Doblando la apuesta en distopía

Realidad y ficción
Doblando la apuesta en distopía

John Feffer

TomDispatch

 

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

Próxima parada: zona de deconstrucción

Introducción de Tom Engelhardt

“Hace más de 25 años, mientras estaba sentado en el techo de nuestra casa observando los muebles del vecino llevados por el agua calle abajo, pensé que ya nada podía ir peor. Todas mis cosas estaban bajo el agua, la capital de mi país estaba en ruinas. Esto era exactamente la venganza de la Madre Tierra dirigida a sus habitantes más arrogantes. No obstante, tal como vimos después, las cosas llegaron a ser mucho peores.” 

Estoy seguro, como todos los demás, de que usted tampoco ha olvidado ese desastroso acontecimiento, ese momento –en 2022– cuando el huracán Donald destrozó la ciudad de Washington dejándola en ruinas, y la capital de nuestra nación fue trasladada a Kansas. Al mismo tiempo que nadie podía haber previsto semejante acontecimiento en todos sus detalles hubo algunos pocos observadores de primera mano de aquella arrasadora tormenta que hubiesen presentido el mundo fragmentado y degradado en el que vivimos en este momento con más claridad que Julian West (el observador citado más arriba) cuyo éxito editorial de 2020 ‘Splinterland’ presagió insólitamente este nuestro mundo hecho pedazos.  

Muy bien, muy bien; lo admito: es cierto que el geopaleontólogo Julian West (un homónimo del héroe de la novela utópica de Edward Bellamy Looking Backward*) no es más que una fantasía de John Feffer, autor de la verdadera novela distópica** Splinterlands. Y si eso no es bastante complicado para usted, tenga en cuenta que Feffer llamó como llamó a su huracán fue porque en 2016, mientras estaba escribiendo, Donald Trump preparaba su campaña electoral; entonces –al estilo de Julian West–, tuvo una corazonada de lo que se venía. Ahora, por supuesto, el huracán Donald ha alcanzado Washington; una tormenta cargada de tweets, caos y energía distópica. Entonces, Feffer vuelca su atención en qué hacer con ese huracán humano en un momento en el que los estadounidenses están señalando sus temores distópicos haciendo que novelas como 1984 trepen a los primeros puestos de las listas de éxitos de ventas, y no solo en los bastiones del anti-trumpismo. Por lo tanto, ajuste las correas de su retropropulsor personal en la espalda y despegue junto con Feffer hacia un presente que muchos de nosotros percibimos como demasiado parecido a un futuro distópico.

–ooOoo—

Impedir el triunfo de la voluntad de Trump

Las distopías han alcanzado una preponderancia muy marcada. Los niños han sido lanzados a ese tipo de historias –The Giver, Hunger Games (El generoso, Los juegos del hambre)– como los godos al piercing. Los programas de la TV sobre apocalipsis de zombis, pandemias y tecnologías que hacen estragos inspiran al espectador. Y en el cine hemos visto miles de veces el mundo que se viene abajo.

Esta difusión apocalíptica ha sido tan intensa que hace unos años empezó a hablarse de un “pico distópico”. Aun así, la reserva del cártel del día del Juicio Final no ha mostrado señales de decaimiento, incluso continúa produciéndose a toda máquina (una confesión: con mi reciente novela Splinterlands, yo he contribuido a este desborde del mercado distópico). Como apuntaba el novelista Junot Díaz el pasado octubre, la distopía se ha convertido en “la literatura por defecto de la generación”.

Poco después de que Díaz hiciera ese comentario, cuando Donald Trump empezó la interpretación de ‘El aprendiz de celebridad’ y entró en el Despacho Oval, la distopía se convirtió también en la narrativa por defecto de la política de Estados Unidos. Con la elección de un hiper-narcisista incapaz de separar los hechos de la fantasía, todas las pesadillas distópicas que se habían reunido en el horizonte cual nubes de tormenta –guerra nuclear, cambio climático, choque de civilizaciones– se movieron de pronto sobre nuestras cabezas. Y, con ellas, el estruendo de los truenos y el resplandor de los relámpagos.

Las respuestas entre quienes se horrorizaron por los resultados de las últimas elecciones se ha multiplicado por cuatro.

Primero fue la negación; desde el pavor existencial que golpeó el plexo solar de muchos a medida que las cifras del escrutinio se desgranaban aquel martes por la noche hasta la muy prosaica falta de entusiasmo para dejar la cama en la mañana siguiente. Después fue la fantasía de huir; decenas de miles de estadounidenses miraron su pasaporte para ver si todavía estaba válido y si aún había algún sitio libre en el arca dispuesta a partir para Nueva Zelanda. En tercer lugar fue la resistencia: millones de personas inundaron las calles para manifestarse, llenaron los aeropuertos para dar la bienvenida a los inmigrantes cuya entrada había sido temporalmente prohibida e interpelaron en enjambre a los congresistas –republicanos y demócratas por igual– para expresar sus quejas.

El cuarto paso, coincidente con todos los demás, fue el ahondar en las distopías del pasado como si en ellas hubiera algún ‘código Da Vinci’ que ayudara a descifrar nuestro problema actual. Obras clásicas, como Eso no puede pasar aquí, de Sinclir Lewis; 1984, de George Orwell; y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, se situaron en lo más alto de las listas de éxitos editoriales.

Podría parecer contra toda intuición –o una perversa forma de escapismo– pasar de la distopía real a la distopía ficcional. Aunque, es necesario tener en cuenta que aquellas novelas fueron éxitos de venta en su día precisamente porque brindaban un refugio y una narrativa de resistencia a quienes temían (en el orden aquí expuesto) el surgimiento del nazismo, la propagación del estalinismo o el resurgimiento de la misoginia apoyada por el Estado en los años de Reagan.

Es posible que en estos días, con los periodistas compitiendo por la cobertura del último atropello de la Casa Blanca, fuera natural que los lectores buscaran refugio en la obra de los escritores cuya mirada se dirigía al futuro. Después de todo, el querer pasar página y descubrir qué pasa después es un impulso comprensible. Y las narrativas distópicas están ahí, en parte, para ayudarnos a prepararnos para lo peor, al tiempo que se identifican posibles salidas de la descendente espiral hacia el infierno.

Sin embargo, los clásicos de la distopía no son necesariamente los más adecuados para nuestro momento actual. En general, describen regímenes totalitarios gobernados por un personaje tipo Gran Hermano y una autoridad panóptica que lo controla todo desde el centro, un escenario fascista o comunista o directamente norcoreano. Ciertamente, Donald Trump quiere ver su cara en todas partes, poner su nombre en cada cosa, meter el dedo en todos los potes. Pero los peligros de este actual momento distópico no están en la centralización del control. Al menos, todavía no.

Hasta ahora, la era Trump se basa en la no ocupación del centro, un tiempo en el que –según las palabras del poeta Yeats– las cosas se vienen abajo. Olvidémonos de Hannah Arendt y sus Orígenes del totalitarismo –otro éxito de ventas en Amazon– y centrémonos más en la teoría del caos. La imprevisible, la incompetencia y la demolición son las distópicas consignas de este momento, en el que el mundo amenaza hacerse añicos ante nuestros propios ojos.

No se deje engañar por el discurso de Trump sobre el boom de infraestructuras por un billón de dólares. Su equipo tiene en mente un proyecto muy diferente; usted puede enterarse en el poste indicador: Próxima parada: Zona de Deconstrucción (en inglés) .

La elección zombi

En febrero de 2016, cuando Donald Trump ganó en New Hampshire su primera elección para la nominación republicana, el New York Dayly News tituló “Amanecer de la muerte cerebral” y comparó a los seguidores de Trump con “descerebrados zombis”. Para no ser menos, ese conspiranoico proveedor de noticias falsas que es Alex Jones describió rutinariamente como “zombis” a los seguidores de Hilary Clinton en su sitio web filo-Trunp Infowars.

La alusión a los zombis se dirigía a las mentalidades apocalípticas de ambos lados. Deliberadamente, Donald Trump tocó la noción de “los últimos días” de los cristianos evangélicos, los anti-globalización, y los entusiastas por el poder blanco, que ven un muerto viviente en quien no haya bebido su Kool-Aid***. Mientras tanto, quienes temían que el milmillonario fanfarrón pudiera ganar las elecciones empezaron a difundir el meme Trumpapocalipsis advirtiendo de que vendría más cambio climático, el derrumbe de la economía mundial y el estallido de guerras reciales. Aparte de quienes decidieron mantenerse apartados de las elecciones, prácticamente no había un espacio de entendimiento entre ambos grupos. La mutua repugnancia con la que cada lado veía al otro dio alas justamente a la deshumanización subyacente en la rotulación zombi.

Por otra razón, los zombis también se convirtieron en una metáfora política. Lo que asusta de los devoradores de carne viva es su personificación normal es que no constituyen un ejército formal. Los líderes zombis no existen, tampoco los planes de batalla zombis. Caminan por ahí arrastrando los pies en tropel buscando presas. “Nuestra fascinación con los zombis es en parte un transpuesto temor al inmigrante”, escribí yo en 2013, “a que China desplace a Estados Unidos de lo más alto de la economía mundial, a los virus adueñándose de nuestro ordenador, a los mercados financieros que pueden derretirse en una mañana.”

En otras palabras, los zombis son el reflejo de la angustia por la pérdida de control asociada a la globalización. En este contexto, el “levantamiento del resto” evoca imágenes de una masa indiferenciada de consumidores de recursos –unos seres hambrientos que son poco más que boca y piernas– invadiendo las ciudades fortificadas de Occidente.

Durante la campaña electoral, el equipo de Trump recurrió a esos mismos miedos anunciando en la popular serie televisiva The Walking Deads (Los muertos vivientes), que interpretaba deliberadamente las preocupaciones contra la inmigración. Una vez en la Presidencia, Trump puso en marcha las promesas de campaña: el muro en la frontera de México, la prohibición de entrada a los musulmanes y el repliegue dentro de la Fortaleza Estados Unidos. Dedicó un brío especial al refuerzo de la noción de que el mundo exterior es un lugar profundamente aterrador –¡incluso París, incluso Suecia!–, como si The Walking Deads fuera una película documental y la amenaza zombi algo muy real.

Ciertamente, la concentración de poder en la parte ejecutiva y la evidente disposición de Trump a ejercer ese poder resuenan en los distópicos miedos al totalitarismo estilo 1984. Ahí están las extraordinarias mentiras, las invectivas contra los medios (“enemigos del pueblo”) y la selección de adversarios –interiores y exteriores– de todo tipo. Sin embargo, no es este un momento totalitario. Trump no está interesado en la construcción de un super-Estado como Oceania, ni siquiera una dictadura provincial como Airstrip One, tan convincentemente descritas ambas por Orwell en su novela.

En lugar de eso, la nueva administración está enfocada en lo que el estratega jefe de Trump y nacionalista blanco Stephen Bannon prometió hacer hace varios años: “hacer que todo se venga abajo estrepitosamente”.

La distopía Bannon

Los distopistas de derechas tienen su propia versión de 1984. Durante mucho tiempo han estado advirtiendo de que los liberales quieren crear un Estado todopoderoso que restrinja la tenencia de armas de fuego, que prohíba la venta de gaseosas de gran tamaño y que obligue a los incautos a aceptar los míticos “paneles de la muerte”. Estos Casandras de derechas están preocupados no tanto por el Gran Hermano como por la Gran Niñera, aunque los más extremistas entre ellos también sostienen que los progresistas son fascistas encubiertos, comunistas en el armario o incluso agentes del Califato.

Sin embargo, es bastante extraño constatar que esos mismos distopistas de rececha –la ex candidata a la vicepresidencia Sarah Palin y sus (inexistentes) paneles de la muerte, el senador Tom Cotton (Arkansas) acerca del control de las armas de fuego, la experta de derecha Ann Caulter en relación con la prohibición de las gaseosas y otras persecuciones banales– nunca se han opuesto a la enorme acumulación de poder gubernamental en áreas mucho más importantes, concretamente: las fuerzas armadas y los organismos de inteligencia. Ciertamente, en este momento cuando ellos están en la cresta de la ola, los nuevos y trumpanizados “conservadores” están muy felices expandiendo el poder del Estado mediante la asignación de aún más dinero al Pentágono y ampliando aún más el ámbito potencial de la CIA en sus futuros interrogatorios a sospechosos de terrorismo. A pesar del descenso de los índices de asesinatos –un minúsculo incremento en 2015 impide ver el hecho de que esos índices siguen estando en una baja histórica–, Trump quiere fortalecer la policía para resolver la “carnicería” estadounidense.

Hasta ahora, estamos en 1984. Pero el aspecto completamente novedoso en la agenda de la administración no tiene nada que ver con la construcción de un Estado todopoderoso. En lugar de eso, en la Conferencia de Acción Política Conservadora de este año, Bannon habló de lo que para él es lo verdaderamente crucial (y presumiblemente para el presidente): la “deconstrucción del Estado administrativo”. En este sentido, Bannon estuvo hablando específicamente de quitar toda limitación a Wall Street, a las industrias contaminantes, al comercio de las armas de fuego y, al mismo tiempo, liberar de regulaciones de cualquier tipo a una amplia gama de actores económicos. No obstante, los nombramientos ministeriales y las primeras señales del aspecto que podría tener un presupuesto trumpista sugieren una agenda mucho más amplia, que apuntaría al debilitamiento del sector no militar del Estado mediante la marginación de organismos enteros y el vaciamiento de los entes encargados de hacer cumplir las regulaciones. Adiós, EPA (Agencia de Protección Ambiental). Buenos noches, Departamento de Educación. Encantado de haberle conocido, HUD (Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano). Les echaremos de menos, Big Bird (la cadena nacional de televisión pública) y ayuda a terceros países.

