisis porque extrañamente no se hace ningún esfuerzo supranacional del mismo tipo frente a la espantosa crisis de DDHH en países como México y Colombia. En este sentido parece que la indignación moral es relativa y prefieren callar.

Sea pues, por razones de intencionalidad política o ingenuidad analítica, estos sectores despolitizan el rol de los organismos supranacionales desconociendo las relaciones geopolíticas de poder que los constituyen, que hacen parte de su propia naturaleza. Una cosa es una lectura paranoica de todas las operaciones impulsadas por estos organismos globales y otra muy diferente es una interpretación puramente procedimental de su accionar, obviando los mecanismos de dominación internacional y control de mercados y de recursos naturales que se han canalizado a través de estas instituciones de gobernanza global y regional.

Pero hay algo importante que agregar. Si hablamos de intervención, no podemos solo hablar de los EEUU. En Venezuela hay crecientes formas de intervencionismo chino en la política y las medidas económicas que se han ido tomando, lo que apunta a pérdidas de soberanía, incremento de la dependencia con la potencia asiática y procesos de flexibilización económica.

Una parte de la izquierda ha preferido callar estas dinámicas, dado que parece que la única intervención que merece ser señalada es la estadounidense. Pero ambas vetas de injerencia foránea se están desarrollando para favorecer la acumulación capitalista transnacional, la apropiación de ‘recursos naturales’ y para nada tienen que ver con las reivindicaciones populares.

II. El concepto de ‘dictadura’ no explica el caso venezolano

Casi desde el inicio de la Revolución Bolivariana se ha tildado a Venezuela de ser una ‘dictadura’. Este concepto sigue siendo objeto de amplios debates en la teoría política debido a que ha sido desafiado por las transformaciones y complejización de los regímenes y ejercicios de poder contemporáneos, sobre todo en la actual época globalizada, lo que plantea serios vacíos e imprecisiones en sus definiciones.

La ‘dictadura’ suele estar asociada a regímenes políticos o tipos de gobierno en los cuales todo el poder está concentrado, sin limitaciones, en una sola persona o un grupo de ellas; hay una ausencia de división de poderes; ausencia de libertades individuales, de libertad de partidos, libertad de expresión; e incluso en ocasiones el concepto ha sido vagamente definido como ‘lo opuesto a la democracia’.

El término ‘dictadura’ en Venezuela ha sido utilizado y masificado en la jerga mediática de manera bastante superficial, visceral y de una forma moralizante, prácticamente para plantearlo como una especie de especificidad venezolana, distinguiéndose así de los otros países de la región, donde en teoría sí habría regímenes ‘democráticos’.

El asunto es que en Venezuela en la actualidad difícilmente se puede decir que todo el poder está concentrado sin limitaciones en una sola persona o un grupo de ellas, debido a que en el país estamos ante un mapa de actores, que si bien es jerarquizado, es a la vez fragmentado y volátil –sobre todo después de la muerte del presidente Chávez–, en tanto la existencia de diversos bloques de poder que pueden aliarse o bien estar enfrentados entre ellos y que desborda la dicotomía gobierno-oposición.

Aunque exista un gobierno con un componente militar importante, con crecientes expresiones de autoritarismo y con cierta capacidad de centralización, el escenario es altamente movedizo. No hay dominación total de arriba hacia abajo, y hay cierta paridad entre los grupos de poder en disputa. En cambio el conflicto podría desbordarse, caotizando aún más la situación.

El hecho de que la oposición venezolana controle la Asamblea Nacional, la cual ganó contundentemente por la vía electoral, señala además que antes que una pura ausencia de división de poderes, hay en cambio una disputa entre ellos, hasta ahora favorable a la combinación Ejecutivo-Judicial.

Antes pues que hablar de un régimen político homogéneo, estamos ante una amplia y conflictiva red de fuerzas. La metástasis de la corrupción hace que el ejercicio del poder se descentralice aún más, o bien se dificulte su centralización por parte del Poder Constituido.

Lo que sí tiene que ver con el viejo concepto romano de dictadura, es que en este contexto el Gobierno nacional está gobernando por medio de decretos y medidas especiales en el marco de un declarado ‘estado de excepción’, que se oficializa desde principios de 2016. En nombre de la lucha contra la guerra económica, el avance de la delincuencia y del paramilitarismo, y los avances subversivos de la oposición, numerosas mediaciones institucionales y procedimientos democráticos están siendo omitidos. Destacan por su gravedad políticas de seguridad como la Operación de Liberación del Pueblo (OLP), que representan intervenciones de choque directas de los cuerpos de seguridad del Estado en diferentes territorios del país (rurales, urbanos, barrios periféricos), para “combatir el hampa”, los cuales suelen tener polémicos saldos en muertes; la paralización del referéndum revocatorio; la suspensión de las elecciones a gobernación en 2016 sin todavía quedar claro cuando se realizarán; crecientes represiones y excesos policiales ante el descontento social producto de la situación en el país; y un incremento de procesos de militarización, resaltando las zonas fronterizas y las declaradas de ‘recursos naturales estratégicos’.

Este es el mapa político que, junto a las diversas formas de intervención foránea, configuran el escenario de guerra de baja intensidad que atraviesa prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana de los venezolanos. Es este el marco en el que se desenvuelven las libertades individuales, la oposición y pluralidad partidaria, la convocatoria y realización de marchas, expresiones de disidencia y críticas en los medios de comunicación, entre otras formas de la llamada democracia en Venezuela.

III. En Venezuela se están desbordando el contrato social, las instituciones y los marcos de la economía formal

Si hay algo que podría definirse como una especificidad del caso venezolano es que su escenario socio-político actual está desgarrado, profundamente corrompido y altamente caotizado. Hemos sostenido que en el país estamos ante una de las crisis institucionales más severas de toda América Latina [3] , haciendo referencia con esto al conjunto de las instituciones jurídicas, sociales, económicas, políticas, entre otras, que conforman la República venezolana.