Ni el departamento de Estado se salvaría de la demolición. Desterrados los diplomáticos de carrera, Pennsylvania Avenue –y no Foggy Bottom– será el centro de control de las relaciones internacionales. El secretario de Estado Rex Tillerson será reducido a poco más que un ornamento a medida que el nuevo triunvirato –Trump, Bannon y el yerno de Trump, Jared Kushner– se haga cargo de la política exterior (aunque el vicepresidente Pence este cerniéndose en el fondo como una acompañante en el baile). Mientras tanto, con un aumento propuesto de 54.000 millones de dólares en su asignación presupuestaria, el Pentágono de Trump no será tocado por la bola de demolición, y el nuevo mandatario preside un devastador encogimiento del Estado al que le tiene manía y una metástasis de lo que a él le encanta (¡piense en algunos gigantescos y relucientes portaaviones!).

De momento, la administración Trump se ha desempeñado con mucha y muy publicitada incompetencia: personajes que se contradicen unos a otros, órdenes ejecutivas que obvian la maquinaria estatal, tweets rebotando desaforadamente en el universo de Internet y funciones fundamentales –como las conferencias de prensa– manejadas con gran aplomo por primates no humanos. Los nombrados por Trump, entre ellos Bannon, han dado la impresión de ser cualquier cosa menos cualificados expertos en demoliciones. Ciertamente, no era este el estilo de la perestroyka de Gorbachev, que finalmente condujo al desmoronamiento de la Unión Soviética. Nada parecido a los programas de “terapia de shock” que al principio echaron abajo y más tarde reconstruyeron los países de la Europa Oriental después de 1989.

Sin embargo, dado que deconstruir es mucho más fácil que construir y Bannon se precia de su persistencia de tejón melero, el proyecto de la administración –confuso como parece ser hasta ahora– es posible que resulte capaz de hacer auténtico daño. De hecho, si usted desea una interpretación más inquietante del primer mes de Donald Trump en el cargo, piense en esto: todo este caos, ¿es una consecuencia no deseada de la administración de un novato o quizás una verdadera estrategia?

Después de todo, la polvareda que se ha levantado es la consecuencia de los primeros pasos en un enorme proyecto de demolición que podría estar ocultando el hecho de que Trump esté tratando de que los estadounidenses aprueben algo que va esencialmente en contra de Estados Unidos y es –potencialmente– un programa absolutamente elitista. Tal como Bannon prometió, el objetivo de Trump es destruir el statu quo y reemplazarlo por un nuevo orden mundial definido por la sigla CCB: Conservador, Cristiano y Blanco. Los medios pueden decir lo que más les guste y los críticos reír todas sus ligerezas. Mientras tanto, los hombres del presidente están tratando de imponer se voluntad en un país y un mundo obstinados.

El triunfo de la voluntad

Cuando estaba en la facultad, hice un curso sobre el surgimiento del nazismo en Alemania. En cierto momento, el profesor nos hizo ver El triunfo de la voluntad, el famoso documental que Leni Riefenstahl presentó en 1935. El film había sido rodado en el congreso del Partido Nacionalsocialista del año anterior y mostraba largos pasajes del discurso que Adolf Hitler dirigió a sus fieles. El profesor nos aseguró que El triunfo de la voluntad había sido un éxito de taquilla. Difundió el nombre de Hitler en todo el mundo y dejó sentada la reputación de realizadora de Riefenstahl. La película se hizo tan popular en Alemania que fue proyectada durante meses en salas itinerantes; la gente volvía a verla una y otra vez. Nuestro profesor nos juró que la encontraríamos fascinante.

El triunfo de la voluntad no era fascinante. Hasta para los estudiantes absortos por los detalles del surgimiento del nazismo, las cerca de dos horas del documental resultaban tremendamente aburridas. Cuando hubo acabado la película, bombardeamos al profesor con preguntas y quejas. ¿Cómo había podido imaginar él que nosotros encontraríamos fascinante el documental?

Él sonreía. “Esto es lo fascinante”, nos dijo. “Esta fue una película extraordinariamente popular; hoy sería casi imposible tener sentado a un estadounidense para verla toda completa.” Él quería que nosotros entendiéramos que la gente en la Alemania nazi tenía una mentalidad totalmente distinta, que ellos estaban participando en una especie de frenesí colectivo. No les parecía que el nazismo fuese algo horrendo. No pensaban que estaban viviendo en una distopía. Eran unos auténticos creyentes.

Hoy en día, muchos estadounidenses están experimentado su momento El triunfo de la voluntad. Ven una y otra vez a Donald Trump sin sentirse aburridos o asqueados. Creen que la historia ha ungido un nuevo líder para dar nueva vida al país y devolverlo a su legítimo lugar en el mundo. Han sido convencidos de que los últimos ocho años eran una distopía “progre” y que lo que está aconteciendo en este momento es, si no la utopía, al menos los primeros pasos en esa dirección.

Es imposible que el núcleo duro de los embelezados por Trump pueda ser convencido de otra cosa. Desprecian a las elites progresistas. No creen en la CNN ni en el New York Times. Muchos de ellos adhieren a teorías descabelladas sobre el islam y los inmigrantes, y las continuas maquinaciones encubiertas del más famoso de los “inmigrantes islámicos”, Barack Obama. Para este núcleo duro de los seguidores de Trump, Estados Unidos podía empezar a desmoronarse, la economía a caer en picado, la comunidad internacional a mirar con desdén el liderazgo de Washington; entonces, continuará creyendo en Trump y el trumpismo. El presidente podría incluso tirotear a algunas personas y sus seguidores más fanáticos no dirían más que “¡Buen disparo, señor presidente!” Recordar: después de que la Alemania nazi se viniera abajo tras la derrota de 1945, un número significativo de alemanes continuaron subyugados por el nacionalsocialismo. En 1947, más de la mitad de aquellos que todavía estaban vivos aún creía que el nazismo era una buena idea que había sido mal realizada.

Pero muchos de los seguidores de Trump –o bien demócratas desafectos, o bien independientes que aborrecen a Hillary Clinton o encallecidos conservadores– no encajan con semejante definición. Algunos ya se han desilusionado profundamente con las payasadas de Donald J. y la carrera por la demolición que sus asesores están planeando desencadenar en el interior del gobierno de Estados Unidos que pueden, a la larga, golpearles duramente. Estos pueden ser recuperados. Este momento es potencialmente el más importante para comenzar una resistencia lo más amplia posible reunida detrás de un patriotismo que denuncie a Trump y Bannon por actividades contra Estados Unidos.

Es aquí, en particular, donde tantas novelas distópicas proporcionan el tipo equivocado de orientación. El final de Trump no vendrá de las manos de una Katniss Everdeen****. En primer lugar, creer que vendrá un salvador que desafiará exitosamente al sistema “totalitario” nos coloca en el interior de la crisis en la que Donald Trump se vendió a sí mismo como el solitario cruzado dispuesto a combatir contra un “Estado profundo” controlado por taimados progresistas y conservadores cobardes, todos ellos con la complicidad de los medios hegemónicos. A los estadounidenses tampoco les ayudará hacer realidad el sueño de sacar su estado de la Unión (¿estás escuchando, California?) o el de algunas personas de refugiarse en la pureza de la política tradicional. Dado que la visión distópica de la administración está basada en el caos y la fragmentación, la respuesta debería ser la unión de quienes se oponen –incluso de quienes puedan oponerse– a lo que en este momento hace Washington.

En tanto lectores, tenemos la libertad de interpretar la ficción distópica. En tanto ciudadanos, podemos hacer algo mucho más subversivo. Podemos reescribir nuestra distópica realidad. Podemos, nosotros mismos, cambiar ese lóbrego futuro. Sin embargo, para hacer eso, necesitaremos crear un relato mejor, incorporar algunos caracteres más interesantes y de colores más vivos y, antes de que sea demasiado tarde, escribir un final mejor, uno que no se despida de nosotros con explosiones, gritos y un fundido a negro.

Notas:

* Traducida al castellano con el nombre de Mirando atrás, editorial Akal, Madrid. (N. del T.)

** Distopía es un lugar imaginario en el que todo lo malo puede ocurrir (véase https://es.wikipedia.org/wiki/Distop%C3%ADa). (N. del T.)

*** Kool-Aid es la marca de una mezcla en polvo saborizada para preparar bebidas, fabricada por Kraft Foods. (N. del T.)

**** Katniss Everdeen es el personaje principal de la trilogía de libros juveniles Los juegos del hambre de la escritora Suzanne Collins. (N. del T.)

John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada recientemente por Dispatch Books y Haymarket Books); Publishers Weekly dice de ella: “se trata de una advertencia escalofriante, seria e intuitiva”. Es director de Política Exterior en el Instituto de Estudios Políticos y colaborador habitual de TomDispatch.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176253/tomgram%3A_john_feffer%2C_next_stop%3A_the_deconstruction_zone/#more

Ese escritor, Rodolfo Walsh

Entrevista al escritor Marcelo Figueras
Ese escritor, Rodolfo Walsh

Claudio Zeiger

Página/12

 

Con la emblemática escena de un jugador de ajedrez que en medio de una partida oye los disparos de la revuelta contra la Libertadora en junio de 1956, se inicia el largo periplo que haría de Rodolfo Walsh el autor de la primera gran denuncia periodística contra la opresión y la injusticia en la Argentina: “Operación masacre”. Acerca de la génesis de este libro, de su angustiante búsqueda de un final con justicia, de la conversión de un escritor correcto en uno genial y, finalmente, en un intelectual clave de la relación entre literatura y política, trata “El negro corazón del crimen”, la novela de Marcelo Figueras que se publica por estos días, cuando se cumplen cuarenta años del asesinato y desaparición de Walsh.

En esta entrevista Figueras reflexiona acerca de los paralelos entre la génesis de esta obra y Kamchatka y cuenta cómo fue que decidió escribir la novela de iniciación de un joven llamado Erre, todavía lejos del mito y la Historia pero ya en plena búsqueda de su destino.

Alguien, hace muchos años, pensó que la historia –con mayúscula o minúscula– era el criminal perfecto: cruel, eficiente y anónimo. Hace muchos años, alguien también pensaba, en términos más simples, que al final la Historia siempre te pasa por arriba. Lo pensaba un compañero de trabajo de Walsh, y el mismo Walsh lo creía acerca de su padre, un derrotado, un llamado a silencio. Pero eso, esa derrota, suave o violenta, sucede “al final”. ¿Al final de qué? De la vida, de una etapa de la vida, de la condición humana. Por estos días, entreverar la historia y los finales no es un tema menor de la Argentina, como tampoco ciertos manejos circulares del tiempo y de las circunstancias que suceden como pura contingencia, sin aparente intervención de un plan maestro. Algo (al final) suena a repetido. Pero la repetición es una de las formas de la vida. La persistencia, también. Los aniversarios suelen ser parte de esos rituales que no siempre son estáticos ni congelados, ni formales ni decorativos. A cuarenta años del asesinato y la desaparición de Rodolfo Walsh (del 25 de marzo de 1977 en adelante), Marcelo Figueras publica una novela sobre la génesis de Operación masacre, el libro que echó a rodar a Walsh por un camino sin retorno, del ajedrez a la vorágine, y también se preguntará muy puntualmente por el tema de los finales, de lo que denomina “la búsqueda del final perfecto”.

Esta fórmula podría tener ecos borgeanos (no del todo desubicados en esta trama) pero no es ajena a la materia de El negro corazón del crimen; un policial que va virando del inglés al norteamericano, del rojo al negro, de lo deductivo a lo empírico, del detective al escritor. Una novela que gira sobre un libro incesante, inacabado, sin final, pero quizás por eso mismo, imperfectamente perfecto. Quizás, en algún momento, Walsh descubrió que esa manera de tratar lo literario, como una urdimbre entretejida con lo real, desbordándolo todo el tiempo, desbordándose a sí misma como literatura, era la mejor manera de superar las nociones de estilo, de evasión, de “novela burguesa” contra las que había luchado toda la vida. Texto imperfecto como la vida, injusto e inacabado como la Historia es, sin embargo, una de las formas de lo perfecto. Aquello que no se obsesiona por imponerle un molde a la realidad sino que en un último gesto, se deja llevar por el río de la Historia, tema de otro texto que se perdió junto con Walsh.

Muchas de estas consideraciones lo ocuparían a Figueras antes de ponerse a escribir El negro corazón del crimen, libro curioso por donde se lo mire a pesar de cierta apertura clásica, de cierta apariencia de artefacto narrativo sobre-personaje-real. ¿Qué es lo que lo vuelve más imprevisible de lo que aparenta? Es, quizás, lo que el autor describe como sus capas debajo de “una piel de policial”. “Un arranque de policial inglés tradicional que desemboca en el negro típico norteamericano: ¿Cómo se prueba que el poderoso es el culpable? Hasta desembocar en algo típico del policial a lo argentino, donde se puede llegar a la verdad pero nunca obtener justicia. Lo máximo que se puede hacer es difundir esa verdad antes de que el sistema te aplaste”, explica Figueras. “Por debajo hay una historia de amor, la de Rodolfo Walsh con Enriqueta Muñiz, una joven española traductora y periodista que lo asistió en la investigación de los fusilamientos de José León Suárez. Hay muy pocos elementos que se saben, aunque en sus últimos años Enriqueta aceptó que el romance fue real. Ella parece un personaje inventado ad hoc para esta trama, pero no lo es. Pero la ausencia de información sobre el affaire me permitió imaginar a Enriqueta libremente y convertirla en personaje fundamental. Y por último, la dimensión del escritor, contar cómo un escritor competente y timorato se convierte en un escritor genial. Ahí el mapa estaba trazado en la escritura del propio Walsh. Si leés en una serie Variaciones en rojo, los artículos de una revista como Leoplan, entre ellos el panegírico del aviador Estívariz, amigo de su hermano militar, que muere en los bombardeos a la Plaza en el 55, un personaje ensalzado con palabras rimbombantes, ves cómo se convierte en otra cosa al enfrentarse con una historia del otro, de otros. Empieza desesperado a buscar un estilo. El personaje finalmente se va construyendo solo a partir del mapa que Walsh dejó trazado con textos que buscan su propia voz”.

Nos animamos a agregar una capa o nivel más de la novela, sobre todo en su tercera parte: una suerte de “ensayo argentino” en trance narrativo, una reflexión dinámica sobre el lugar de Operación masacre y por lo tanto del Walsh emergente de esa experiencia totalizante que empezó en la literatura y lo sumergió en la política, pasando por el testimonio, el periodismo de investigación, la crónica.

Estamos sin dudas frente a  la historia de Operación masacre, sus sucesivas versiones, con agregados y mermas, que van de 1957 hasta  la muerte de Walsh, si uno considera que su “Carta abierta de un escritor a la Junta militar” es insoslayable capítulo de la serie que arrancó con los fusilamientos del 56 y, poco antes, el golpe del 55. Pero, inescindible, es la historia de Rodolfo Walsh. De su construcción como escritor, intelectual y militante. Así que el primer punto, es indagar sobre el origen del proyecto y si de alguna manera, la colocación de Walsh en la cultura argentina (la política y la literaria) y la inevitable entronización de un mito, de una leyenda épica a la altura de grandes próceres de nuestra Historia (la asesina perfecta) no condicionaban la, digamos, libertad de expresión.

La primera respuesta de Figueras remite a una novela-proyecto anterior: Kamchatka. “¿Cómo hablar de los setenta en el 2000 habiendo sido adolescente en ese entonces y para un público que estaba harto de esa historia, y hacerlo guiado solamente por mi necesidad física, orgánica, de hacerlo?”, dispara. “Lo de Walsh surgió un poco así desde el principio. Digamos, trabajar lo folletinesco de la historia de un autor que se ve convertido a la fuerza en detective. No llamarlo Rodolfo Walsh en la novela hasta casi el final sino Erre era más que un recurso literario, una manera de reflejar el proceso del personaje. Y tener todo el tiempo presente la metáfora de Walsh, la que lo guía a él y después es su destino: El fusilado que vive.”

¿Te planteaste cómo lidiar con el mito, el Totem del militante heroico y trágico? ¿Fue algo a abordar o reflexionar previamente?

–Walsh me fascinó siempre. ¿Cómo no iba a hacerlo, si lo tiene todo? Pensaba bien, escribía mejor, tenía coraje, principios… Reunía en un solo envase al intelectual y al hombre de acción. ¡Es el personaje romántico perfecto! Pero nunca se me había cruzado la idea de abordarlo. Se me antojaba difícil lidiar con una persona real que ya había sido llevada al bronce, convertida en el epítome de las virtudes revolucionarias. Por eso me contenté, durante años, con releerlo y admirarlo a la distancia. Pero finalmente apareció el germen de la novela, que me permitía abordar al Walsh que existió antes de ser convertido en el Walsh del bronce. Un pibe de 29 años, casado y con dos hijas, tirando a gorilón, admirador de Borges, cuyo sueño era convertirse en periodista estrella de La Nación como tantos intelectuales de la época. Hasta que la realidad más feroz irrumpe en su vida e irrumpe literalmente, con los soldados que copan su casa de La Plata durante el levantamiento de Valle y empieza a desbaratar sus planes de escritor burgués. Oye a un pibe morir al otro lado de su pared y decide salir del confort de su hogar, de sus aspiraciones clasemedieras. Pero tampoco lo hace por principios: lo que lo deslumbra son las posibilidades narrativas que ofrece el fusilado que vive, que es el modo en que su amigo Quique Dillon describió a Livraga, uno de los sobrevivientes de los fusilamientos del basural. Walsh mismo se encargó de decir que su interés por la historia no tenía que ver con lo político. A su alma de narrador le pareció sensacional, nomás. “Yo sólo quería ganar el Pulitzer”, llegó a decir.

¿Qué pasó entonces, cómo se hizo Walsh?

–Lo que lo enaltece y lo que lo transforma metafísicamente, a fin de cuentas, es el hecho de que Walsh, aun cuando entiende de inmediato que la investigación lo perjudicará más de lo que lo va a beneficiar, se mete igual. Le pone el cuerpo, algo que de ahí en más definirá en qué clase de escritor se va a convertir: uno que no quiere permanecer dentro de los confines de una biblioteca, por infinita que parezca, sino que prefiere salir a la calle y exponerse a tocar y ser tocado, a ser transformado por la experiencia, porque no concibe la posibilidad de ser mejor escritor sin convertirse en una persona mejor; en él este movimiento es dialéctico, una dinámica de retroalimentación. En este sentido, al igual que Kamchatka, El negro corazón del crimen es una novela de iniciación: un relato que describe cómo un personaje verde, inmaduro, se define, encuentra su voz. A este Walsh a medio hacer, aún inmaduro, sí que me le animaba. Pensé que hasta ahí podía darme el cuero. Para el Walsh que ya es Walsh ¡no me da el piné!

TOMAR CONCIENCIA

Cuando al comienzo se hablaba de ciertos hábitos circulares de la Historia, y también de la dificultad de entramar, concebir y ejecutar un final para lo que aparenta no tenerlo, también se hacía referencia al clima de los días que signaron esta entrevista. Figueras acababa de llegar de Olavarría donde asistió al concierto del Indio Solari cuyos efectos son de público conocimiento aunque impredecibles en cómo seguirán. Figueras (al que putearon bastante por las redes y le colgaron el sayo de “el biógrafo oficial del Indio Solari”) en rigor está escribiendo un libro sobre el Indio, una biografía que también andará buscando su final como libro. Evitaremos paralelos impropios sobre Walsh, los indios y las conquistas del desierto de ayer y de hoy. Sí señalaremos que El negro corazón del crimen sale a la consideración del público lector en días de intolerancia y de odio y desprecio por los marginados de la sociedad, excesivamente parecidos a los de los días en que transcurren tanto la novela como su espejo real, Operación masacre y que, en definitiva, lo que subyace a uno y otro periodo, a uno y otro momento histórico, son los dilemas de las personas que tanto padecen a como discurren en la Historia: una toma de conciencia que logre traspasar los blindajes mediáticos (un tema nada menor, si bien en su medida, que debió afrontar el Walsh de Operación Masacre, cuya investigación era rebotada en los grandes diarios serios y cómplices de Aramburu) y lograr que las personas piensen por sí mismas (y sobre sí mismas). Al respecto, Figueras habló muy escuetamente en algún medio sobre los sucesos (el lunes su celular estaba inundado de llamadas de productores de programas que lo buscaban para que siguiera tirando más leña al fuego, cosa que no hizo) y confirma que para el libro sobre el Indio falta bastante, que está en plena elaboración y que, obviamente, continuará.

La pregunta anterior sobre cómo lidiar con el mito Walsh partía de observar en la lectura de todo el libro, pero quizás en especial en la primera parte, que está muy trabajada la “toma de conciencia” walshiana: en la novela es un proceso, largo íntimo, espeso.  

–Es que esa toma de conciencia no es moco de pavo. No se trata de alguien que tan sólo descubre que esta idea es mejor que la anterior. Asumir ese cambio significaba poner en juego la vida entera: archivar sus pretensiones de empleado fijo de La Nación o de cualquier otro medio grande, olvidarse de ganar dinero y de consagrarse profesionalmente a la manera tradicional, arriesgarse a represalias físicas por parte de los militares, convertirse en un perseguido, en un clandestino. Que Clandestino fuese su alias en 1977, cuando la Junta Militar lo perseguía, habla de la conciencia de un destino. Del mismo modo en que la frase que oye por primera vez de boca de Dillon está formulando ya entonces, en diciembre de 1956, su encrucijada final: “Hay un fusilado que vive” se refiere a un joven llamado Juan Carlos Livraga pero eventualmente le quedará mejor a Walsh, cuando el 25 de marzo de 1977 abrace su destino y provoque el fusilamiento en plena calle con que lo abatirá el grupo de tareas que quería secuestrarlo. Aquí Walsh supera finalmente al maestro Borges, porque no sólo se escribe a sí mismo un final inmejorable redactando “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, que es su testamento, y sale al encuentro de su destino como un personaje borgiano, sino que además vive ese final. Le pone el cuerpo por última vez.

¿Se vislumbra algo de esa toma de conciencia en su propia obra, en sus textos?

–Lo otro que me guió la mano con tanta precisión como delicadeza fueron los textos con que Walsh mismo dejó testimonio de su evolución personal, paralela a su desarrollo exponencial como escritor. El narrador de los cuentos policiales de Variaciones en rojo era correcto, eficiente, pero un Bustos Domecq menor. El narrador que asoma en los primeros artículos sobre los fusilamientos es ya un narrador en crisis: pasa de ser engolado a ser sensiblero y a pecar de didactismo. Es un tipo embarcado en la búsqueda desesperada de una voz propia que transcurre en tiempo real, un escritor que, como diría Lou Reed, está growing up in public, crece torpemente a la vista de todo el mundo. Cuando publica la versión por entregas de Operación masacre en la revista Mayoría, ya ha hecho pie. Le pescó la vuelta. Pero a la vez entiende que el trabajo no está terminado, por eso sigue puliendo el libro eternamente. Cambia los acápites, reemplaza un prólogo por otro hasta sentirse satisfecho con la tercera versión que es la única en clave literaria, y resignifica todo el libro, quita y poda de modo implacable hasta que el texto se vuelve esencial. Pero lo que más cambia es el final. Le va agregando y quitando apéndices, siempre insatisfecho. El final perfecto quedará impreso de manera póstuma, cuando la edición de De La Flor le adose la Carta abierta.

Es un poco esa búsqueda del final perfecto, que dijiste te obsesionaba.

–En un sentido muy claro, Walsh terminó de escribir Operación masacre cuando ya estaba muerto. Por eso el fusilado que vive es él: porque lo acribillaron, le partieron el pecho con metralla, pero no lograron acabarlo. Con cada año que pasa, Walsh sigue escribiendo y pensando mejor que nunca. Lean la Carta a la luz de nuestro presente y díganme si estoy equivocado.

WALSH PERSONAJE: WALSH ESCRITOR

Walsh no tenía remilgos para abordar a un personaje real en sus ficciones. Que podían no parecer ficciones pero lo eran. Ahí está, para siempre, “Esa mujer” (¡y para colmo, con un gran personaje ausente!). Walsh tenía un enorme sentido de lo narrativo, de lo que en definitiva, debía ser un escritor. Y esa noción no la perdería por una toma de conciencia ideológica o por una desconfianza hacia el matiz “burgués” de la actividad del escritor de carrera. Como señala Figueras, en rigor, la “toma de conciencia final” fue la del escritor. “Walsh no emprende la escritura de Operación masacre donde procede por ensayo y error, hasta que se deja arrasar por la humanidad de esas personas reales, víctimas del terrorismo de Estado. Sólo se convierte en un escritor magistral, sin importar ya si se trata de ficción o no, cuando asume que escribir es fabricar empatía: dejarse interpelar por otros, probarse pieles ajenas, asumir puntos de vista ajenos… y muy especialmente, los puntos de vista de los desangelados de nuestra sociedad, aquellos cuyas pieles nadie quiere probarse. Me impresionó el hecho de que Walsh, que había tenido una relación tan conflictiva con la escritura de ficciones estrictas  hubiese tomado la decisión que tomó a la hora de redactar su testamento. Porque bien podría haber titulado: Carta abierta de un militante a la Junta Militar, o de un peronista, o de un periodista, pero no. En la hora crucial, eligió definirse como un escritor y ya. Eso es lo que parece haber cifrado la totalidad del valor que creía tener en ese momento: la presunción que, de perdurar de algún modo, lo haría como escritor”.

Hay varios libros citados al final como fuentes y, sobre todo, supongo, lecturas inspiradoras. Pero El negro corazón del crimen es un libro que gira alrededor de otro libro. ¿Cómo decidiste que ibas a releer Operación masacre, como testimonio, documento, novela de non fiction? ¿Todo a la vez?