La crisis histórica del modelo de acumulación rentista petrolero, la metástasis de la corrupción en el país, severas vulneraciones al tejido social desde el ‘período neoliberal’ y en especial desde 2013, y la intensidad de los ataques y disputas políticas, han desbordado en su conjunto los marcos de las instituciones formales de todos los ámbitos de la sociedad, canalizándose muy buena parte de las dinámicas sociales por la vía de mecanismos informales, subterráneos e ilegales.

En el ámbito económico, la corrupción se ha transformado en un mecanismo transversal y motorizador de distribución de la renta petrolera, desviando enormes sumas de divisas a discrecionalidad de unos pocos, y socavando las bases de la economía formal rentista. Esto ocurre de manera determinante con PDVSA [4] , la principal industria del país, así como con fondos clave como el Fondo Chino-Venezolano o con numerosas empresas nacionalizadas.

El colapso de la economía formal ha hecho de la informalidad prácticamente uno de los ‘motores’ de toda la economía nacional. Las fuentes de oportunidades sociales, sea de ascenso social o de posibilidad de mayores ganancias, se encuentran con frecuencia en el llamado ‘bachaqueo’ de alimentos (el comercio ilegal, a altísimos precios, dirigidos al mercado negro) [5] u otras formas de comercio en los diversos mercados paralelos, sea de divisas, medicinas, gasolina, etc.

En el ámbito político-jurídico, el estado de derecho carece de respeto y reconocimiento por parte de los principales actores políticos, quienes no solo se desconocen mutuamente sino recurren a movidas políticas dispuestos a todo para vencerse el uno al otro. El Gobierno nacional enfrenta a las que considera las ‘fuerzas enemigas’ con medidas de excepción y conmoción, mientras que grupos de la oposición más reaccionarios despliegan operaciones violentas de vandalismo, confrontación y ataque a infraestructuras. En este escenario se ha mermado sobremanera el estado de derecho, haciendo muy vulnerable a la población venezolana.

Cada vez reina una mayor impunidad, la cual se ha expandido a todos los sectores de la población. Esto no solo hace que se enquiste aún más la corrupción, que luce indetenible, sino que implica que la población no espere nada del sistema de justicia, y cada vez más la ejerza con sus propias manos.

El colapso del contrato social genera tendencias de ‘sálvese quien pueda’ en la población. La fragmentación del poder también ha contribuido a que se generen, crezcan y se fortalezcan diversos poderes territoriales, como lo son los llamados ‘sindicatos mineros’ que controlan con armas minas de oro en el estado Bolívar, o bandas criminales que dominan sectores de Caracas como El Cementerio o La Cota 905 [6] .

El marco presentado implica nada más y nada menos que el devenir y las definiciones políticas de la actual situación en el país se están desarrollando en muy buena medida por la vía de la fuerza.

IV. La crisis de largo plazo del capitalismo rentístico venezolano (1983-2017)

El hundimiento de los precios internacionales del crudo ha sido determinante en el desarrollo de la crisis venezolana, pero no es el único factor que explica este proceso. Desde la década de los años 80 hay crecientes síntomas de agotamiento del modelo de acumulación basado en el extractivismo petrolero y la distribución de la renta que genera. La actual fase de caotización de la economía nacional (2013-hoy) es también producto del devenir económico de los últimos 30 años en el país. ¿Por qué?

Varias razones lo explican. Alrededor del 60% de los crudos venezolanos son pesados y extra-pesados. Estos crudos son económicamente más costosos y requieren mayor uso de energía y el empleo de procesamientos adicionales para su comercialización. La rentabilidad del negocio que alimenta al país va descendiendo con respecto a tiempos anteriores, cuando prevalecían crudos convencionales. Esto ocurre al mismo tiempo que el modelo exige cada vez más ingresos rentísticos y cada vez más inversión social no solo para paliar las crecientes necesidades de una población que sigue en aumento.

La hiper-concentración poblacional en las ciudades (más de 90%) promueve un uso de la renta orientado fundamentalmente en el consumo (de bienes importados) y muy poco en formas productivas. Las épocas de bonanza promueven el fortalecimiento del sector extractivo (primario) –los efectos de la llamada ‘Enfermedad Holandesa’– lo que vulnera notablemente a los ya débiles sectores productivos. Luego de finalizada la bonanza (como ocurrió a fines de los 70 y ahora desde 2014), la economía queda más dependiente y aún más débil para enfrentar una nueva crisis.

La corrupción socio-política del sistema también posibilita fugas y descentralizaciones fraudulentas de la renta, lo que impide el desarrollo de políticas coherentes de distribución para paliar la crisis

La creciente volatilidad de los precios internacionales del crudo, así como cambios en los balances de poder global en torno al petróleo (como la progresiva pérdida de influencia de la OPEP) tienen también significativos impactos en la economía nacional.

Mientras se desarrollan todos estos vaivenes económicos en el país, los recursos ecológicos se siguen socavando y agotando, lo que amenaza los medios de vida de millones de venezolanos para el presente y futuro.

La actual solución que impulsa el Gobierno nacional ha sido incrementar notablemente el endeudamiento externo, distribuir la renta de manera más regresiva para la población, expandir el extractivismo y favorecer al capital transnacional.

En suma, cualquiera de las élites que gobierne en los próximos años, tendrá que enfrentar, sí o sí, los límites históricos que se han alcanzado con el viejo modelo rentista petrolero. No bastará solo esperar un golpe de suerte para que los precios del petróleo suban. Se vienen trascendentales cambios y habrá que estar preparados para enfrentarlos.

V. ¿Socialismo? En Venezuela se está llevando a cabo un proceso de ajuste y flexibilización económica progresivo

En el país se está desarrollando un proceso de ajuste progresivo y sectorizado de la economía, flexibilizando previas regulaciones y restricciones al capital, y desmantelando paulatinamente los avances sociales alcanzados en tiempos anteriores en la Revolución Bolivariana. Estos cambios aparecen enmascarados en nombre del Socialismo y la Revolución, aunque representan políticas cada vez más rechazadas por la población.

Destacan políticas como la creación de las Zonas Económicas Especiales, las cuales representan liberalizaciones integrales de partes del territorio nacional, una figura que entrega la soberanía a los capitales foráneos que pasarían a administrar prácticamente sin limitaciones dichas regiones. Se trata de una de las medidas más neoliberales desde la Agenda Venezuela implementada por el gobierno de Rafael Caldera en los años 90, bajo las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional.