–La historia real es tan apasionante, que no quise vulnerarla ni siquiera en pos de un efecto dramático. Por eso respeté paso a paso la realidad que encontré durante la investigación. Apelé a la imaginación tan sólo para llenar los huecos, aquello de lo que nada se sabe o no puede ser probado. Mi sueño era que los dos libros pudiesen ser leídos en paralelo o en sucesión infinita, en la medida en que uno cuenta lo que el otro calla y el otro echa luz sobre aquello que el uno trata con discreción. No quería contradecir nada de lo que se cuenta en Operación masacre. Tratándose de un texto genial, me conformaba con escribir su making of. Cuando entrevisté a Horacio Verbitsky, que fue su amigo, me contó que Walsh tenía el proyecto de contar cómo se había desarrollado esa investigación y que le pidió que lo hiciese él mismo. La tragedia argentina torció los destinos de todos y Horacio no pudo escribir esa historia, pero me impresionó que Walsh ya tuviese conciencia del valor potencial de ese making of, de lo que podía revelar el relato de las tribulaciones sufridas para llegar a la verdad. Yo no soy Horacio ni de lejos, pero espero no haber arruinado del todo esa historia tan sublime.

Pensaba en libros que me resuenan en la lectura del tuyo. Pensaba en las novelas “históricas” de Tomás Eloy Martínez, La novela de Perón y Santa Evita, hasta La lengua del malón de Guillermo Saccomanno. Y entonces tengo que pensar que el hilo conductor de todas estas narrativas es el peronismo. ¿Todos los caminos conducen al peronismo, el río desemboca siempre ahí?

-El peronismo es la clave de todo en tanto expresa lo reprimido, en términos psicológicos pero también político policiales. Es el fenómeno que la Argentina no termina de metabolizar y por eso intenta arrancar de cuajo a cada rato, fracasando estruendosamente, mientras la criatura muta y se fortalece. Esa es la verdadera grieta en la que nuestra evolución histórica tiende a encallar, a frenarse: el liberalismo, por llamar de algún modo a los profesionales del expolio, detiene su marcha posible tratando de rematarlo y el peronismo no muere nunca; sufre, sí, pero a la vez se le caga de risa. Si dejaran de dispararle y le permitiesen probar suerte como un partido político más o menos formal, sin tratar de asfixiarlo o corromperlo a cada paso, todos respiraríamos más aliviados. Pero los CEOs no quieren convivir con el peronismo, aun cuando claramente pueden y lo han hecho cuando el peronismo estuvo en el poder. En su ceguera, en su compulsión, insisten en genocidarlo con la misma necedad con que engullen millones que no necesitan ni estarían en condiciones de gastar, aunque viviesen mil años: no pueden evitarlo ni frenarse, es más fuerte que ellos. Y sin embargo el peronismo se multiplica y se le cuela por todas partes, entre ellas a través del arte. Los artistas más legendarios de la Argentina son peronistas, o lo han sido en algún momento o al menos brotaron de su humus: Discépolo, Oesterheld, Favio, el Indio Solari. Son aquellos que no sienten complejo alguno persiguiendo la excelencia de su arte, sin que esto signifique cortar amarras con la sensibilidad popular. En cambio esta banda de chetos… ¿Conocés algún gobierno de piel liberal que haya sido más pobre que este en materia de producción cultural?

Por ahora no.

–Crecimos bajo la loza asfixiante de una academia que preconizaba que la literatura debía ser estilo y nada
más.

Lo justificaban con argumentos de la crítica, que escondían una mezcla de conservadurismo político y estético y una regia dosis de autocensura inoculada por el cagazo a la dictadura. Por eso todos los escritores que se animaron a contaminar su narrativa con la realidad y sus temas, aun cuando ello no suponía hacer realismo, no han sido incorporados al andamiaje crítico; no les hacen lugar, siguen siendo literalmente ex-céntricos. Yo reconozco una afinidad con la literatura de Tomás Eloy y con la de Guillermo, más allá de las diferencias de estilo. Pero mi referencia principal ha sido siempre Walsh, desde que le eché el ojo por primera vez. Porque él solito dinamita la falsa dicotomía con que nos llenaron el buche durante décadas, oponiendo estilo a literatura de segunda. El tipo labró un estilo que es tan sólido y depurado como el de Borges. Y más próximo a mi paladar, mi experiencia y mis intereses, por cierto. Pero no lo aplicó a hablar tan sólo de literatura o de devaneos metafísicos sino de temas terrenales, aquellos que le parecían más relevantes. Que no fueron sólo políticos e históricos: hablo también de angustias existenciales y de las emociones más profundamente humanas. Para no sentir empatía con los pibitos del ciclo de cuentos de irlandeses, tenés que ser de piedra. Por eso creo que hasta los medios conservadores prefieren recordarlo como militante antes que como escritor, porque interpretan que como militante fue vencido pero como escritor les sigue cagando el estofado que siempre amarrocaron para sí.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/26481-ese-escritor

Por qué seguirá ganando el sistema

Indignación y protestas por todo Occidente
Por qué seguirá ganando el sistema

 

Le Monde Diplomatique

 

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Brexit, victoria de Trump, movimientos populistas de Europa: desde la izquierda a la derecha, Occidente protesta contra las ortodoxias neoliberales y globalistas de los últimos 40 años.

Hace 25 años era usual utilizar el término “movimientos antisistema” (1) para caracterizar a fuerzas de la izquierda que se alzaban contra el capitalismo. Actualmente no ha perdido relevancia en Occidente, aunque ha cambiado su significado. Los movimientos de revuelta que se han multiplicado en la última década ya no se rebelan contra el capitalismo, sino contra el neoliberalismo —flujos financieros desregulados, servicios privatizados y aumento de la desigualdad social, esa variante específica del reinado del capital establecido en Europa y Estados Unidos desde la década de 1980. El orden económico y político resultante ha sido aceptado casi indistintamente por gobiernos de centro derecha y de centro izquierda, de acuerdo con el principio fundamental de la pensée unique, el dictado de Margaret Thatcher de que “no hay alternativa”. Actualmente se presentan dos tipos de movimientos contra este sistema. El orden establecido los tilda de amenaza del populismo, ya sea de derecha o de izquierda.

No es casual que estos movimientos aparecieran antes en Europa que en Estados Unidos. Sesenta años después del Tratado de Roma, la razón es clara. El mercado común de 1957, un producto de la comunidad del carbón y del acero del Plan Schuman, concebido tanto para evitar cualquier retorno de un siglo de hostilidades franco-alemanas como para consolidar el crecimiento económico de la postguerra en Europa occidental, fue el producto de un período de pleno empleo y aumento de los ingresos populares, afianzamiento de la democracia representativa y desarrollo de los sistemas de bienestar. Sus disposiciones comerciales incidieron muy poco en la soberanía de las naciones que lo formaban, que resultaron más fortalecidas que debilitadas. Los presupuestos y los tipos de cambio los determinaban internamente los parlamentos nacionales que tenían que rendir cuentas al electorado nacional y en los que se debatían enérgicamente políticas opuestas políticamente. París rechazó los intentos de agrandarse de la Comisión de Bruselas. No sólo Francia bajo la dirección de Charles de Gaulle, sino también, a su propia manera más discreta, Alemania Occidental bajo Konrad Adenaue siguieron unas políticas exteriores independientes de Estados Unidos y capaces de desafiarlo.

El final de los trente glorieuses supuso un cambio fundamental para esta construcción. Como analiza el historiador estadounidense Robert Brenner, (2) desde mediados de la década de 1970 el mundo capitalista avanzado entró en una larga recesión: tasas de crecimiento más bajas y aumentos más lentos de productividad década tras década, menos empleo y mayor desigualdad, salpicados de fuertes recesiones. Desde la década de 1980 se invirtieron las direcciones políticas, empezando en Reino Unido y Estados Unidos para a continuación extenderse a Europa gradualmente: se recortaron los sistemas de bienestar, se privatizaron las industrias y servicios públicos, y se desregularon los mercados financieros. Había llegado el neoliberalismo. En Europa esto ocurrió con el tiempo para adoptar una forma institucional excepcionalmente rígida: la cantidad de Estados miembros de lo que era la Unión Europea se multiplicó por más de cuatro al incorporar una vasta zona de bajos salarios en el este.

Austeridad draconiana

Desde la unión monetaria (1990) al Pacto de Estabilidad (1997) y después el Acta del Mercado Único (2011) se anularon los poderes de los parlamentos nacionales en una estructura supranacional de autoridad burocrática protegida de la voluntad popular, tal como había profetizado el economista ultraliberal Friedrich Hayek. Una vez instalada esta maquinaria se pudo imponer a los electorados indefensos la austeridad draconiana bajo la dirección conjunta de la Comisión y una Alemania reunificada, ahora el Estado más poderoso de la Unión, donde importantes pensadores anuncian francamente su vocación de hegemonía continental. Externamente, en el mismo periodo la UE y sus miembros dejaron de desempeñar cualquier papel significativo en el mundo contrario a las directrices estadounidenses y se convirtieron en la vanguardia de las políticas de una nueva Guerra Fría respecto a Rusia establecidas por Estados Unidos y pagadas por Europa.

Así pues, no es de extrañar que al desobedecer la voluntad popular en los sucesivos referendos e incorporar al derecho constitucional los decretos presupuestarios, el cada vez más oligárquico elenco de la UE haya generado tantos movimientos de protesta en su contra. ¿Qué panorama ofrecen estas fuerzas? En el núcleo de la UE anterior a la ampliación, la Europa occidental de la era de la Guerra Fría (la topografía de Europa oriental es tan diferente que se puede dejar de lado a este respecto), los movimientos de derecha dominan la oposición al sistema en Francia (Frente Nacional), los Países Bajos (Partido para la Libertad, PVV), Austria (Partido de la Libertad de Austria), Suecia (Demócratas Suecos), Dinamarca (Partido del Pueblo Danés), Finlandia (Finlandeses Verdaderos), Alemania (Alternativa para Alemania, AfD) y Gran Bretaña ([Partido de la Independencia de Reino Unido] UKIP).

En España, Grecia e Irlanda han predominado los movimientos de izquierda: Podemos, Syriza y Sinn Fein. De manera excepcional, Italia tiene tanto un fuerte movimiento antisistémico de derecha en Lega como otro aún mayor más allá de la división izquierda/derecha en el Movimiento Cinco Estrellas (M5S): su retórica extraparlamentaria sobre las tasas y la inmigración lo sitúa a la derecha aunque a la izquierda lo sitúan su trayectoria parlamentaria de continua oposición a las medidas neoliberales del gobierno de Matteo Renzi (particularmente respecto a la educación y a la desregulación del mercado laboral) y su papel fundamental en la derrota de la apuesta de Renzi para debilitar la constitución democrática de Italia (3). Se puede añadir Momentum, que surgió en Gran Bretaña tras la inesperada elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista. Todos los movimientos de derecha excepto AfD son anteriores a la crisis de 2008; algunos se remontan a la década de 1970 e incluso antes. Syriza creció y M5S, Podemos y Momentum nacieron a consecuencia directa de la crisis financiera.

El hecho fundamental es el mayor peso global de los movimientos de derecha respecto a los de izquierda, tanto por la cantidad de países donde tienen ventaja como por fuerza de voto. Ambos son reacciones a la estructura del sistema neoliberal, que encuentra su expresión más marcada y concentrada en la actual UE, con su orden basado en la reducción y privatización de los servicios públicos, la derogación del control y la representación democráticos, y la desregulación de los factores de producción. Los tres están presentes a nivel nacional en Europa, como en otras partes, pero tiene un nivel mayor de intensidad a nivel de la UE, como atestiguan la tortura de Grecia, el hecho de pisotear los referendos y la magnitud del tráfico de personas. En el ámbito político esas son las cuestiones que más preocupan a la población y mueven las protestas contra el sistema respecto a la austeridad, la soberanía y la inmigración. Los movimientos antisistema se diferencian por la importancia que otorgan a cada uno, a qué color de la paleta neoliberal son más hostiles.

Los movimientos de derecha predominan sobre los de izquierda porque desde muy pronto hicieron suya la cuestión de la inmigración jugando con las reacciones xenófobas y racistas para lograr un amplio apoyo entre los sectores más vulnerables de la población. Con excepción de los movimientos en los Países Bajos y Alemania, que creen en el liberalismo económico, eso está típicamente vinculado (en Franca, Dinamarca, Suiza y Finlandia) no a la denuncia del Estado de bienestar sino a su defensa; se afirma que la llegada de inmigrantes lo mina. Pero sería erróneo atribuir toda su ventaja a esta carta, en ejemplos importantes (el Frente Nacional (FN) en Francia es el más significativo) también tienen ventaja en otros frentes.

La unión monetaria es el ejemplo más obvio. La moneda única y el Banco Central, diseñados en Maastricht, han hecho de la austeridad y la negación de la soberanía popular un sistema único. Los movimientos de izquierda pueden atacarlos tan vehementemente como cualquier movimiento de derecha, si no más. Pero las soluciones que proponen son menos radicales. A la derecha, el FN y Lega tiene remedios claros para las tensiones de la moneda única y la inmigración: salir del euro y detener el flujo. A la izquierda, con excepciones aisladas, nunca se han hecho unas demandas tan inequívocas. En el mejor de los casos, se sustituyen por ajustes técnicos de la moneda única, demasiado complicados para tener mucha aceptación popular, y por alusiones vagas y avergonzadas a las cuotas, que los votantes no entienden tan fácilmente como las francas propuestas de la derecha.

El reto de la cada vez mayor emigración

La inmigración y la unión monetaria crean dificultades especiales a la izquierda por razones históricas. El Tratado de Roma se basó en la promesa del libre movimiento de capital, mercancías y mano de obra dentro de un mercado común europeo. Mientras la Comunidad Europea estuvo confinada a países de Europa occidental, los factores de producción donde más importaba la movilidad eran el capital y las mercancías: en general la migración a través de las fronteras internas de la Comunidad eran bastante escasa. Pero a finales de la década de 1960 ya eran significativas las cifras de mano de obra inmigrante procedente de las antiguas colonias africanas, asiáticas y caribeñas, y de regiones semicoloniales del antiguo imperio Otomano. Más adelante la ampliación de la UE hacia el este de Europa incrementó drásticamente la migración interna de la UE. Por último, las aventuras neoimperialistas en las antiguas colonias del Mediterráneo —el bombardeo de Libia y el alimentar por intermediación la guerra civil en Siria— han provocado grandes oleadas de refugiados a Europa, junto con represalias terroristas por parte de militantes procedentes de una región en la que Occidente continua instalado como cacique, con sus bases, sus bombarderos y sus fuerzas especiales.

Todo esto ha provocado xenofobia: los movimientos antisistema de derecha se han alimentado de ella y los movimiento de izquierda han luchado contra ella leales a la causa del internacionalismo humano. Los mismos compromisos subyacentes han llevado a la mayor parte de la izquierda a oponer resistencia a cualquier idea de acabar con la unión monetaria, lo que se considera una regresión a un nacionalismo responsable de las pasadas catástrofes de Europa. Para ellos el ideal de unión europea sigue siendo un valor esencial. Pero la actual Europa de integración neoliberal es más coherente que cualquiera de las vacilantes alternativas que han propuesto hasta ahora. Austeridad, oligarquía y movilidad de factores forman un sistema interrelacionado. La movilidad de factores no se puede separar de la oligarquía: históricamente no se ha consultado a ningún electorado europeo acerca de la llegada de mano de obra extranjera o sobre la magnitud de esta; esto siempre ocurría a su espalda. La negación de la democracia, que se convirtió en la estructura de la UE, excluía desde el principio cualquier opinión acerca de la composición de su población. El rechazo de esta Europa por parte de movimientos de derecha es más consecuente políticamente que el de la izquierda, otra razón de la ventaja de la derecha.

Unos niveles récord de descontento de los votantes

La llegada de M5S, Syriza, Podemos y el AfD marcó un aumento del descontento popular en Europa. Las encuestas actuales registran unos niveles récord de desafección de los votantes a la UE. Pero, ya sean de derecha o de izquierda, el peso electoral de los movimientos antisistema sigue siendo limitado. En las últimas elecciones europeas los tres mejores resultados para la derecha —UKIP, el FN y el Partido del Pueblo Danés— supusieron aproximadamente el 25 % de los votos. En elecciones nacionales la cifra media en toda Europa occidental para estas fuerzas de derecha y de izquierda unidas es de aproximadamente el 15 %. Este porcentaje de electorado supone una amenaza pequeña para el sistema; el 25 % puede representar un quebradero de cabeza, pero a día de hoy el “peligro populista” del que alertan los medios sigue siendo muy modesto. Los únicos casos en los que un movimiento antisistema ha llegado, o pareciera que podría llegar, al poder son aquellos en los que un mal reparto deliberado de escaños, a través de una prima electoral creada para favorecer a la clase dirigente, sale mal o puede salir mal, como en Grecia e Italia.

En realidad, existe una enorme diferencia entre el grado de desilusión popular con la actual UE neoliberal (el verano pasado las mayorías en Francia y España expresaron su aversión a ella e incluso en Alemania apenas la mitad de las personas encuestas tenía una opinión positiva de ella) y la magnitud del apoyo a fuerzas que se declaran contrarias a ella. Es común la indignación o la aversión por aquello en lo que se ha convertido la UE, pero desde hace algún tiempo el determinante fundamental de las pautas de las elecciones europeas ha sido, y sigue siendo, el miedo. Se detesta de manera generalizada el status quo socioecónomico, aunque este es ratificado regularmente en las elecciones con la reelección de aquellos partidos que son responsables de él debido al temor a que alterar dicho estatus y alarmar a los mercados conlleve una miseria aún mayor. La moneda única no ha acelerado el crecimiento en Europa y ha infligido enormes penalidades a los países del sur más afectados. Pero la posibilidad de una salida aterroriza incluso a aquellas personas que ahora saben cuánto han sufrido por ella. Hay más miedo que ira. De ahí la conformidad del electorado griego con la capitulación de Syriza ante Bruselas, los reveses de Podemos en España, el arrastrar de pies del Parti de Gauche en Francia. Lo que subyace en todas partes es lo mismo. El sistema es malo, hacerle frente es arriesgarse a un castigo.

Entonces, ¿cómo se explica el Brexit? En toda la UE se teme a la inmigración masiva. Ese temor lo fomentó la campaña a favor de la salida en Reino Unido, campaña en la que Nigel Farage fue un destacado orador y organizador, junto con importantes conservadores. Pero por sí misma la xenofobia no es en absoluto suficiente para tener más peso que el temor a un colapso económico. En Inglaterra, como en todas partes, ha ido creciendo a medida que un gobierno tras otro mentía acerca de la magnitud de la inmigración. Pero si el referéndum sobre la UE hubiera sido simplemente una contienda entre estos miedos, como trató de hacer la clase dirigente política, sin lugar a dudas el voto a favor de permanecer habría ganado por un amplio margen, como ocurrió en el referéndum de 2014 sobre la independencia escocesa.

Había otros factores. Después de Maastricht la clase política británica rechazó la camisa de fuerza del euro, solo para seguir con un neoliberalismo nativo más drástico que cualquiera de los del continente: en primer lugar, el desmedido orgullo financializado del Nuevo Laborismo que sumió a Gran Bretaña en una crisis bancaria antes que cualquier otro país de Europa, a continuación un gobierno conservador-liberal demócrata de una austeridad más drástica que cualquiera de las generadas en Europa sin una coacción externa. Los resultados de esta combinación son únicos económicamente. Ningún otro país europeo se ha polarizado tan drásticamente por regiones entre metrópolis encerradas en una burbuja y con altos ingresos en Londres y el sudeste, y un norte y noreste empobrecidos y desindustrializados donde los votantes consideran que tienen poco que perder votando a favor de salir (que, significativamente, es una perspectiva más abstracta que abandonar el euro), pasara lo que pasara a la City y la inversión extranjera. El miedo contó menos que la desesperación.

Desde el punto de vista político, tampoco ningún otro país europeo ha manipulado tan descaradamente un sistema electoral: UKIP era el mayor partido británico individual en Estrasburgo bajo representación proporcional en 2014, pero un año más tarde, con el 13 % de los votos, obtuvo una sola plaza en Westminster, mientras que el Partido Nacional Escocés, con menos del 5 % obtuvo 55 escaños. Según los intercambiables regímenes laborista y conservador producidos por este sistema, los votantes situados en la parte inferior de la pirámide de ingresos dejaron de votar. Pero cuando de pronto se les concedió, por una vez, una verdadera posibilidad en un referéndum nacional, regresaron en masa para dar su veredicto sobre las devastaciones de Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron.

Por último, y de forma contundente, está la histórica diferencia entre Gran Bretaña y el continente Durante siglos el país no solo fue un imperio que empequeñeció culturalmente a cualquier rival europeo, sino que, a diferencia de Francia, Alemania, Italia o la mayor parte del resto del continente no sufrió derrota, invasión u ocupación alguna en ninguna de las dos Guerras Mundiales. Por lo tanto, la expropiación de los poderes locales por parte de una burocracia en Bélgica estaba más abocada al fracaso que en otros lugares: ¿Por qué un Estado que había derrotado dos veces el poder de Berlín habría de someterse a la mezquina intromisión de Bruselas o Luxemburgo? Las cuestiones de identidad podrían superar más fácilmente a las cuestiones de interés que en el resto de la UE. Así pues, no funcionó la fórmula normal (el miedo a un castigo económico es superior al miedo a la inmigración extranjera), resentida por una combinación de desesperación económica y amour-propre nacional.

Estados Unidos salta en la oscuridad

Estas fueron también las condiciones en las que un candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos con unos antecedentes y un temperamento sin precedentes (abominable a ojos de la opinión bipartidista dominante, sin hacer el menor intento de ajustarse a los códigos aceptados de conducta civil o política, y que no gusta a muchos de sus votantes) pudo atraer a suficientes trabajadores blancos del cinturón industrial despreciados como para ganar las elecciones. Como en Gran Bretaña, la desesperación fue mayor que la aprensión en las regiones proletarias desindustrializadas. También ahí y de una manera mucho más cruda y abierta, en un país con una historia más profunda de racismo nativo, se denunció a los inmigrantes y se exigieron muros, tanto físicos como procedimentales. Sobre todo, el imperio no era un recuerdo lejano del pasado, sino un vívido atributo del presente y una reivindicación natural respecto al futuro, aunque había sido dejado de lado por quienes estaban en el poder en nombre de una globalización que significó la ruina para la gente común y la humillación para su país. El eslogan de Donald Trump era “Make America Great Again” [Que Estados Unidos vuelva a ser grande*], que logró deshacerse de los fetiches del libre movimiento de productos y mano de obra, e ignorar las ataduras y devociones del multilateralismo: no se equivocaba al proclamar que su triunfo era un ostensible Brexit. Fue una revuelta mucho más espectacular ya que no se limitó a una única (y para la mayoría de la gente, simbólica) cuestión y careció de toda respetabilidad de la clase dirigente o bendición mediática.

La victoria de Trump ha sumido a la clase política europea, centro derecha y centro izquierda unidos, en una indignada consternación. Es bastante malo romper las convenciones establecidas sobre la inmigración. Puede que la UE haya tenido pocos escrúpulos en encerrar a los refugiados en la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, con sus decenas de miles de presos políticos, su tortura policial y la suspensión de lo que se entiende por el imperio de la ley, o en mirar hacia otro lado ante las barricadas de alambre de espino en toda la frontera norte de Grecia para mantener a los refugiados en las islas del Egeo. Pero, respetando las convenciones diplomáticas, la UE nunca se ha vanagloriado abiertamente de sus exclusiones. La falta de inhibición de Trump en estas cuestiones no afecta directamente a la UE. Lo que sí le afecta, y es motivo de una preocupación mucho más grave, es su rechazo de la ideología del libre movimiento de factores de producción y, aún más, su displicente indiferencia por la OTAN y sus comentarios acerca de mantener una actitud menos beligerante con Rusia. Habrá que ver si algo de esto es más que un gesto que pronto caerá en el olvido, como muchas de sus promesas referentes a cuestiones internas. Pero su elección ha materializado una importante diferencia entre una serie de movimientos antisistema de derecha o de un centro ambiguo y partidos de izquierda, rosas o verdes convencionales. En Francia e Italia los movimientos de derecha se han opuesto sistemáticamente a las políticas de la nueva Guerra Fría y a las aventuras militares aplaudidas por los partidos de izquierda, incluyendo el bombardeo sobre Libia y las sanciones a Rusia.

El referéndum británico y las elecciones estadounidenses fueron unas convulsiones antisistema de la derecha, aunque estuvieron flanqueadas por significativos incrementos antisistema de la izquierda (el movimiento de Bernie Sanders en Estados Unidos y el fenómeno de Corbyn en el Reino Unido), de menor escala, aunque menos esperados. No estará claro qué consecuencias tendrán Trump o el Brexit, aunque sin duda serán más limitadas que las predicciones actuales. El orden establecido está lejos de estar derrotado en ninguno de los dos países y, como ha demostrado Grecia, es capaz de absorber y neutralizar a una velocidad impresionante las revueltas desde cualquier dirección. Entre los anticuerpos que ya ha generado están los simulacros yuppies de avances populistas (Albert Rivera en España, Emmanuel Macron en Francia), que arremeten contra los callejones sin salida y corrupciones del presente, y prometen una política más limpia y dinámica en el futuro, más allá de los partidos decadentes.

Está clara la enseñanza de los últimos años para los partidos antisistema de izquierda en Europa. Para no ser superados por los movimientos de derecha no se pueden permitir ser menos radicales a la hora de atacar el sistema y deben ser más coherentes en su oposición a este. Eso significa hacer frente a la probabilidad de que la UE sea ahora tan dependiente de decisiones previas en su condición de construcción neoliberal que ya no se pueda pensar seriamente en reformarla. Habría que deshacerla antes de poder construir algo mejor, ya sea rompiendo la actual UE o reconstruyendo Europa sobre otras bases y arrojando Maastricht al fuego. A menos que se produzca otra crisis económica más profunda, ninguna de las dos opciones es muy probable.

Notas:

(1) Por parte de Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi y otros.

(2) Robert Brenner, The Economics of Global Turbulence: the Advanced Capitalist Economies from Long Boom to Long Downturn 1945-2005, Verso, Nueva York, 2006.

(3) Raffaele Laudani, ‘Renzi’s fall and Di Battista’s rise’, Le Monde diplomatique, edición inglesa, enero de 2017.

* [N. de la t.: Para la traducción de este eslogan véase el interesante artículo ¿Cómo traducir ‘Make America Great Again’? Esta traductora se ha permitido añadir otra discrepancia: para los estadounidenses el nombre de su país es “America”, ignorando al los demás habitantes tanto de América del Norte como de América Central y Sur.