También resaltan la paulatina flexibilización de los convenios con las corporaciones foráneas en la Faja Petrolífera del Orinoco; liberalización de precios de algunos productos básicos; creciente emisión de bonos soberanos; devaluación de la moneda, creándose un tipo de cambio flotante (Simadi); aceptación de algunos trámites comerciales directamente en dólares, por ejemplo, en el sector turismo; o el fiel cumplimiento de los pagos de deuda externa y los servicios de la misma, lo que implica un recorte en las importaciones y consiguientes problemas de escasez de bienes de consumo básico.

Se está impulsando el relanzamiento de un extractivismo flexibilizado, apuntando fundamentalmente hacia las nuevas fronteras de la extracción, donde destaca el mega-proyecto del Arco Minero del Orinoco, el cual plantea instalar como nunca antes la mega-minería en un territorio de 111.800 kms2 de extensión, amenazando fuentes de vida claves para los venezolanos, en especial para los pueblos indígenas. Estos proyectos suponen además el atornillamiento por largo plazo a los esquemas de dependencia que produce el extractivismo [7] .

Cabe destacar que estas reformas se combinan con el mantenimiento de algunas políticas de asistencia social, continuos aumento de los salarios nominales, algunas concesiones a demandas de las organizaciones populares y el uso de una narrativa revolucionaria e antiimperialista. Esto evidentemente tiene como uno de sus principales objetivos el mantenimiento de los apoyos electorales que quedan.

Estamos en presencia de lo que hemos llamado un ‘neoliberalismo mutante’, en la medida en la que se combinan formas de mercantilización, financiarización y desregulación con mecanismos de intervención estatal y asistencia social.

Parte de la izquierda ha estado muy enfocada en evitar la llegada de gobiernos conservadores al poder para así evitar la ‘vuelta del neoliberalismo’. Pero olvidan mencionar cómo gobiernos progresistas también avanzaron en varias medidas selectivas, mutantes e híbridas de perfil neoliberal, que finalmente afectan al pueblo y a la naturaleza [8] .

VI. ¿La alternativa? El proyecto de los partidos de la ‘Mesa de la Unidad Democrática’ (MUD) es neoliberal

La derechista ‘Mesa de la Unidad Democrática’ (MUD) es el bloque predominante de la oposición partidista al Gobierno nacional, aunque una oposición de izquierda haya venido creciendo lentamente y es muy factible que lo siga haciendo. Esta izquierda crítica, al menos la más definida, no se identifica con la MUD por lo que no articula políticamente con esta.

La MUD no es un bloque homogéneo, y en cambio existen sectores que van, desde influyentes grupos radicales de extrema derecha –que podríamos llamar ‘uribistas’–, hasta llegar a algunos sectores de conservadurismo light, y de liberalismo elitario con cierta tendencia distribucionista. Estos diversos grupos tienen una relación conflictiva entre ellos y con eventuales careos y desplantes mutuos.

A pesar de sus diferencias, a los diferentes grupos de la MUD los une al menos tres factores fundamentales: su matriz ideológica, las bases de su programa económico y su agenda reaccionaria ante el Gobierno nacional y ante la posibilidad de una profunda transformación de corte popular emancipatorio. Nos referiremos a las dos primeras.

Su matriz ideológica está profundamente determinada por la teoría neoclásica y por el liberalismo conservador, enalteciendo obsesivamente la propiedad privada, el fin de la ‘ideologización’ por parte del Estado y el auge de las libertades empresariales e individuales.

Estos pilares ideológicos son más claros en la programática de este bloque que en sus propios discursos mediáticos, donde la retórica es simplista, superficial y llena de consignas. La síntesis más acabada de su modelo económico se encuentra en los ‘ Lineamientos para el Programa de Gobierno de Unidad Nacional (2013-2019)’ [9] . Se trata de una versión neoliberal más ortodoxa del extractivismo petrolero, en relación al proyecto del actual Gobierno venezolano.

Destaca el hecho de que, a pesar de enarbolar la bandera del ‘cambio’ y la ‘Venezuela productiva’, su propuesta plantea llevar la extracción de petróleo en Venezuela hasta 6 millones de barriles diarios, poniendo énfasis en el incremento de las cuotas de la Faja Petrolífera del Orinoco. Aunque se acusen, riñan y señalen públicamente, las propuestas petroleras de Henrique Capriles Radonski (Petróleo para tu Progreso) [10] y Leopoldo López (Petróleo en la Mejor Venezuela [11] ) son gemelas, y consensuan con el ‘Plan de la Patria’ 2013-2019 impulsado por el Gobierno nacional. El cambio anunciado no es más que otro atornillamiento con el extractivismo, más rentismo y desarrollismo, y las consecuencias económicas e impactos socio-ambientales y culturales que conlleva este modelo.

VII. La fragmentación del ‘pueblo’ y el progresivo socavamiento del tejido social

En todos estos procesos de guerra de baja intensidad y caos sistémico, el principal afectado es el pueblo trabajador. La potente cohesión socio-política que se configurara en los primeros años de la Revolución Bolivariana ha sufrido no solo un desgaste sino una progresiva desarticulación. Pero estas afectaciones han llegado incluso a la propia médula de los tejidos comunitarios del país.

La precariedad para cubrir las necesidades básicas de la vida cotidiana; los incentivos a la resolución individual y competitiva de los problemas socio-económicos de la población; la metástasis de la corrupción; la canalización de los conflictos y disputas sociales por la vía de la fuerza; la pérdida de referentes ético-políticos y el desgaste de la polarización debido al descrédito de los partidos; la agresión directa a experiencias comunitarias fuertes o importantes y a líderes comunitarios por parte de diversos actores políticos y territoriales; hacen parte de este proceso de vulneración de los tejidos sociales que apunta a socavar los verdaderos pilares de un potencial proceso de transformación popular-emancipatorio o de las capacidades de resistencia de la población ante un mayor avance de fuerzas regresivas en el país.

Mientras tanto, diversas organizaciones de base popular y movimientos sociales a lo largo y ancho del país insisten en construir una alternativa desde sus territorios. Los tiempos dirán cual será su capacidad de resistencia, adaptación y sobre todo su habilidad colectiva para articularse entre ellos y disputar con mayor fortaleza el rumbo del proyecto político nacional.

Si hay una solidaridad irrenunciable que debería impulsarse desde las izquierdas en América Latina y el mundo, debe ser con este pueblo luchador, ese que históricamente ha cargado sobre sus hombros la explotación y los costos de la crisis. Ese que frecuentemente ha desbordado y se ha re-apropiado de las calles buscando que sus demandas sean escuchadas y atendidas. Ese que en la actualidad se enfrenta a los complejos dilemas que suponen los actuales tiempos de reflujo y regresiones. Este pareciera que es el verdadero punto de honor de las izquierdas. El costo de darle la espalda a estas contra-hegemonías populares en nombre de una estrategia de conservación del poder podría ser muy alto.

Caracas, abril de 2017

*Emiliano Teran Mantovani es sociólogo venezolano, ecologista político e investigador en ciencias sociales.



[1] https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/2015/03/09/executive-order-blocking-property-and-suspending-entry-certain-persons-c

[2] http://www.southcom.mil/Portals/7/Documents/Posture%20Statements/SOUTHCOM_2017_posture_statement_FINAL.pdf?ver=2017-04-06-105819-923

[3] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207450

[4] http://www.correodelorinoco.gob.ve/impacto/maduro-hay-que-ir-a-sanear-profundamente-a-pdvsa-corrupcion-todos-ambitos/

[5] http://www.eluniversal.com/noticias/economia/leon-bachaquero-invierte-400-revender-gana-mil_21462

[6] http://efectococuyo.com/principales/van-al-menos-24-fallecidos-en-enfrentamientos-entre-cicpc-y-bandas-delincuenciales; http://www.radiomundial.com.ve/article/enfrentamiento-en-cota-905-deja-14-muertos-y-134-detenidos-audio

[7] http://www.alainet.org/es/articulo/175893

[8]   http://www.alainet.org/es/articulo/172285

[9]   http://static.telesurtv.net/filesOnRFS/opinion/2015/12/09/mud_government_plan.pdf

[10] http://www.eluniversal.com/noticias/politica/plan-petroleo-para-progreso-henrique-capriles-radonski_359574

[11]   http://www.leopoldolopez.com/en-la-mejor-venezuela-duplicaremos-la-produccion-petrolera-para-impulsar-el-bienestar-y-el-progreso/

Elecciones en Francia 2017

Elecciones en Francia
Macron y Le Pen pasan a la segunda vuelta, según resultados oficiales
Naiz
El líder del movimiento En marche!, Emmanuel Macron, y la ultraderechista Marine Le Pen pasarán a la segunda ronda de las elecciones presidenciales francesas al ser los dos candidatos más votados con el escrutinio al 97%, según datos parciales facilitados por el Ministerio del Interior.Emmanuel Macron y Marine Le Pen se disputarán la presidencia del Estado francés el próximo 7 de mayo, al ser los dos candidatos más votados en la primera vuelta.

Los datos oficiales, con el 97% los votos escrutados, han situado al líder del movimiento En marche!, Emmanuel Macron, al frente (23,75% de los votos) de las elecciones presidenciales en el Estado francés, por delante de la dirigente del Frente Nacional, Marine Le Pen, que ha obtenido el 21,53%.

Según datos parciales facilitados por el Ministerio del Interior, François Fillon se sitúa tercero en la contienda, con un 19,91%. En cuarta posición figura Jean-Luc Mélenchon, con un 19,6% de los votos.

El índice final de participación se sitúa en el 78,69%. En 2012, un 79,48 por ciento de los electores acudieron a votar en la primera vuelta, mientras que en la segunda ronda la cifra subió ligeramente, hasta el 80,35%.

Emmanuel Macron 8.528.585 (%23,86)
Marine Le Pen 7.658.990 (%21,43)
François Fillon 7.126.632 (%19,94)
Jean-Luc Melenchon 7.011.856 (%19,62)
Benoît Hamon 2.268.838 (%6,35)

Fillon y Hamon piden el voto para Macron

El candidato del PS, Benoît Hamon, y el conservador François Fillon han sido los primeros en comparecer y reconocer su derrota. Ambos han pedido el voto para Macron en la segunda vuelta, y ambos han utilizado el mismo argumento: «Para frenar a Le Pen».

Esta, aún sin los resultados oficiales en mano, ha llamado a «liberar al pueblo francés», ya que, a su juicio, «está en juego la supervivencia de Francia». En un discurso pronunciado en su feudo de Hénin-Beaumont, ha considerado que el gran desafío en estas elecciones «es la globalización salvaje» y ha opinado que con su acceso a la segunda ronda su partido ha dado «el primer paso para que los franceses lleguen al Elíseo».

Por su parte, Jean-Luc Mélenchon, que en un principio ha pedido «prudencia» por la falta de resultados oficiales, ha tenido que reconocer que los resultados «no son los que esperábamos», aunque ha llamado a esperar a conocer la declaración final del Ministerio del Interior. Ha añadido que consultará a su militancia sobre si apoyará a Macron o a Le Pen, hacia quienes ha dirigido duras críticas.

Macron, último en salir a la palestra, ha proclamado ante sus seguidores que el pueblo francés «ha decidido ponerme a la cabeza» y ha agradecido a Fillon y Hamon haber anunciado que votarán por él. «En un año hemos cambiado la cara de la política francesa», ha afirmado eufórico ante sus fieles congregados en el Palacio de Congresos de Puerta de Versalles.

Atención especial a la seguridad

La jornada electoral ha transcurrido entre grandes medidas de seguridad. Ejemplo de ello es la evacuación de un centro de votación en Besaçon por una falsa alarma provocada por un coche sospechoso. Tras inspeccionar el vehículo, se ha descartado cualquier tipo de amenaza.