Perry Anderson enseña historia en la Universidad de California, Los Angeles, y su obra más reciente es The H-Word: the Peripeteia of Hegemony, Verso, Londres, 2017.

Fuente: http://mondediplo.com/2017/03/02brexit

Cuando la izquierda vota por un banquero

Cuando la izquierda vota por un banquero

Sebastián Vallejo

El Telégrafo
O bien esta segunda vuelta está desenmascarando a la izquierda, o la izquierda desorientada se creyó el cuento aquel del neoliberalismo democratizador. La semana anterior el Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador (PCMLE), y creo que en este punto es importante expandir el acrónimo y enfatizar su calidad de Comunista, Marxistas y Leninista, anunció su apoyo a la candidatura de Guillermo Lasso, el banquero, el neoliberal, la personificación de un modelo capitalista de acumulación y segregación. A la voz de “Fuera, Correa, Fuera”, el PCMLE argumentó que tomará la “posición del lado del pueblo, de enfrentar y derrotar al principal enemigo de la Patria y la Democracia”, dándole el voto a Lasso.

Las bases sociales, los sindicatos, los movimientos sociales tienen una larga lista de agravios que el gobierno de Rafael Correa ha cometido en contra de ellos. Como ya lo he mencionado antes, los límites del modelo político y económico desarrollista y poco plural de la Revolución Ciudadana han alienado a quienes deberían ser los aliados naturales de un proceso que se dice de izquierda. Es decir, no solo que es comprensible su rechazo a la candidatura de Moreno, sino que este debió ser un tiempo de reconstrucción y autocrítica para conjugarse como una verdadera fuerza política en el futuro, precisamente para combatir y limitar los avances neoliberales de los próximos cuatro años.

Sin embargo, la posición adoptada por el PCMLE contradice lo que debería ser un principio de base de un movimiento de izquierda, más aún uno que se autoproclama Marxista y Leninista. Porque el apoyo a Lasso no presupone la democratización del régimen, si el razonamiento detrás de su apoyo fuera ese. La represión a los movimientos sociales en el Ecuador tiene larga data, y los diez años de Revolución Ciudadana no han cambiado esas dinámicas. Pero votar por la derecha, en especial por esa derecha conservadora y, ahora más claro que nunca, intolerante y violenta, es, no solo es únicamente cambiar el color de la bota, sino también perder cualquier tipo de legitimidad ideológica y política como izquierda. Es desperdiciar la oportunidad de reforzar y reposicionar los movimientos, apropiarse de espacios políticos perdidos, retomar discursos. Peor aún, es permitir que un gobierno como el de Lasso termine absorbiendo lo que queda de la izquierda organizada.

Y no son los únicos que han adoptado esta posición. Paco Moncayo se decantó tempraneramente por Lasso. Lo siguieron algunos dirigentes del movimiento indígena y luego se sumaron otras voces de la Izquierda Democrática.  Sucumbieron, al final, a esa posición de Torquemada que asumieron los voceros de Lasso, donde todo aquel que no está con Lasso está atentando contra la democracia. Se está volviendo costumbre que los mejores aliados del capital sean los partidos de izquierda. ¿Podrán regresar de esto? Difícil. Será su estigma histórico. Perdida estará su legitimidad como representantes de los “intereses del pueblo”, como combatientes de un sistema burgués que reparte el poder de acuerdo a la capacidad de acumulación. Es más, reivindicarán al poder del capital: habrán votado por un banquero. (Y no cualquier banquero, un banquero con una historia nefasta).

La concentración del poder previo al 2007 fue una de las causas que desencadenó en la elección de Correa. La reacción a la pugna de poder históricamente controlado por la burguesía creó un cambio en las relaciones de poder. La visualización de estas contradicciones no significó la resolución de las contradicciones. Si bien no hubo una verdadera democratización de la distribución del poder, las preferencias de las élites fueron reveladas, cuestionadas, creando nuevos discursos y divisiones. La Revolución Ciudadana nunca buscó la transformación de estas asimetrías, pero sí creó el momento histórico para cuestionarlas. La izquierda lo está botando a la basura.

Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/cuando-la-izquierda-vota-por-un-banquero

“El mundo árabe ha entrado en un proceso revolucionario de largo plazo”

“El mundo árabe ha entrado en un proceso revolucionario de largo plazo”

Catherine Calvet y Hala Kodmani

Libération

 

Traducido del francés para Rebelión por Susana Merino

Apoyándose en Siria y Egipto, el investigador franco-libanés analiza en su último libro el contragolpe a las primaveras árabes de 2011, comparándolo con la revolución de 1789; una transición democrática violenta que podría prolongarse por años pero considerada posible.

En su último libro Symptômes morbides, la rechute du soulèvement arabe (Actes Sud), el catedrático y escritor franco-libanés Gilbert Achcar analiza el contragolpe de las revoluciones de 2011 o el asalto de las contrarrevoluciones. Cómo había señalado en Le peuple veut (Actes Sud 2013) la región ha iniciado un proceso revolucionario de larga duración. Los sobresaltos podrían llegar a durar varios decenios. Lejos de ser “las revoluciones de terciopelo” de Europa del Este, se trata aquí de un ciclo violento más parecido al de la Revolución Francesa. Poniendo el acento en Siria y Egipto, Achcar insiste sobre los errores de las fuerzas democráticas laicas frente a un islamismo político más estructurado y sobre todo más apoyado por las fuerzas regionales reaccionarias. Porque como escribe en las conclusiones de Symptomes morbides, “la clave para que una futura primavera árabe se transforme en primavera permanente es la construcción de directivas progresistas resueltamente independientes que cruelmente han faltado hasta ahora”. Según él el proceso está en marcha y la generación que abordó la iniciativa de las primaveras de 2011 se mantiene activa.

En la Introducción usted explica hasta qué punto son diferentes las transiciones democráticas. Luego de las revoluciones de terciopelo de Europa del Este, se espera que también en el Oriente Próximo se produzca una evolución no violenta. Como si finalmente hubiera llegado el fin de la historia… 

La categoría de las “transiciones democráticas” es mucho más amplia. Se han juntado ejemplos muy diferentes: desde los países latinoamericanos de los años 80 hasta los del sur de Europa de los años 70 y hasta los cambios ocurridos en Europa oriental en los años 90.

Europa del Este, como el mundo árabe, ha permanecido congelada durante decenios. Pero es muy difícil compararla con otras regiones, porque las clases dirigentes no eran las clases terratenientes sino un una burocracia de funcionarios dedicados al Estado o al Partido. El sistema se ha hundido luego de un largo estancamiento. Y el cambio fue radical aunque sí menos violento. Todo cambió, la economía, lo social y la política. Los miembros de esas burocracias no estaban dispuestos a sacrificarse por el Partido y la economía de mercado podía ofrecerles otras alternativas para el futuro.

 

A propósito del mundo árabe, usted menciona los regímenes patrimoniales… 

Tanto Siria como Libia y las ocho monarquías de la región son estados patrimoniales en el sentido más profundo: los dirigentes son dueños del Estado. En dos de las “repúblicas” las familias reinantes están en el poder, como en las monarquías del Golfo, en Jordania y en Marruecos. Hafez-al-Assad, reformó completamente el aparato del Estado en los años 70, refundando las tropas de élite para transformarlas en una especie de guardia pretoriana. Como Gadafi en Libia, que disolvió el ejército para poner en su lugar un aparato militar a su servicio. En todos esos países existe un vínculo orgánico entre las familias reinantes y las fuerzas armadas. También existen entre los países árabes los Estado neopatrimoniales, en los que existe un fuerte nepotismo pero en los que la institución no está totalmente sometida a los dirigentes, como en Egipto. El ejército egipcio no estuvo jamás al servicio de alguno. Existió siempre una relación de fuerza entre el presidente y la institución y cuando Mubarak quiso transmitirle el poder a su hijo la oposición de los militares, lo impidió.

 

¿Entonces hace falta una revolución para cambiar de régimen? 

Los Estados patrimoniales son sistemas muy duros. No es posible realizar en ellos una transición pacífica y puede tardar decenios. Los mejores ejemplos son los de Francia o Gran Bretaña, en los que los procesos revolucionarios duraron más de una generación. En Francia el proceso concluye al cabo de un siglo, luego de haber ensayado entre 1789 y 1870 todos los regímenes posibles desde el Imperio hasta la Restauración. El mundo árabe ha entrado en ese tipo de largo proceso. Apenas estamos en el sexto aniversario del levantamiento. En Francia, seis años después de 1789, acababa de terminar el Terror, se instalaba el Directorio y el país se hallaba ensangrentado.

 

Usted demuestra como finalmente triunfaron dos formas de contrarrevolución 

Estos conflictos son triangulares. En cada ocasión surgen dos polos reaccionarios, el viejo régimen despótico y las fueras integristas islámicas… En Siria se pasó de una oposición representada en 2011 por opositores intelectuales laicos a la de los rebeldes como el jefe del Ejército del Islam, Mohamed Allouche, convertido en el negociador principal. Sería terrible tener que elegir entre Allouche y Al-Assad. Aunque puede decirse con seguridad que Al-Assad tiene las manos más manchadas de sangre. El empuje revolucionario ha sido completamente marginado. Se ha producido una degeneración del proceso revolucionario y una gran frustración en las aspiraciones populares. Se ha conformado en la región un eje integrado por los viejos regímenes conscientes de que tienen algo en común que defender.

 

¿Tenían otras opciones los movimientos democráticos que las alianzas con los islamistas o los poderes establecidos? 

Ese fue el gran error de las fuerzas democráticas de oposición. Uno puede aliarse puntualmente en el terreno, como por ejemplo en la plaza Tahir, pero no se puede establecer una alianza política de largo plazo con una fuerza como la de los Hermanos Musulmanes, mucho más estructurada que la oposición democrática. Esto termina sometiéndose a un movimiento más poderoso y reaccionario. En Siria este tipo de acuerdos entre dos oposiciones se produjeron en 2011, con militantes progresistas surgidos del antiguo Partido Comunista sirio.

 

¿Tenía alguna chance esa oposición democrática y progresista de 2011 aun apoyada por Occidente, en Egipto por ejemplo? 

Usted tiene razón, la responsabilidad no es toda de Occidente. Las variadas fuerzas progresistas no fueron capaces de conformar un tercer polo. Van a transitar de una alianza a otra sin lograr ofrecer una vía independiente. En Egipto pasan de los Hermanos Musulmanes a los militares; en Siria integraron una alianza con los Hermanos Musulmanes que les resultó fatal, puesto que fue aprovechada por ellos. Las únicas alianzas que hubieran podido sostener las aspiraciones democráticas son los EE.UU. y más generalmente Occidente… Esto está muy claro en el caso de Siria. Pero soltándole la mano al eje Turquía-Países del Golfo. Barak Obama sacrificó la vía democrática y facilitó la deriva integrista.

 

Usted es muy duro con Obama, ¿cree que su balance en Oriente Próximo sería peor que el de Bush? 

Peor no. Se trata de una operación en dos tiempos. Los estadounidenses provocaron primero la destrucción de Irak y a continuación no impidieron la aniquilación de Siria. En el primer caso se trató de una intervención directa, en el segundo se podría decir la falta de ayuda a un pueblo en peligro. Obama vetó la entrega de armas antiaéreas a la oposición siria. Pero tampoco puede decirse que no haya habido ninguna intervención de la administración de Obama. Fue una manera de intervenir. Constituyó un factor clave para las victorias de Al-Assad pero también para la destrucción del país. Su desintegración no fue hecha a golpes de fusil o de cohetes sino a base de bombardeos. Primero por el ejército de Assad y luego por los rusos. La otra responsabilidad directa de Obama es haber transferido a las monarquías del Golfo el asunto sirio. Una revolución democrática en Siria es tan peligrosa para las dinastías reinantes en el Golfo como para la familia Assad. La oposición laica siria fue forzosamente sacrificada.

 

¿Cuál fue el papel de los estados del Golfo? 

El Consejo de Cooperación del Golfo es el bastión del mundo árabe. Las dos opciones contrarrevolucionarias se encuentran representadas. Los saudíes juegan la carta de los antiguos regímenes y Catar la de los Hermanos Musulmanes, tratando de ser valorados por los EE.UU. Existe una objetiva convergencia de intereses entre Assad y las monarquías del Golfo en la construcción de una oposición dominada por los integristas. No cuestiona los regímenes existentes y produce miedo a Occidente, el enemigo perfecto.

 

El fenómeno yihadista continúa seduciendo por una parte y paralizando a los gobiernos occidentales. 

Tampoco hay que exagerar el fenómeno. Siria sirve de ejemplo a todos los regímenes autoritarios para chantajear a los occidentales: el Estado seguro o el Dáesh. Pero los yihadistas no pueden establecerse por largo tiempo, no son populares. El mejor escenario para Siria sería el emplazamiento de fuerzas que mantengan la paz. Que por lo menos se callen las armas, los sirios tendrán entonces que afrontar una graves situación social y económica.

 

¿No constituye Túnez un ejemplo positivo y optimista para el porvenir del pueblo árabe? 