La tensión ha ido en incremento tras el cierre de los colegios electorales. La multitud se ha reunido en la plaza Bastilla de París atendiendo a la llamada de «la noche de las barricadas». Las protestas, con claro enfoque antifascista, han sido reprimidas por la Policía, que no ha dudado en usar gas pimienta.

Fuente: http://www.naiz.eus/es/actualidad/noticia/20170424/le-pen-y-macron-pasan-a-la-segunda-vuelta-segun-los-primeros-resultados-oficiales

Cuando la izquierda es el problema

Venezuela, el Estado y el poder
Cuando la izquierda es el problema
Brecha
Estamos ante una lucha entre una burguesía conservadora venezolana que fue apartada del control del aparato estatal y una burguesía emergente que utiliza el Estado como palanca de acumulación.Lo que está sucediendo en Venezuela no tiene la menor relación con una “revolución” o con el “socialismo”, ni con la “defensa de la democracia”, ni siquiera con la manida “reducción de la pobreza”, por desgranar los argumentos que se manejan a diestra y siniestra. Podría mentarse “petróleo”, y estaríamos más cerca. Pero los hechos indican otras inflexiones.

Estamos ante una lucha sin cuartel entre una burguesía conservadora que fue apartada del control del aparato estatal, aunque mantiene lazos con el Estado actual, y una burguesía emergente que utiliza el Estado como palanca de “acumulación originaria”.

No es la primera vez que esto sucede en nuestras breves historias. Las guerras de independencia fueron eso: la lucha entre los decadentes “godos” (peninsulares monárquicos) y la emergente oligarquía “criolla” que utilizó el control del aparato estatal para legalizar la usurpación de tierras de los pueblos originarios. Los segundos se apoyaban en las potencias coloniales británica y francesa que competían con la decadente España por el control de las colonias independizadas, con la misma lógica de los progresismos que se apoyan en China, incluyendo conservadores como Macri, frente a la imparable decadencia estadounidense.

La débil burguesía criolla se montó en la movilización de los pueblos (indios, negros y sectores populares) para derrotar a los poderosos peninsulares. Concedió la emancipación de los esclavos con los mismos objetivos que hoy la nueva burguesía aplica políticas sociales que reducen la pobreza: en ambos casos los de abajo siguen estando en el sótano como mano de obra barata, sin haberse movido un ápice del lugar estructural que ocupan.

Nuevas élites

Las nuevas elites venezolanas, lo que popularmente se denomina “boliburguesía”, son una mixtura de altos funcionarios de empresas públicas y del aparato estatal, militares de alta graduación y algunos empresarios enriquecidos a la sombra de las instituciones. Gestores incrustados en el aparato estatal. Por eso se resisten a perder poder, ya que todo el entramado se les vendría abajo.

Algunos ya consiguieron trans­formar la renta apropiada en propiedad privada. Pero una buena parte está aún en ese proceso. Por eso el sociólogo brasileño Ruy Braga denomina a los gestores sindicales de los fondos de pensiones de su país, la nueva clase emergente, como parte de una “hegemonía frágil”.

Roland Denis sostiene que en su país gobiernan las mafias: “Maduro podrá tener la mejor voluntad pero se ha impuesto un lobby muy fuerte de mafias internas del gobierno” (La Razón, 27-XII-17). El filósofo y ex viceministro de Planificación y Desarrollo (2002-2003) asegura que varias de estas mafias son banqueras y otras vienen de viejos grupos de “chupa-renta petrolera” instalados desde hace muchos años.

Le pega duro a los “intelectuales” que encubren las matufias del poder. “Con un lenguaje de izquierda justifican una política que sólo ha favorecido a banqueros, grandes importadores, cadenas monopólicas y trasnacionales. A su vez, es una política que mediante la imposición de precios y corporaciones ha destruido al pequeño productor de azúcar y café para beneficiar a los importadores. Mientras tanto, los paquetes de Café Venezuela que vienen en las bolsas de los comités locales de abastecimiento y producción (Clap) sólo sirven para confundir a incautos.”

La otra mirada, la chavista-madurista que culpa de todo a otros, es la que esboza Marta Harnecker: “El tiempo histórico está a nuestro favor. Lo que nos ayuda en esta lucha contra las fuerzas conservadoras es que el tipo de sociedad que proponemos, y que estamos empezando a construir, responde objetivamente al interés de la inmensa mayoría de la población, en contraste con las fuerzas conservadoras que sólo benefician a las elites” (Rebelión, 4-IV-17).

Misma urdimbre

A la luz de lo sucedido en la región en las dos últimas décadas podemos arribar a una redefinición del concepto de izquierda: es la fuerza política que lucha por el poder, apoyándose en los sectores populares, para incrustar sus cuadros en las instituciones que, con los años y el control de los mecanismos de decisión, se convierten en una nueva elite que puede desplazar a las anteriores, negociar con ellas o fusionarse. O combinaciones de las tres.

La izquierda es parte del problema, ya no la solución. Porque, en rigor, aunque ahora empiecen los deslindes, los progresismos son hechuras de la misma urdimbre. Miremos al PT de Lula. Niegan la corrupción que es evidente desde hace una década, cuando Frei Betto escribió La mosca azul luego de renunciar a su cargo en el primer gobierno Lula, cuando se destapó el escándalo del mensalao: “La picada de la mosca azul inocula en las personas dosis concentradas de ambición por el poder. Las personas, entonces, son más receptoras al veneno de la mosca cuando viven situaciones en las cuales disponen, de hecho, de posibilidades más concretas de ejercer un poder mayor. Esto es, cuando las condiciones objetivas son favorables a los impulsos que están siendo estimulados en el plano subjetivo”.

¿Qué tipo de personas (militantes, activistas, dirigentes) surgirían en un proyecto político que no se proponga tomar el poder? Esta pregunta se la formularon, palabras más o menos, los zapatistas hace ya cierto tiempo. ¿Cómo le llamaríamos a una fuerza que se proponga, “apenas”, transformar la sociedad desde la vida cotidiana?

No lo sabemos porque el imaginario construido durante dos siglos apunta en dirección al poder estatal. Como si lo que hubiera que transformar fuera algo externo y no pasara, en primerísimo lugar, por las mismas personas que se dicen militantes. Lo que sí sabemos es que la izquierda realmente existente se ha convertido en un obstáculo para que las mayorías se hagan cargo de sus vidas. La polarización derecha-izquierda es falsa, no explica casi nada de lo que viene sucediendo en el mundo. Pero lo peor es que la izquierda se ha vuelto simétrica de la derecha en un punto clave: la obsesión por el poder.

http://brecha.com.uy/cuando-la-izquierda-problema/

Las guerras de teflón

Las guerras de teflón
Desmovilizar a Estados Unidos
TomDispatch
Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

Una nación hecha por la guerra y una ciudadanía deshecha por ella

Últimamente, en días sucesivos, vi dos exposiciones en museos que mostraban algo del perdido mundo estadounidense y parecían inquietantemente relevantes en la Era Trump. La primera, ‘Hippie Modernism’ (Modernismo hippie), una exploración en la contracultura de los sesenta y setenta del pasado siglo (con pósters densos y psicodélicos), era bastante poco adecuada para el Museo de Arte de Berkeley. Me sorprendió que la exposición incluyera algunos artilugios provenientes de un movimiento crucial –para mi visión no demasiado contracultural– de aquellos años: las enormes manifestaciones contra la guerra que tomaron la calle a mediados de los sesenta, sacudieron al país y nunca acabaron de marcharse hasta que, en 1973, las últimas unidades de combate de Estados Unidos fueron finalmente retiradas de Vietnam. En la muestra había un póster con la bandera de Estados Unidos invertida; sus barras estaban representadas por unos fusiles rojos y sus estrellas eran aviones de combate de color azul; había otro en el que se veía un soldado estadounidense con el fusil colgando del hombro de manera poco formal. La leyenda en el póster aún tiene relevancia en una época en que nuestras eternas guerras continúan regresando a la patria: “La violencia en el extranjero engendra la violencia en casa”. Amen, hermano.

Al día siguiente, fui a un pequeño museo y centro de informaciones en memoria de ‘Rosita, la remachadora’, en un parque nacional en Richmond (California), sobre la bahía de San Francisco. En ese lugar, durante la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores de la enorme planta Ford montaban tanques, mientras el cercano astillero del complejo Henry Kaiser botaba en promedio un barco –de la clase Liberty o Victory– cada día. Casi tres cuartos de siglo después, esto sigue siendo algo alucinante. En la vista al centro de información me enteré de que en aquellos años, en las gradas de esos astilleros se batió el récord de construir un barco de carga, de la proa a la popa, en apenas menos de cinco días.

¿Qué fue lo que hizo posible que se estableciera ese récord y esa productividad en un Estados Unidos en guerra? Todo eso sucedió, principalmente porque de pronto se le abrieron de par en par las puertas a la población activa de Estados Unidos, no solo a Rosita, la famosa remachadora, y a tantas otras mujeres que hasta entonces sus oportunidades habían estado limitadas en gran parte a las tareas de mujeres, como marcaban los estereotipos, sino también a los afroamericanos, los estadounidenses de ascendencia china, los más mayores, los minusválidos; prácticamente a todos (excepto a los estadounidenses de origen japonés, que fueron internados en campos de concentración) que anteriormente habían estado excluidos o menospreciados, un sector social de un país con el que ya no volvería a codearse durante décadas.

Del mismo modo, el vasto movimiento contra la guerra de los sesenta y setenta del siglo pasado contenía una inesperada muestra representativa de Estados Unidos, en la que aparecían los estudiantes de clase media y los veteranos de la clase trabajadora llegados directamente de los campos de batalla del Sudeste de Asia. Tanto la fuerza de trabajo de los años de la Segunda Guerra Mundial como los movimientos de protesta de sus hijos eran –cada cual con su estilo– maravillas ciudadanas de ese momento estadounidense. Eran materiales extraños en un país en el que todavía se creía que su gente estaba llamada a desempeñar un papel decisivo y en el que el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo todavía no sonaba como una carcajada trasnochada. Después de haber visto en las exposiciones vislumbres de dos impulsos de compromiso cívico, de repente me di cuenta de que mi familia (como tantas otras familias estadounidenses) había sido profundamente afectada por cada uno de esos momentos movilizadores; uno en apoyo de una guerra y el otro para oponerse a ella.

Inmediatamente después del ataque japonés a Pearl Harbour, mi padre se alistó en el ejército del aire de Estados Unidos. Sería oficial de operaciones en la primera unidad de comandos aéreos en Birmania. Mi madre se unió a la movilización interior convirtiéndose en la presidenta de la Comisión de Artistas del Departamento de Teatro de EEUU, que entre otras cosas, planificaba espectáculos para los hombres y las mujeres en armas. En todos los aspectos, la de mis padres fue una guerra de movilización de los ciudadanos, desde aquellos que martilleaban remaches, como hacía Rosita, hasta las “huertas para la Victoria” en el patio trasero de la casa (llego a haber más de 20 millones de estas huertas) que surgieron en todo EEUU y tuvieron un papel importante en la alimentación de la población en un momento de conflicto mundial. Y después estuvieron las emisiones de bonos de guerra para una de las cuales mi madre –descrita en un anuncio como la “muy conocida caricaturista de las estrellas del teatro y el cine”– aceptó dibujar “una caricatura de quien comprara un bono de 500 o más dólares”.

La Segunda Guerra Mundial fue claramente una guerra de los ciudadanos. Yo nací en 1944, justo cuando se estaba alcanzando el punto culminante del enfrentamiento. Dos décadas más tarde, mi versión de semejante movilización me tomó por sorpresa. En mi juventud, yo soñé con servir a mi país como funcionario de departamento de Estado y representarlo en el extranjero. En un país que todavía tenía un ejército de ciudadanos y un servicio militar obligatorio, nunca se me pasó por la mente que en algún momento yo podía cumplir mi deber formando parte de las fuerzas armadas. En esos años, no preví que mi “deber” pudiera llegar a ser implicarme en una movilización contra la guerra. Pero que un ciudadano estadounidense debiera preocuparse de las guerras combatidas por su país y por qué lo hace estaba en nuestro inconsciente. Esto quería decir que esas guerras eran nuestra responsabilidad.