Túnez es el único país de la región en el que la izquierda es relativamente fuerte, hegemónica en el mundo sindical, pero es una izquierda del siglo XX, una vieja izquierda que no se ha renovado. Túnez presenta el mejor escenario: el partido Nidaa Tounes, que representa esencialmente la continuación del Estado de Bourguiba, escogió hacer una coalición con los islamistas de Ennahda. Es la fórmula que ensayó Washington para promover en otros sitios, pero sin éxito. También trataron de convencer al general Al-Sissi en Egipto. Y en Siria promocionaron un régimen de coalición con una retirada de Assad como hicieron en Yemen. Luego de la experiencia de Irak no querían desmantelar el Estado baazista como hicieron en Irak, aun cuando una parte de la primera administración de Obama, la más afín a Hillary Clinton, buscaba acelerar la partida de Al-Assad apoyando a la oposición. Obama no quiso saber nada y derivó todo a los países del Golfo.

 

¿Qué esperanza queda hoy en día? 

La esperanza –no hablo de optimismo– no se ha perdido, ni aún en Siria. Muchos opositores, hombres y mujeres jóvenes que fueron obligados a exiliarse, se hallan actualmente activos. Es una oportunidad para el porvenir de su país. Podrán regresar algún día, al menos es lo que se espera. En Egipto los jóvenes opositores son muchos en el país, son activos pero carecen de organización. Se abstienen en las elecciones. La generación que produjo el 2011 no ha sido destruida. Ni aún en el trágico caso de Siria.

 

Fuente: http://www.liberation.fr/debats/2017/03/03/gilbert-achcar-le-monde-arabe-est-entre-dans-un-processus-revolutionnaire-sur-le-long-terme_1553082

Cómo desmantelar a la izquierda cultural

La CIA estudia a los teóricos franceses
Cómo desmantelar a la izquierda cultural
The Philosophical Salon

 

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Se suele asumir que los intelectuales tienen poco o ningún poder político. Subidos en su privilegiada torre de marfil, desconectados del mundo real, enredados en debates académicos sin sentido sobre minucias, o flotando en las nubes abstrusas de la teoría de altos vuelos, se suele retratar a los intelectuales como separados de la realidad política e incapaces de tener cualquier impacto significativo sobre ella. Pero la Agencia Central de Inteligencia (CIA) piensa de otra forma.

De hecho, el organismo responsable de planificar golpes de Estado, cometer asesinatos y manipular clandestinamente a gobiernos extranjeros no solo cree en el poder de la teoría, sino que asignó importantes recursos para mantener un grupo de agentes secretos dedicados a estudiar a fondo lo que algunos consideran la teoría más recóndita e intricada jamás producida. Un documento de investigación escrito en 1985 y que recientemente ha sido desclasificado y publicado con ligeras adaptaciones, haciendo uso de la Ley de Libertad de Expresión, revela que la CIA dispuso de agentes dedicados a estudiar las complejas e influyentes teorías asociadas a los autores franceses Michel Foucault, Jacques Lacan y Roland Barthes.

La imagen de unos espías estadounidenses reuniéndose con asiduidad en cafés parisinos para estudiar y comparar notas sobre los popes de la intelectualidad francesa puede chocar a quienes asumen que este grupo de intelectuales eran lumbreras cuya sobrenatural sofisticación no podría caer en una trampa tan vulgar, o que, por el contrario, no eran sino charlatanes de retórica incomprensible con poco o ningún impacto en el mundo real. Sin embargo, no sorprenderá a quienes están familiarizados con la prolongada y continua utilización de recursos de la CIA en la guerra cultural global, incluyendo el respaldo a sus formas más vanguardistas, lo que ha quedado bien documentado gracias a investigadores como Frances Stonor Saunders, Giles Scott-Smith y Hugh Wilford (yo he realizado mi propia contribución con el libro Radical History & the Politics os Art).

Thomas W. Braden, antiguo supervisor de las actividades culturales de la CIA, explicaba el poder de la guerra cultural de la agencia en un relato sincero y bien informado publicado en 1967: “Recuerdo el inmenso placer que sentí cuando la Orquesta Sinfónica de Boston [que contaba con el respaldo de la CIA] ganó más elogios para EE.UU. en París de los que pudieran haber ganado John Foster Dulles [i] o Dwight D. Eisenhower con cien discursos”. No se trataba, de ninguna manera, de una operación liminal o sin importancia. De hecho, como sostenía acertadamente Wilford, el Congreso para la Libertad Cultural con sede en París, que posteriormente resultó ser una organización tapadera de la CIA en tiempos de la Guerra Fría, fue uno de los principales patrocinadores de la historia mundial y prestó apoyo a una increíble gama de actividades artísticas e intelectuales. Contaba con oficinas en 35 países, publicó docenas de prestigiosas revistas, participaba en la industria editorial, organizó conferencias y exposiciones artísticas de alto nivel, coordinaba actuaciones y conciertos y proporcionó generosa financiación a diversos premios y becas culturales, así como a organizaciones encubiertas como la Fundación Farfield.

La agencia de inteligencia consideraba que la cultura y la creación teórica eran armas cruciales del arsenal global dirigido a perpetuar los intereses estadounidenses en todo el mundo. El documento de investigación de 1985 recién publicado, titulado “Francia: la deserción de los intelectuales de izquierda”, examina –indudablemente con el fin de manipularla– a la intelectualidad francesa y el papel fundamental que desempeñaba en la configuración de las tendencias que generan la línea política. El informe, a la vez que sugería que en la historia de la intelectualidad francesa existía un equilibrio ideológico relativo entre la izquierda y la derecha, destaca el monopolio de la izquierda en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial –al que, como sabemos, se oponía de modo furibundo la CIA– a causa del papel fundamental que jugaron los comunistas en la resistencia al fascismo y que, en último término, permitió ganar la guerra. Aunque la derecha estaba enormemente desacreditada a causa de su contribución directa a los campos de exterminio nazis, así como su agenda xenófoba, anti-igualitaria y fascista (según las propias palabras de la CIA), los agentes secretos anónimos que escribieron el borrador del informe resumen con palpable regocijo el retorno de la derecha a partir de los inicios de la década de los setenta.

Más concretamente, los guerreros culturales clandestinos aplauden lo que consideran un movimiento doble que contribuyó a que los intelectuales apartaran a Estados Unidos del centro de sus críticas y las dirigieran a la Unión Soviética. Por parte de la izquierda se produjo una desafección gradual hacia el estalinismo y el marxismo, una progresiva retirada de los intelectuales radicales del debate público y un alejamiento teórico del socialismo y del partido socialista. Más hacia la derecha, los oportunistas ideológicos a los que se denominaba Nuevos Filósofos y los intelectuales de la Nueva Derecha lanzaron una campaña mediática descarada de difamación contra el marxismo.

Mientras otros tentáculos de la organización de espionaje de alcance mundial se dedicaban a derribar gobiernos elegidos democráticamente, a proporcionar servicios de inteligencia y financiación a dictadores fascistas y a apoyar escuadrones de la muerte de extrema derecha, el escuadrón parisino de la CIA recogía información sobre el giro hacia la derecha que estaba teniendo lugar en el mundo y que beneficiaba directamente a la política exterior de EE.UU. Los intelectuales simpatizantes de la izquierda de la posguerra fueron abiertamente críticos con el imperialismo estadounidense. La influencia en los medios de comunicación que ejercía la crítica marxista sin pelos en la lengua de Jean Paul Sartre y su notable papel –como fundador de Libération– a la hora de revelar la identidad del responsable de la CIA en París y de docenas de agentes encubiertos fue seguida de cerca por la Agencia y considerada un grave problema.

Por el contrario, el ambiente antisoviético y antimarxista de la emergente era neoliberal sirvió para desviar el escrutinio público y proporcionó una excelente excusa para las guerras sucias de la CIA, al “dificultar en extremo cualquier oposición significativa de las élites intelectuales a las políticas estadounidenses en América Central, por ejemplo”. Greg Grandin, uno de los más destacados historiadores de Latinoamérica, resumió perfectamente esta situación en su libro The Last Colonial Massacre (La última masacre colonial): “Aparte de realizar intervenciones notoriamente desastrosas y letales en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973 y El Salvador y Nicaragua en los ochenta, Estados Unidos ha prestado apoyo financiero, material y moral silencioso y continuo a estados terroristas asesinos y contrainsurgentes […] Pero la enormidad de los crímenes de Stalin aseguraba que dichas historias sórdidas, por muy convincentes, rigurosas o condenatorias que fueran, no interfirieran en la fundación de una visión del mundo comprometida con el papel ejemplar de Estados Unidos en la defensa de lo que ahora conocemos como democracia”.

Este es el contexto en el que los mandarines enmascarados elogian y apoyan la incesante crítica que una nueva generación de pensadores antimarxistas como Bernard-Henri Levy, André Glucksmann y Jean-François Revel desencadena contra “la última camarilla de eruditos comunistas” (compuesta, según los agentes anónimos, por Sartre, Barthes, Lacan y Louis Althuser). Dada la inclinación izquierdista de aquellos antimarxistas en su juventud, constituyen el modelo perfecto para construir las narrativas falaces que fusionan una pretendida evolución política personal con el avance continuo del tiempo, como si la vida individual y la historia fueran simplemente una cuestión de “evolución” y de reconocer que la transformación social igualitaria es algo del el pasado, personal e histórico. Este derrotismo condescendiente y omnisciente no solo sirve para desacreditar nuevos movimientos, particularmente aquellos liderados por los jóvenes, sino que también caracteriza de forma errónea los éxitos relativos de la represión contrarrevolucionaria como progreso natural de historia.

Incluso teóricos no tan opuestos al marxismo como estos intelectuales reaccionarios contribuyeron de modo significativo a la atmósfera de desencanto hacia el igualitarismo transformador, al alejamiento de la movilización social y al “cuestionamiento crítico” desprovisto de puntos de vista radicales. Esto es crucial para comprender la estrategia general de la CIA en sus amplias y poderosas iniciativas para desmantelar a la izquierda cultural en Europa y otros lugares. Reconociendo la dificultad de abolirla por completo, la organización de espionaje más poderosa del mundo ha pretendido apartar la cultura de izquierdas de las políticas decididamente anticapitalistas y transformadoras y redirigirla hacia posiciones reformistas de centro-izquierda, menos abiertamente críticas con la política interna y la política exterior de Estados Unidos. En realidad, tal y como ha demostrado minuciosamente Saunders, la Agencia continuó las políticas del Congreso liderado por McCarthy en la posguerra con el fin de apoyar y promover de manera directa aquellos proyectos que desviaban a productores y consumidores de la izquierda decididamente igualitaria. Amputando y desacreditando a esta última, aspiraba también a fragmentar a la izquierda en general, dejando lo que quedaba del centro-izquierda con un mínimo poder y apoyo público (y a la vez potencialmente desacreditada a causa de su complicidad con la política del poder de las derechas, un tema que continúa extendiéndose como una plaga por los partidos institucionalizados de la izquierda).

Es en este contexto donde debemos situar la afición de la agencia de inteligencia por las narrativas de conversión y su profundo aprecio por los “marxistas reformados”, un leitmotiv transversal al informe de investigación sobre los teóricos franceses. “A la hora de socavar el marxismo –escriben los agentes infiltrados– son aún más eficaces aquellos intelectuales convencidos, dispuestos a aplicar la teoría marxista en las ciencias sociales, pero que acaban por rechazar toda la tradición marxista”. Citan en particular la enorme contribución realizada por la Escuela de los Annales, de historiografía y estructuralismo –especialmente Claude Lévi-Strauss y Foucault– a la “demolición crítica de la influencia marxista en las ciencias sociales”. Foucault, a quien se refieren como “el pensador francés más profundo e influyente”, es especialmente aplaudido por su elogio de los intelectuales de la Nueva Derecha, cuando recuerda a los filósofos que “la teoría social racionalista de la Ilustración y la era Revolucionaria del siglo XVIII ha tenido consecuencias sangrientas”. Aunque sería un error echar por tierra las políticas o los efectos políticos de cualquiera basándose en una sola posición o resultado, el izquierdismo antirrevolucionario de Foucault y su perpetuación del chantaje del Gulag –es decir, la afirmación de que los movimientos expansivos radicales que pretenden una profunda transformación social y cultural solo resucitan la más peligrosa de las tradiciones– están perfectamente en línea con las estrategias generales de guerra psicológica de la agencia de espionaje.

La interpretación que realiza la CIA de la obra teórica francesa debería servirnos para reconsiderar la apariencia chic que ha acompañado gran parte de su recepción por el mundo anglófono. Según una concepción estatista de la historia progresiva (que por lo general permanece ciega a su teleología implícita), la obra de figuras como Foucault, Derrida y otros teóricos franceses de vanguardia suele asociarse intuitivamente a una crítica profunda y sofisticada que presumiblemente va más allá de cualquier relación con el socialismo, el marxismo o las tradiciones anarquistas. No cabe duda y es preciso resaltar que el modo en que el mundo anglófono acogió la obra de los teóricos franceses, como acertadamente ha señalado John McCumber, tuvo importantes implicaciones políticas como polo de resistencia a la falsa neutralidad política, las tecnicidades cautelosas de la lógica y el lenguaje, o al conformismo ideológico puro activo en las tradiciones de la filosofía anglo-americana apoyada por [el senador] McCarthy. No obstante, las prácticas teóricas de aquellas figuras que dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis denominó la tradición de la crítica radical –la resistencia anticapitalista y antiimperialista– ciertamente contribuyeron al alejamiento ideológico de la política transformadora. Según la propia agencia de espionaje, los teóricos posmarxistas franceses contribuyeron directamente al programa cultural de la CIA destinado a persuadir a la izquierda de inclinarse hacia la derecha, al tiempo que desacreditaban el antiimperialismo y el anticapitalismo, creando así un entorno intelectual en el cual sus proyectos imperialistas pudieran medrar sin ser estorbados por un escrutinio crítico serio por parte de la intelectualidad.