Si mi país peleaba alguna guerra infernal en una tierra lejana, matando a miles y miles de campesinos, parecía completamente normal –de hecho, un deber– reaccionar ante ello como lo hicieron tantos estadounidenses en las fuerzas armadas –incluso llevando símbolos de la paz en plana batalla o creando publicaciones antibélicas en su propia base militar, y sobre todo uniéndose a la oposición cuando todavía estaban en ese ejército de ciudadanos. El horror de aquella guerra también me movilizó a mí, que no formaba parte de las fuerzas armadas. Aun así, todavía recuerdo que cuando marchaba en Washington junto con otros cientos de miles de manifestantes, nunca se me ocurrió –ni siquiera cuando Richard Nixon estaba en la Casa Blanca– que un presidente de Estados Unidos no escuchara la voz de la ciudadanía movilizada.

Hay algo más. Cada uno de esos momentos movilizadores, con sus peculiaridades, demostraron ser un inconfundible relato de un triunfo estadounidense: La victoria en la Segunda Guerra Mundial, que había dejado literalmente en ruinas a las tres formas de fascismo –la alemana, la italiana y la japonesa– al mismo tiempo que había convertido a Estados Unidos en una superpotencia mundial; y la derrota de Vietnam, que puso en cuestión la capacidad destructiva de esa superpotencia, gracias en parte a la acción combinada de los ciudadanos del ejército en rebeldía y de un ejército de ciudadanos.

Los objetos de teflón* de nuestro mundo estadounidense

En todos los sentidos, desde entonces, la victoria ha desaparecido –perdida en acción–; esto, durante décadas (con apenas un breve momento de respiro) implica la idea misma de que los estadounidenses tienen algún tipo de deber cuando se trata de las guerras en las que su país elige presentar batalla. En nuestra época, la guerra, al igual que el presupuesto del Pentágono y el poder cada día mayor del estado de la seguridad nacional, ha sido vacunada contra el virus de la participación ciudadana, por lo tanto contra cualquier forma significativa de crítica o resistencia. Es un proceso que vale la pena considerar ya que nos recuerda que en Estados Unidos estamos verdaderamente en una nueva era, ya sea la de los plutócratas, administrada por los plutócratas y para los plutócratas o la de los generales, administrada por los generales y para los generales –aunque, claramente, no la del pueblo, administrada por el pueblo y para el pueblo–.

Después de todo, durante más de 15 años, las fuerzas armadas de Estados Unidos han estado combatiendo guerras fracasadas o a punto de estarlo –enfrentamientos que solo parecen propagar el fenómeno (el terrorismo) que supuestamente deben erradicar– en Afganistán, en Iraq, más recientemente en Siria, intermitentemente en Yemen y otros sitios en todo el Gran Oriente Medio y regiones de África. En las últimas semanas, la población civil de esas tierras distantes ha visto cómo mueren cada vez más personas (sin que eso mereciera –como sucede periódicamente desde hace unos años– demasiada atención aquí, en casa). Mientras tanto, los generales de Trump han estado intensificando calladamente esas guerras. Cientos, posiblemente miles, de soldados estadounidenses adicionales y unidades de operaciones especiales están siendo enviados a Siria, Iraq y la vecina Kuwait (sobre estos movimientos de tropas, el Pentágono ya no proporciona cifras, ni siquiera aproximadas); los ataques aéreos estadounidenses se han incrementado en toda la región; el comando de EEUU en Afganistán pide refuerzos; los ataques de EEUU con drones han establecido un nuevo récord de intensidad en Yemen; Somalia puede ser el próximo objetivo de misiones e intensificación; y todo parece indicar que Irán ya está en la mira de Washington. En este contexto, vale la pena señalar que aun con la significativa presencia en la calle de grupos de manifestantes contrarios a Trump, ninguno de ellos encara la cuestión de las guerras de Estados Unidos.

Gran parte de lo que está sucediendo era razonablemente previsible desde que Donald Trump –un hombre al que le preocupan poco los detalles de los temas que plantea, desde el cuidado de la salud a las campañas de bombardeo– nombrara a generales que ya se habían implicado profundamente en las desastrosas guerras de Estados Unidos, ya fuera en su planificación y su supervisión como en la formulación de la política exterior en general (a estas alturas, el departamento de Estado de Rex Tillerson ha sido relegado a algo cercano a la insignificancia). En respuesta, muchos en los medios y otros sitios empiezan a tratar a esos generales como si fuesen los únicos ‘adultos’ en el espacio Trump. De ser así, decididamente se engañan. ¿Por qué, entonces, estarían intensificando sus guerras de un modo tan conocido para quienes hayan estado prestando atención durante los últimos 15 años, esto es, recurriendo una vez más a lo que no ha funcionado en todos esos años? ¿Quién no siente cierto escalofrío cuando la palabra “oleada” comienza a asociarse otra vez con la posibilidad de mandar a Afganistán a algunos miles más de soldados estadounidenses? Después de todo, con 15 años de penosas lecciones, ya sabemos cómo acaba esta historia. La pregunta es: ¿por qué no lo saben los generales?

Y aquí surge otra pregunta que debería uno hacerse (y no la hace) en el siglo XXI de Estados Unidos. ¿Por qué un esfuerzo bélico que ya ha costado billones de dólares al contribuyente de este país no supone la menor movilización del pueblo de EEUU? ¿Nada de impuesto de guerra, bonos de guerra, apoyo a la guerra, huertas para la victoria, algún tipo de sacrificio o, en esta cuestión, una crítica seria, manifestaciones o resistencia? Tal como de verdad ha sido desde Vietnam, tanto la guerra como la seguridad nacional de Estados Unidos son cuestiones que deben dejarse a los profesionales, aunque hayan demostrado un evidente amateurismo.

Y aún hay otra pregunta: con un movimiento de oposición preparándose para los temas nacionales, ¿continuarán nuestras guerras, las fuerzas armadas y el sistema de la seguridad nacional siendo los objetos de teflón de nuestro mundo estadounidense? ¿Por qué, con la única excepción del presidente Trump (y en su caso, solo cuando se mencionan las agencias de seguridad que han tratado con él), nadie –salvo pequeños grupos de veteranos contra la guerra y un número minúsculo de activistas tan resueltos como los anteriores– cuestiona el estado de seguridad nacional, aunque sus actividades puedan crear un vasto abanico de estados fallidos y un infierno de movimientos terroristas y poblaciones sin contención?

La era de la desmovilización

En el caso de las guerras estadounidenses, hay una historia que explica cómo acabamos en esta situación. No existen dudas de que comenzó en los últimos años de la guerra de Vietnam, cuando el alto comando de EEUU –resistido por unas fuerzas armadas en estado de virtual sublevación– decidió que debía acabarse con el servicio militar obligatorio. Lo que se necesitaba, creyeron los altos jefes, era un ejército de “voluntarios” (que, para ellos, significaba unas fuerzas armadas en las que no hubiera cuestionamiento alguno).

En 1973, el presidente Nixon accedió y puso fin al servicio militar obligatorio, el primer paso hacia la recuperación del control de un ejército de ciudadanos rebeldes y una población díscola. En las décadas siguientes, las fuerzas armadas serían transformadas en algo cercano a una legión extranjera de Estados Unidos –aunque muy pocas personas usarían estas palabras–. Además, en los años que siguieron al 11-S, ese ejército de voluntarios empezó a albergar en su seno a una segunda fuerza armada, mucho más secreta, de 70.000 militares: el Comando de Operaciones Especiales. Miembros de este cuerpo de elite –al que podría considerarse el ejército privado del presidente– son habitualmente enviados a destinos en cualquier lugar del mundo para adiestrar legiones extranjeras y cometer acciones que, en el mejor de los casos, son a medias conocidas por el pueblo estadounidense.

En esos años, buena parte de los estadounidenses ha sido convencida de que el secretismo es un aspecto fundamental de la seguridad nacional; que lo que sepamos acabará haciéndonos daño; y que la ignorancia del funcionamiento de nuestro propio Estado –sumido hoy en la penumbra del secretismo– nos protege del “terror”. En otras palabras: el conocimiento es peligroso y la ignorancia, seguridad. Sin embargo, tan orwalliano como puede sonar, esto se ha convertido en lo normal en el Estados Unidos del siglo XXI.

Que el gobierno deba tener el poder de vigilarnos en estos momentos es apenas un dato de la realidad; que nosotros debamos tener el poder de vigilar (o simplemente controlar) a nuestro propio gobierno es un lujo de otros tiempos. Esto ha demostrado ser una fórmula eficaz para arribar a la desmovilización que define a esta época, aunque encaje bastante mal con cualquier descripción normal del funcionamiento de una democracia o con la hoy excesivamente anticuada creencia de que una sociedad informada (en contraposición a una sociedad no informada, o incluso desinformada) es decisiva para el funcionamiento de tal gobierno.

Por otra parte, mientras los más altos funcionarios de la administración Bush lanzaban su Guerra Global Contra el Terror después del 11-S, seguían obsesionados por los recuerdos de la movilización por Vietnam. Ansiaban unas guerras en las que no hubiera periodistas curiosos, ni horribles recuentos de bajas, ni bolsas con cadáveres volviendo a casa que provocarían manifestaciones ciudadanas. En su mente, para el público estadounidense solo habría dos papeles disponibles. El primero respondía a la memorable exhortación del presidente George W. Bush: “Ir a Disney World, en Florida, con vuestra familia y disfrutar de la vida del modo que nosotros queremos que se disfrute” –en otras palabras, ir a comprar al centro comercial–. El segundo, era agradecer eternamente y elogiar a los “guerreros” estadounidenses por sus hazañas y sacrificio. Para mejor o para peor (invariablemente, acabaría siendo para peor), sus guerras debían ser sin pueblo y libradas en tierras remotas, de modo que no alteraran la vida de Estados Unidos, otra fantasía de nuestra época.

La cobertura mediática de estas guerras debía ser cuidadosamente controlada: periodistas “incrustados” en las unidades militares; las bajas (estadounidenses) mantenidas en el menor número posible; y las propias acciones militares realizadas en secreto, “inteligentes” y cada vez más robóticas (de ahí, los drones) con la muerte centrada exclusivamente en el enemigo. En resumen, la guerra “a la americana” debía transformarse en algo inimaginablemente aséptico y distante (es decir, si uno vive a miles de kilómetros de ella y puede comprar a lo loco). Además, el recuerdo de los ataques del 11-S ayudó a hacer potable cualquier cosa que Estados Unidos hiciera a partir de entonces.

En esos años, la consecuencia en casa sería una época de desmovilización. La única excepción –tal vez sea la que algún día intrigue a los historiadores– serían los pocos meses anteriores a la invasión de Iraq por parte de la administración Bush, cuando cientos de miles de estadounidenses (millones, en el mundo) de repente salieron a la calle para manifestarse una y otra vez. Sin embargo, eso acabó con la invasión misma y frente a un gobierno resuelto a no escuchar.

Aún está por verse si acaso en el Estados Unidos de Trump, con esa sensación de pérdida de vigor de la desmovilización, la política guerrera estadounidense y la de privilegiar a las fuerzas armadas volvieran a convertirse en el blanco de la movilización popular. ¿O acaso Donald Trump y sus generales de teflón tendrán las manos libres para hacer lo que se les antoje en el extranjero, pase lo que pase en casa?

En muchos sentidos, desde su fundación Estados Unidos ha sido una nación hecha por las guerras. En este siglo, la pregunta es: ¿podrían su ciudadanía y su forma de gobierno ser deshechas por ellas?

Nota:

* Todos conocemos el teflón, ese recubrimiento plástico en sartenes y otros utensilios de cocina que evita que se peguen las comidas. Ronald Reagan, que supo ser presidente de Estados Unidos, fue llamado “el presidente de teflón” porque nada de lo que hizo le afectó nunca. (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176262/tomgram%3A_engelhardt%2C_the_teflon_wars/#more