Como sabemos gracias a las investigaciones realizadas sobre los programas de guerra psicológica de la CIA, la organización no solo ha vigilado e intentado coaccionar a los individuos, sino que siempre ha intentado comprender y transformar las instituciones de producción y distribución cultural. De hecho, su estudio sobre los teóricos franceses señala el papel estructural que desempeñan las universidades, las editoriales y los medios de comunicación en la formación y consolidación de un ethos político colectivo. En las descripciones que, como el resto del documento, deberían invitarnos a pensar críticamente sobre la actual situación académica del mundo anglófono y otros lugares, los autores del informe destacan cómo la precarización del trabajo académico contribuye al aniquilamiento del izquierdismo radical. Si los izquierdistas convencidos no podemos asegurarnos los medios materiales para desarrollar nuestro trabajo, o si se nos obliga más o menos sutilmente a ser conformistas para conseguir empleo, publicar nuestros escritos o tener un público, las condiciones estructurales que permitan la existencia de una comunidad izquierdista resuelta se ven debilitadas. Otra de las herramientas utilizadas para conseguir este fin es la profesionalización de la educación superior, que pretende transformar a las personas en eslabones tecnocientíficos integrados en el aparato capitalista, más que en ciudadanos autónomos con herramientas solventes para la crítica social. Los mandarines teóricos de la CIA alaban, por tanto, las iniciativas del gobierno francés por “presionar a los estudiantes para que se decidan por estudios técnicos y empresariales”. También señalan las contribuciones realizadas por las grandes casas editoriales como Grasset, los medios de comunicación de masas y la moda de la cultura americana para lograr una plataforma postsocialista y antigualitaria.

¿Qué lecciones podemos extraer de este informe, especialmente en el contexto político en que nos encontramos, con su ataque continuo a la intelectualidad crítica? En primer lugar, el informe debería servirnos para recordar convincentemente que si alguien supone que los intelectuales no tienen ningún poder y que nuestras orientaciones políticas carecen de importancia, la organización que se ha convertido en uno de los agentes más poderosos del mundo contemporáneo no lo ve así. La Agencia Central de Inteligencia, como su nombre irónicamente sugiere, cree en el poder de la inteligencia y de la teoría, algo que deberíamos tomarnos muy seriamente. Al presuponer erróneamente que el trabajo intelectual sirve de poco o de nada en el “mundo real”, no solo malinterpretamos las implicaciones prácticas del trabajo teórico, sino que corremos el riesgo de hacer la vista gorda ante proyectos políticos de los que fácilmente podemos convertirnos en embajadores culturales involuntarios. Aunque es verdad que el Estado-nación y el aparato cultural francés proporcionan a los intelectuales una plataforma pública mucho más significativa que muchos otros países, la obsesión de la CIA por cartografiar y manipular la producción teórica y cultural en otros lugares debería servirnos a todos como llamada de atención.

En segundo lugar, en la actualidad los agentes del poder están particularmente interesados en cultivar una intelectualidad cuya visión crítica esté atenuada o destruida por las instituciones que los patrocinan basadas en intereses empresariales y tecnocientíficos, que equipare las políticas de izquierda-derecha con lo “anticientífico”, que relacione la ciencia con una pretendida –pero falsa– neutralidad política, que promueva los medios de comunicación que saturan las ondas hertzianas con cháchara conformista, aísle a los izquierdistas convencidos de las principales instituciones académicas y de los focos mediáticos y desacredite cualquier llamamiento al igualitarismo radical y a la transformación ecológica. Idealmente, intentan nutrir una cultura intelectual que, si es de izquierdas, esté neutralizada, inmovilizada, apática y se muestre satisfecha con apretones de manos derrotistas o con la crítica pasiva a la izquierda radical movilizada. Esa es una de las razones por las que podemos considerar a la oposición intelectual al izquierdismo radical, que predomina en el mundo académico estadounidense, una postura política peligrosa: ¿acaso no es cómplice directa de la agenda imperialista de la CIA en todo el mundo?

En tercer lugar, para contrarrestar este ataque institucional a la cultura del izquierdismo resolutivo, resulta imperativo resistir la precarización y profesionalización de la educación. Similar importancia tiene la creación de esferas pública que posibiliten un debate realmente crítico y proporcionen una amplia plataforma para aquellos que reconocen que otro mundo no solo es posible, sino necesario. También necesitamos unirnos para contribuir a la creación o el mayor desarrollo de medios de comunicación alternativos, diferentes modelos de educación, instituciones alternativas y colectivos radicales. Es vital promover precisamente aquello que los combatientes culturales encubiertos pretenden destruir: una cultura de izquierdismo radical con un marco institucional de apoyo, un amplio respaldo público, una influencia mediática prevalente y un amplio poder de movilización.

Por último, los intelectuales del mundo deberíamos unirnos para reconocer y aprovechar nuestro poder con el fin de hacer todo lo posible para desarrollar una crítica sistémica y radical que sea tan igualitaria y ecológica como anticapitalista y antiimperialista. Las posturas que uno defiende en el aula o públicamente son importantes para establecer los términos del debate y marcar el campo de posibilidades políticas. En oposición directa a la estrategia cultural de fragmentación y polarización de la agencia de espionaje, mediante la cual ha pretendido amputar y aislar a la izquierda antiimperialista y anticapitalista, deberíamos, a la vez que nos oponemos a las posiciones reformistas, federarnos y movilizarnos, reconociendo la importancia de trabajar juntos –toda la izquierda, como Keeanga-Yamahtta nos ha recordado recientemente– para cultivar una intelectualidad verdaderamente crítica. En lugar de pregonar o lamentar la impotencia de los intelectuales, deberíamos utilizar la aptitud para decir la verdad a los poderosos, trabajando juntos y movilizando nuestra capacidad de crear colectivamente las instituciones necesarias para un mundo de izquierdismo cultural. Porque solo en un mundo así, y en las cámaras de resonancia de inteligencia crítica que provoque, será posible que las verdades expresadas sean realmente escuchadas y se produzca el cambio de las estructuras de poder.

Nota:

[1] Secretario de Estado con el presidente Eisenhower entre 1953 y 1959.

Fuente: http://thephilosophicalsalon.com/the-cia-reads-french-theory-on-the-intellectual-labor-of-dismantling-the-cultural-left/

La mujer en la esfera pública, cuestión de justicia y calidad de vida

La mujer en la esfera pública, cuestión de justicia y calidad de vida

FUHEM Ecosocial

boletin ECOS
Boletín ECOS, con el título “Políticas de género y calidad de vida en la ciudad” que aborda las políticas de género en el ámbito urbano y su incidencia en la calidad de vida, con referencia a cuestiones como la movilidad y los cuidados, entre otros.

Las políticas institucionales con perspectiva de género han estado alejadas de los Ayuntamientos durante largo tiempo. Los conocidos como “nuevos municipalismos” intentan revertir esta tendencia con políticas transversales manteniendo una perspectiva de género en la toma de decisiones. En la entrevista que abre el Boletín ECOS, Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, denuncia que “a partir del desigual tiempo dedicado al cuidado, se multiplican las desigualdades en cada uno de los ámbitos de incidencia política”.

Una de estas políticas municipales que tratan de mitigar la desigualdad tiene que ver con la contratación pública, priorizando unas empresas sobre otras, “ aquellas empresas que quieran trabajar con el Ayuntamiento deberán tener planes de igualdad, tener protocolos de acoso, tener medidas de conciliación y corregir la brecha salarial”, explica Ada Colau, a lo largo de la entrevista.

Por su parte, desde el mundo académico, María Eugenia Rodriguez Palop, jurista y profesora titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid apunta a que ”cuando la visión feminista y de género penetra en los planes municipales cambia sustancialmente la orientación de los derechos, los servicios o la planificación económica”.

La representación política es otro de los muros que tienen que derribar las mujeres para alcanzar espacios históricamente dominados por hombres. Frente a los 6.570 alcaldes, hay 1.550 mujeres. Descendiendo en la jerarquía de poder, el número de mujeres concejalas aumenta hasta situarse en el 35,6%: con 23.994 concejalas frente a 43.466 concejales. En el artículo titulado “¿Feminización de la política local? Nuevo municipalismo e igualdad” , Gemma Ubasart, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Girona señala que la actividad política “está asociada a toda una serie de componentes que tradicionalmente han sido asignados a los hombres: la competencia, la jerarquía, la disputa pública, la presencia, la imposición, etc.”. Aunque ya son muchas las voces que aseguran que “la entrada de mujeres en política puede aportar otra forma de hacer, que priorice, entre otros, los cuidados, el trabajo en red, la valoración de la cotidianidad, la negociación y el pacto, etc.”. Además, afirma que “las mujeres que han abierto camino, que han accedido a instituciones muy masculinizadas lo han tenido que hacer adoptando roles que tradicionalmente se ha asignado a hombres, ya que de lo contrario no hubieran podido sobrevivir en el medio”, señala Ubasart.

 

¿Qué es ser mujer en la ciudad?

En un mundo en el que se estima que, en unas décadas, el 80% de la población mundial vivirá en las ciudades, la necesidad de incluir una perspectiva de género surge para dar respuesta al modelo de ciudad actual etnocéntrico, eurocéntrico, androcéntrico, antropocéntrico y mesocéntrico (es decir, relativo a las clases medias). Así lo manifiesta Marta Domínguez Pérez, profesora de Sociología Urbana de la Universidad Complutense de Madrid, en su artículo “Repensar la ciudad desde la vulnerabilidad y la perspectiva de género” en el que señala que “ser mujer en la ciudad es una condición de vida diferenciada, es vivir de otro modo y percibir la ciudad desde otro prisma”.

En el área de la movilidad, por ejemplo, las mujeres hacen desplazamientos en la ciudad más cortos, más numerosos, más variados, en muchos casos ligados al acompañamiento y cuidado de otros ciudadanos. En el área de vivienda y urbanismo, una idea sería considerar como públicos las nuevas formas de familia que, en ocasiones, tienen a mujeres como cabeza de las mismas (familias monomarentales), y que no se corresponden con el modelo tradicional. En cuanto a la política de espacio público, como ejemplo, se podría visibilizar tareas del ámbito de lo privado, como el amamantamiento de los hijos que se oculta, se dificulta o no se considera; preservar y anteponer la acera versus la calzada (las mujeres realizan más trayectos a pie que los hombres); el ámbito de la educación; y aunque no es el único agente transformador, sí es muy importante: favorecer la mezcla de colectivos y no en función de la clase, la ideología, el sexo o la nacionalidad. Por último, en el ámbito de la comunicación y la identidad urbana habría que visibilizar las prácticas femeninas diferenciales y su visión particular de la ciudad.

Si han avanzado las políticas de igualdad ha sido gracias a la toma de conciencia cada vez más profunda de las mujeres como sujetos de pleno derecho, las exigencias acerca de la igualdad real que diversas organizaciones feministas han articulado y la interlocución de estas con las administraciones públicas. “Es necesario un cambio de paradigma económico que ponga en el centro el cuidado de la vida y desplace a la acumulación capitalista”, señala Alicia Rius, Doctora en Políticas y Sociología y miembro del Instituto Mujeres y Cooperación en su artículo “Diálogos entre el movimiento feminista y las políticas municipales de Madrid en tres actos, tres frentes y un final abierto”. Frente a esta desigualdad, la economía feminista propugna una “redistribución de recursos (no sólo económicos), que involucre tanto a ciudadanía, empresas y estado”, apunta la doctora en su artículo.

 

Cuidados y ciudad

El envejecimiento de la población, la emancipación de las mujeres y los nuevos modelos de familias, conllevan un aumento de las necesidades de cuidado y la consiguiente “crisis de cuidados”. Las políticas de austeridad han agravado la crisis al producirse la “refamiliarización” de una serie de cuidados que son asumidos de forma gratuita en los hogares. “Como el trabajo asalariado es el eje central que organiza la vida, de modo que el cuidado se desarrolla en los márgenes, en el tiempo restante, un tiempo invisible y sin valor, ya que no es tiempo transformable en dinero”, señala Christel Keller Garganté, cátedra UNESCO Mujeres, Desarrollo y Culturas de la Universitat de Vic-Universitat Central de Catalunya, en su artículo, “Hacia una agenda feminista de los cuidados” . Keller defiende una apuesta política que “procure que la familia cargue menos peso, el sector público se responsabilice más y que el mercado no vaya en detrimento de la calidad del cuidado ni de los derechos de las personas cuidadoras”, a la vez que apuesta por dar “un mayor protagonismo a la comunidad en la organización social del cuidado, ya que tiene una gran capacidad performativa”.

Los análisis y entrevistas relacionados con el tema central del Boletín ECOS se complementan con una selección de libros y recursos en red para ampliar la información y el conocimiento sobre género y calidad de vida que puedes consultar en el propio Boletín ECOS , la revista electrónica trimestral que publica FUHEM Ecosocial.